UN VIAJE EN TAXI

Comentarios (24)

Abr28

Apoyado en su muleta, el encargado de la parada de taxis intentaba ordenar la fila de pasajeros sobre la angosta vereda de calle Deán Funes.

–¡Taxi!… ¡Taxi!… –vociferaba el rengo procurando llamar la atención de los vehículos desocupados que serpenteaban en el tráfico.

A esa hora, la estratégica esquina céntrica ya se había convertido en un loquero de bocinas e insultos y la humareda de los ómnibus se encajonaba contra el paredón de la iglesia Santo Domingo.

Hacía tiempo que el empresario aguardaba su turno. La situación lo había puesto nervioso, no estaba acostumbrado a esperar. Debía llegar urgente al taller mecánico para buscar su rural Ford antes de que cerraran y de allí regresar a su casa en barrio Jardín. Esa noche había invitado a cenar al gerente del banco con el que operaba su empresa y sería un papelón no estar a tiempo para recibirlo. Además, si no retiraba la rural, no podría viajar al campo ese fin de semana.

–Solamente hay que regularle el embrague –Le había dicho el mecánico–. Búsquela temprano. Cerramos a las ocho.

–¡Taxi! ¡Taxi! –Continuaba voceando el rengo.

Finalmente llegó su turno.

–¿Adónde vas, varón? –Le preguntó atrevidamente el taxista mientras aumentaba el volumen de la radio y, de un manotazo, bajaba la bandera del reloj para que comenzaran a caer las fichas.

–Buenas tardes… –dijo parcamente, intentando poner freno al exceso de confianza del taxista–. Voy hacia el puente La Tablada. Suba por 27 de Abril y tome Fragueiro hasta la Costanera, más adelante le indico.

Después de acomodar su elegante sobretodo, abrió el diario para verificar los abultados índices inflacionarios pero le fue imposible: el mal estado de las calles y el brusco manejo del conductor se lo impidieron.

Durante las primeras cuadras observó al taxista con recelo. Su actitud era agresiva, casi salvaje. Hundido y retirado hacia atrás en su butaca, parecía imposible que desde esa posición pudiera alcanzar la pedalera. Cada vez que detenía la marcha frente a un semáforo, movía la cabeza en semicírculo para relajar su cuello e, inmediatamente, estiraba los nudillos haciéndolos crujir frente al volante. Para colmo de males, manejaba con la ventanilla abierta, dejando colgar el brazo izquierdo fuera del automóvil. Un fuerte olor a transpiración se arremolinaba en el interior del vehículo haciendo irrespirable el ambiente.

Pero lo que más le irritaba era su manera de tocar bocina. Primero, repiqueteaba nerviosamente sus dedos sobre una medallita de la Virgen del Valle atornillada al tablero. Después, descargaba su bronca, de manera brusca y repetida, sobre un pequeño pulsador fijado con cinta aisladora al barral de dirección.

En realidad, no tenía intención de dirigirle la palabra. Sin embargo, al llegar a Humberto Primo, próximos a tomar la Costanera, intuyó que algo extraño lo unía al taxista; como si ambos formaran parte de una misma y rutinaria dimensión. Entonces, sin poder contenerse,  comentó:

–¡Qué tráfico, amigo! Con un día así cualquiera se vuelve loco ¿no?

–No te creas, hermano. Hay días peores. Lo que pasa es que estoy hecho mierda, vengo de los tribunales de arreglar un quilombo con el abogado de mi señora. Estamos terminando los papeles del divorcio… Tenemos dos hijos, sabés, ese es el problema. Una nena de doce y el varón de ocho. Con el pibe no hay drama, somos compinches; pero la nena está del lado de la madre…

Frenaron bruscamente frente al último semáforo. El taxista sacó de la guantera un cartón doblado en el que llevaba las cuentas y anotó algo. Antes de continuar, miró al pasajero por el espejo retrovisor y, bajando el volumen de la radio, le dijo ya en confianza:

–Mirá, hermano, estos abogados son tan hijos de puta que si no fuera por mi señora, mejor dicho mi ex señora, ahí mismo en el Juzgado, lo reventaba a trompadas. Encima, mariconazo el vago. Le pegué un apuradón y se fue al mazo. No me dijo ni bosta. ¡Qué broncón me agarré! ¿Te das cuenta lo que son estos guasos? Lo único que les importa es la guita. ¿Vos creés que fue capaz de tratar de que nos arregláramos con la Flaca? Quería terminar rápido con el juicio para chapar algo de mosca y la familia que se joda. ¡Qué te parece…! En un momento dado, el vago quiso relajarme y estuve a punto de meterle un puñete. Por suerte intervino el secretario del Juzgado y me tuve que quedar en el molde, sino seguro que terminaba en cana. Al final, como no quería armar más quilombo, le pedí que me dejaran hablar a solas con la Flaca. Antes que firmáramos el acta conversamos en un rincón del despacho. Entonces le dije despacito, para que nadie escuchara: “¡Martita, dejate de joder! ¿No querés que nos arreglemos? Para qué les vamos a regalar la guita a los cuervos.” Pero la Flaca no quiso saber nada y comenzó a levantarme la voz: “¡Estás loco, Javier! ¿Cómo querés que nos arreglemos si vos hace un año que andás con esa pituca de barrio Jardín?” La verdad es que la Flaca tenía razón, pero me hizo calentar. No le iba a permitir que me basureara delante de la gente, así que la paré en seco y le dije: “Mirá, Marta. ¿Te la aguantás o no te la aguantás?” “No, no me la aguanto”, me contestó con bronca. Entonces la eché a la mierda y ya no hubo ningún arreglo. ¡Qué querés que hiciera, hermano!

A la altura de la Cervecería Córdoba, el taxista comenzó a zigzaguear entre camiones, ciclistas y un par de peatones desprevenidos que intentaban cruzar la calle para mirar los patos en el río. No paraba de hablar y metía la trompa del auto en cuanto resquicio de tráfico encontraba. Ya lo habían insultado varias veces pero, sin importarle nada, les respondía levantando un dedo.

Finalmente, como si conociera de toda la vida al empresario, le confesó:

–La verdad, hermano, es que la Marta tiene razón. Lo que pasa es que la mina que me estoy comiendo es un camión. No te imaginás la hembra que es, de lo mejor del barrio. El marido es un empresario conocido. Si te digo el apellido te morís… La semana pasada, cuando el tipo estaba de viaje, me invitó a su casa. ¡Vieras qué casa, hermano! Después de chuparme unos güisquis, la escuché que hablaba por teléfono con el machito que tenía antes. Te juro que ni le pregunté quién era, che; le metí un cachetazo tan fuerte que la dejé haciendo trompito. No lo vas a creer, cada día que pasa me da más bola… Mirá, el domingo pasado se me había roto el tacho y yo quería llevar a los chicos a las sierras. ¿Sabés lo que hizo? Me prestó una rural Ford que el marido usa para ir al campo. A pesar de que le patinaba un poco el embrague, nos fuimos hasta Nono por el camino de las Altas Cumbres… Lo que pasa es que las minas están locas. Tienen bosta en la cabeza, hermano.

El empresario intentó abrir la ventana para tomar un poco de aire pero fue inútil, la manija no existía.

Llegando al puente de La Tablada, el chofer le preguntó:

–¿Dónde me dijiste que ibas, varón?

Sin salir de su estupor, logró decir:

–Doble a la derecha al final del puente y dejemé a mitad de cuadra.

No quería llegar hasta la puerta del taller y que el taxista viera la rural. Eran demasiadas coincidencias. Una vez más prefirió quedarse con la duda.

Durante los últimos metros, una forzada sonrisa comenzó a lastimarle la cara.

Finalmente el taxista detuvo la marcha y controló las fichas que marcaba el reloj. Sin consultar la tabla de conversión, le dijo de memoria:

–Son veintidós mil, pero si no tenés cambio, dame veinte, nomás.

Pagó, y sin decir una sola palabra, descendió del auto. Había caminado unos pocos pasos cuando el taxista se asomó por la ventanilla para preguntarle:

–Varón, te enculaste por algo. ¿No serás abogado vos…?

 

Nota de edición: : otros cuentos en:  www.facebok.com/secretosinsolentes

Comentarios (24)

juanco dijo, junio 13, 2008 @ 11:28 am

No sé que es más real; si la verborragia del taxista, las casualidades de la vida, o los índices inflacionarios que leía el Sr. Empresario…

sofia dijo, junio 13, 2008 @ 6:19 pm

exelente cuento para demostrar que en este mundo el destino juega con nuestras vidas como se le antoja…

Pinocho GIMENEZ dijo, agosto 16, 2008 @ 10:09 pm

Me gustó mucho… Tengo un amigo taxista que tenía una novia pituca y le sucedio algo parecido. Excelente la descripción, las referencias del viaje, su ambientaciòn y, sobretodo, el remate del cuento.

MARIO ALFAGEME dijo, marzo 20, 2009 @ 5:08 pm

Hola Tomás, he vuelto a tu blog y leyendo con más detenimiento me ha encantado.
He elegido para publicar el jueves 26 de marzo, “Un viaje en taxi” que me parece divertido y a la vez un poco triste. Me ha gustado mucho, no sé que te parecerá mi elección.
El martes 24 publicamos una pequeña reseña biográfica tuya y tu foto.
Saludos

CURRO dijo, septiembre 14, 2009 @ 1:45 pm

Un cuento bien ambientado. Excelente los diálogos entre el taxista y el empresario; también la manera de expresar sus contrastes sociales. Soy cordobés, vivo en chile, y por unos instantes, me sentí viajando en taxi por la costanera del rio.

RUBEN OSCAR OJEDA dijo, septiembre 16, 2009 @ 8:24 pm

TOMAS
MUY BUENO EL CUENTO DEL TAXISTA, SIGUES IMPRESIONANDO CON TU INVENTIVA
A LA QUE EN ESTE CASO LA REALIDAD, MUCHAS VECES LA SUPERA.
EL TAXI ES UN CONFESIONARIO Y MUCHAS VECES EL TACHERO TIENE QUE OFICIAR DE PAPA– UN CALIDO ABRAZO–
RUBEN

MARITE dijo, octubre 11, 2010 @ 1:29 pm

Me encantó UN VIAJE EN TAXI, es un cuento atrapante. Pareciera que uno va junto a los protagonista recorriendo la costanera. También se destacan: UNA CARGA PELIGROSA y BATUQUE. Felicitaciones

Carolina dijo, abril 1, 2011 @ 11:41 am

Las vueltas que da la vida …………mm me dejas pensando ….!!
me gusto mucho mucho “Un viaje en taxi”!

Marcelo Cervigni dijo, octubre 25, 2011 @ 10:40 pm

“un viaje en taxi”……..tremendo,
“el empresario quiso bajar el vidrio para tomar un poco de aire” ……..

María Teresa Andruetto ( en la presentación del libro "INFIDENCIAS") dijo, octubre 27, 2011 @ 11:53 am

Hace ya unos cuantos años para él y para mí, Tomás Juárez Beltrán me acercó algunos cuentos, publicados luego en El mal ejemplo y otros cuentos urbanos. Los de ese libro y los de Historias enmascaradas y otros sucedidos que le siguió después y, aunque en menor medida, también los inéditos que ahora agrega a este volumen de cuentos reunidos, sostienen la fascinación por lo popular que encontré ya en un primer momento, el relato de costumbres, la detenida observación de los comportamientos sociales provincianos. Diestro para los relatos y la captación de rasgos, el narrador observa personajes de nuestro entorno en sus costados más humanos, sus debilidades y artilugios, cierta picardía, cierto goce (lindante a veces con la inocencia) ante la posibilidad de dañar al otro, cierto perdón de cada uno para consigo y con los otros, personajes simpáticos todos, por una u otra razón , cordobeses típicos si hubiera un único modo de captar la tipicidad de lo cordobés, varones sobre todo mirados en su humanidad, muchas veces con un toque de humor, o con una pizca de ironía y otros de ternura o de piedad, siempre representados como meollos y emergentes de una escena.
Los cuentos van desde la observación de un caddy en el golf club de Villa Allende hasta la de un bar de la calle Ayacucho en el que Don Benito sirve Hesperidina, pasando por Un viaje en taxi – uno de mis cuentos preferidos- en el que un empresario descubre por boca del taxista la traición de su mujer, en un relato que resume el espíritu y la esencia misma de los cuentos populares en los que el más pobre o más débil ha logrado engañar al más fuerte o al poderoso, ha invertido -para regocijo del lector- por un momento los papeles y lugares de la vida y de la historia.
Los remates de los cuentos tienen siempre un cierto impacto, una repentina resolución, muy a la manera del cuento de costumbre, en una búsqueda de efecto que tampoco es ajena al relato oral, narrado entre amigos a la mesa de un bar o en torno al fuego que juega con la fusión/confusión entre lo real y lo imaginado, entre lo sucedido y lo ficcional, y conlleva el rechazo de lo innecesario y de los artificioso por sí mismo. De los personajes me interesa más el motor que la carrocería me dijo aquella vez en torno a su manera de trabajar y ése es en verdad el acercamiento que Juárez Beltrán hace a sus personajes, a los que motoriza más allá de las apariencias, a la condición humana en fin, bromas, envidias, traiciones, mezquindades, pasiones, errores o ambiciones. Lo cierto es que estos cuentos, como bien se los ha definido, son de un costumbrismo crítico, nos permiten adentrarnos en las maneras y perfiles humanos de nuestra ciudad y de los pueblos de nuestra provincia. Se trata de retratos eficaces, casi siempre de finales con remate marcado, que se destacan por su falta de pretensiones y que por eso conserva como su bien más preciado la naturalidad, cierta frescura que hace que el lector transite por ellos como quien presenciara escenas en algunos de nuestros pueblos o en una esquina de la peatonal y que denotan la experiencia vital de quien cuenta, lo que podríamos entender como su conocimiento acerca de la vida.
La primera parte del libro, los cuentos inéditos que aún no habían integrado libro alguno, que yo no conocía y he leído por primera vez en esta ocasión tienen un cierto giro hacia lo fantástico o hacia el absurdo y son también un homenaje a ciertos tipos humanos –muchos de ellos nombrados con su nombre y apellidos que circulan por la zona en que el autor de estos cuento y también yo, vivimos. Desfilan así, además del Payo Giraudo, José Malanca, el Che o la Mona Jiménez, patrimonio de todos los cordobeses, ciertos personajes y lugares de Unquillo y de Cabana, tales como Darío Torres y su carnicería de lujo, la popular ferretería del Nene Biasotto, el periodista Manolo Lafuente, el Bar Central, el viejo Don Vilches, el Kiosco de diarios de Tita y Mabel, lo que hace que la lectura por nuestra parte, focalice en escenarios y actores pueblerinos, como quien circula por su propia casa.
Tal como el autor mismo lo reconoce en el prólogo, se puede apreciar en estos cuentos la fascinación por “lo cordobés” como marca en el orillo de muchos personajes y del libro, admiración por la palabra ocurrente y la travesura social, la pincelada local, breve y certera, capaz de –con uno, dos gestos- dar cuenta de una situación . La literatura oral cordobesa ha sido fecunda en la en la generación de relatos de costumbre y en la descripción de personajes populares, pero los relatos de ese tipo muchas veces se han mantenido en la oralidad. Ahora esta edición que recopila los cuentos de Tomás Juárez Beltrán da cuenta de ese universo observado con cierta ironía y con cierta piedad, de esa provincia de pueblo adentro, tanto como la importancia que tiene para un hombre que ha ejercido y sido exitoso en otras actividades, sostener el persistente deseo de contar, el persistente deseo de reflejar la relación de un hombre con sus pares y con su entorno.

Charlot Bello dijo, febrero 1, 2012 @ 3:36 pm

Hola me encanto el cuento de casualidad di con esta pagina pues a mi también me da por escribir a veces lo disfrute mucho y al final me quede con una sonrisa de gusto.

RODOLFO dijo, marzo 1, 2012 @ 6:00 pm

Tomas, me gustò muchìsimo,hoy recien descubrì este blog, yo hago talleres literarios desde el 2004

Juanco dijo, febrero 14, 2013 @ 5:39 pm

No sé que es más real; si la verborragia del taxista, las casualidades de la vida, o los índices inflacionarios que leía el Sr. Empresario…

África dijo, marzo 11, 2013 @ 1:48 am

Gracias por todo lo que me mandas son excelentes tus cuentos me encantan de verdad que este blog es algo maravilloso felicidades.

Rene Pablo Fernandez dijo, diciembre 3, 2014 @ 11:58 am

Me encantó el cuento. Por casualidad encontré este blog. Muy bueno. Gracias.

Liliana dijo, enero 23, 2015 @ 12:30 am

Muuuuy bueno el cuento- Felicitaciones, aunque me dejó un sabor amargo como el del empresario…

marta beatriz dijo, mayo 2, 2015 @ 5:30 pm

que buen cuento!!!

Mercedes espinos dijo, mayo 3, 2015 @ 3:39 pm

Me encanto, me atrapo, xsupuesto pensando, quien será, quien será, si es mi barrio, y conosco hasta las piedras, muy bueno…..te felicito

angela revol dijo, mayo 4, 2015 @ 3:10 pm

Geniaall !!!!!!! Me encantan tus cuentos!!!!!

Marta Saluzzi dijo, mayo 5, 2015 @ 4:30 pm

Que ironía,Un cuento que nos pone en contacto con la realidad ,me encantó

Pedro dijo, mayo 6, 2015 @ 9:33 pm

Conocí los cuentos de T. J. Beltrán a través de “Secretos Insolente” en Facebook y me encantaron (sinceramente no los conocía), a partir de entonces los COMPARTO con mis amigos para que los puedan disfrutar. Es un excelente narrador que tiene talento para abordar estéticamente profundos temas existenciales con sencillez desde una perspectiva humana condimentada por el humor y el suspenso. ¡Felicitaciones Tomás!

Ceferino Ferreyra dijo, mayo 8, 2015 @ 1:17 pm

Muy bueno el cuento. Realmente lo viví con un realismo especial porque tengo mi mecánico Santiago Reyna con su taller en Miguel Gorman y Garzón Maceda , a una cuadra del puente Tablada.

Ayer tomé un taxi desde el centro para ir a buscar mi auto y le dije “vaya hasta el puente Tablada, después le explico” Pero a mí no me va a pasar nada porque no tengo una rural ford, jaja!

manu dijo, julio 10, 2015 @ 12:52 am

tomi muy bueno tu Blog
este cuento lo disfrute mucho sl igual que com n tu libro infidencias que compartimos con maru
te mando saludos desde costa rica

Gracia dijo, julio 21, 2015 @ 6:07 pm

Un cuento buenísimo

Dejar un comentario