UNA FIESTA EN ASCOCHINGA

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Feb04

El Chiquilín Gollan,  para ser más preciso: Gollan Maciel, por parte de padre y, Funes Altamira, por parte de madre; era una persona especial. Sus ocurrentes picardías, su natural desenfado, no eran sólo herencia de sus ancestros escoceses, también eran producto de esa rara mixtura de sangre andaluza y comechingona, que aún circula en muchas familias tradicionales cordobesas.

Luego de este “desinteresado” comentario, voy a narrarles algunas ocurrencias de Gollan que, a modo de cuento, no querría dejar en el olvido.

Gollan ya estaba separado de Anita cuando decidió irse a vivir a una casa en la zona sur de la ciudad. Hacía tiempo que se había jubilado y con la discapacidad propia de los que no les importa la plata, disponía de mucho tiempo y pocos recursos.

Hombre de naturaleza jovial, tenía por costumbre almorzar en el Club Social de Córdoba y por las tardes, frecuentar el Bar de don Benito, donde el viejo barman de la Confitería Oriental preparaba exquisitos copetines.

Allí, en ese refugio recoleto de la calle Ayacucho, Gollan escondía su soledad en compañía de amigos, vino y chacota.

Una tarde, cuando ya se retiraba del bar, uno de los tantos habitués que a esa hora entraba a tomar sus copas, se cruzó con él y con cierta ironía, le dijo:

–Qué lindo pedito tenés, Gollan!

–Puede ser –contestó  –Pero no le contés a la Anita porque algún defecto le va a encontrar…

Otro día, Gollan tomaba su vinito blanco en un vaso repleto de hielo cuando entró un personaje de Córdoba cuya filiación no voy a dar a conocer por cuestiones de parentesco. El hombre estaba muy gordo producto de una diabetes que lo tenía a mal traer. Buscando conversación, se acercó a la mesa de Gollan y le comentó su dificultad para bajar de peso, a lo que Gollan contestó: “¿Qué problema te hacés? cortate un huevo y te bajás tres kilos de un saque”.

Pero una de las mayores ocurrencias de Gollan tuvo origen en una de las mesas donde estaban José Antolín de la Peña y otros amigos relacionados con la política y la actividad empresarial de Córdoba.

Luego de varias botellas de champagñe, los allí reunidos decidieron organizar un ágape en la casa que el doctor de la Peña tenía en Ascochinga, del que participarían: abogados, empresarios, gente de la Justicia Federal, cónsules y otras personas influyentes. Fue así como Gollan, enterado de la fiesta por estar ubicado en una de las mesas vecinas, decidió participar de la misma sin más invitación que la confianza que lo unía al dueño de casa.

El día señalado, Gollan partió hacia la fiesta en compañía de un entrañable amigo, piloteando su antiguo Valiant, lento pero seguro.
Pasando el aeropuerto, hicieron el primer desvío hacia lo del “Gato” Allende Posse, que para ese entonces vivía en Villa Allende junto a su mujer, Susana Gollan. Ella conocía bien las mañas de su hermano y con cierta reticencia los invitó a comer unas empanadas y a tomar algunos vinos, que no fueron pocos. Pasado el mediodía, continuaron viaje hacia la fiesta de José Antolín.

Quiso la fatalidad que al llegar a La Granja, cerca de lo de Rueda, observaran que en un restaurante ubicado a la vera del camino estaban adobando un cabrito a punto de ser servido a los comensales. Como suele decir el Yayo Inaudi: “más rápido que inmediatamente” decidieron apearse y encaminar sus pasos hacia una mesa ubicada bajo una frondosa arboleda. En instantes procedieron a degustar la “delicadeza” de la casa y a quitarse la sed con abundante vino y soda que compartieron con algunos vecinos de mesa, conocidos de siempre. Vaya a saber por qué extraña circunstancia, también estaba en el lugar el distinguido doctor Pedro J. Frías, a quien poco le interesaron los comentarios de Gollan respecto a las “chicas Ponce” de barrio Yapeyú y, menos aún, los referidos a ciertos excesos etílicos del Cardenal Primatesta en un casamiento de gente conocida.

Hacia las cinco de la tarde, Gollan y su amigo apuraron sus vasos de vino y dejaron la reunión para reiniciar una vez más el demorado viaje hacia lo de José Antolín.

Llegaron a Ascochinga y tomaron el camino de tierra hacia Santa Catalina. Cuando faltaban pocas cuadras para llegar, Gollan notó que el motor de su Valiant recalentaba y que el medidor de aceite estaba al rojo vivo. A pesar de la tardanza, decidió detenerse en la banquina y levantar el capó del auto para revisar los desperfectos.

–Alcanzame la ramita que está bajo la alfombra y el puntal de madera que sostiene el asiento –le dijo Gollan a su acompañante.

–¿Qué sucede? –preguntó el amigo.

–Sucede que este auto es ecológico y funciona a “palos”.

–¡¿Cómo que funciona a “palos”?! –volvió a preguntarle con cierta ingenuidad.

–Sí, a “palos”. Además del puntal de madera que sostiene las butacas, tengo calzada la batería adentro de una caja de madera y al aceite lo tengo que medir con una ramita de sauce porque no tengo varilla…

Llegaron a lo de Peña caminado. A esa hora quedaban pocos invitados. Uno de ellos, quizás el más importante de la fiesta, era:   Nicolás “el negro” Reyes, Administrador General de la Corte Suprema, hombre de aspecto sencillo y de bajo perfil, que en ese preciso momento se estaba retirando en compañía de varios jueces federales.

Gollán se apresuró en saludar al dueño de casa y de paso, comenzó a despedir a los que se iban. En realidad conocía a casi todos menos al doctor Nicolás Reyes.

Luego de abrazar a José Antolín, tendió su mano a Reyes y advirtió, con cierta sorpresa, la tez oscura del encumbrado personaje.

Fue allí cuando, José Antolín los presentó:

–¿Lo conocés a Reyes, Gollan?

–No, no tengo el gusto… Pensé que era Baltazar –se apresuró a contestar.

Después de la fiesta, pocos jueces federales se atrevieron a festejar la atrevida ocurrencia de Gollan.

Comentarios (5)

Roberto Obregón Oliva dijo, noviembre 6, 2008 @ 5:35 pm

Buenas las anécdotas.- En años mozos me ha tocado frecuentar mucho al Chiquilín y hemos compartido varias ocurrencias casi todas no aptas para menores de 46 años.- Recuerdo bien cuando vivía en el barrio “Vicor”, donde vivía como único habitante del barrio.- Caso serio y un muy querido amigo.- Me alegro de que lo rescates con tus cuentos- Un abrazo BETO

Viale Claudio Martin dijo, noviembre 6, 2008 @ 6:54 pm

Tomás: Coincido con Beto Obregon sobre la alegría que genera elrecuerdo desde el rescate que recreas de las anécdotas del Chiquilin. Ellas, las anécdotas, son una parte importante del tejido social en cualquier parte y tiempo, por lo que también resulta tu trabajo encomiable.
Un abrazo.
cmviale

Pablo A. Rueda dijo, noviembre 7, 2008 @ 8:57 am

Gracias Tomás por tu envío. El “Chiquilín” fue un personaje dotado de una rapidez intelectual que lo destacaba sobre el resto. Siempre contento y alegre dispuesto mas en hacer bromas y contar chistes que en recibirlos. Es bueno que lo recuerdes y traigas de vuelta anecdotas y cuentos que tuvo variados y distintos en su vida. Un abrazo. Pablo Rueda.

Pichu dijo, mayo 28, 2009 @ 2:49 pm

Sin desperdicio, retrata la identidad naturalmente pícara del cordobés.

Marta Lía Vázquez dijo, marzo 20, 2014 @ 10:39 pm

Muy bueno Tomas, esa caricatura de personajes de Córdoba es excelente, leerte es como verlos y siempre conseguís divertirme.CRiños

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