TORMENTA DE PRIMAVERA

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May17

Frente al cementerio San Jerónimo, el bar “La Buena Suerte” mantenía su estoica presencia.

A pesar de su ubicación, el viejo boliche había logrado preservar la intimidad de sus parroquianos convirtiéndose en un refugio cómplice de pequeñas historias personales que el resto de la comunidad rechazaba: alcohólicos, timberos, vagos y bohemios, constituían el grueso de su clientela.

Sobre la angosta vereda que rodeaba la esquina, las mesas de hierro con sus sillas destartaladas dificultaban el paso de los transeúntes. En la fachada, un cartel de chapa pintado al filete y abollado por un centenar de hondazos, indicaba: “Bar al paso, copetines y minutas”, aunque hacía tiempo que sus dueños solamente despachaban vino con soda, Gancia o Fernet, acompañados de una pantagruélica picada de mortadela, queso, aceitunas y pan casero.

Detrás de la barra, la estantería repleta de botellas viejas encuadraba un espejo con biseles cachados al que habían adherido afiches de Glostora y Fernet Branca para disimular sus rajaduras. Un machihembre descolorido cubría la humedad de las paredes y por encima de éste, decenas de chapitas de cerveza pintadas de color “celeste” enmarcaba las fotos del Cuarteto Leo y el Chango Rodríguez.

-Medio de tinto y una soda para la cuatro -le indicó el Pelado a Doña Tita mientras pasaba una rejilla por las mesas vacías.

Hacía más de cuarenta años que el matrimonio había instalado el negocio en Alberdi. Vivían en unas habitaciones contiguas al salón y no tenían hijos.

Ese domingo, como todos los domingos, el Ñato Rivarola se acercó al bar. Luego de una larga condena por abuso de menores había tomado la costumbre de frecuentar el boliche. Como andaba sin plata y le debía al Pelado la cuenta del mes anterior, no se animó a entrar.

Percatado de su merodeo, uno de sus compinches quiso gastarle una broma y se apresuró a salir del bar para esconderse a un costado de la entrada y sorprenderlo.

Rivarola no pudo resistir la curiosidad de saber si estaban los muchachos y sigilosamente se arrimó a la puerta. En segundos fue empujado hacia adentro y obligado a enfrentarse con el Pelado quien, en ese instante, reponía el contenido de un par de “pingüinos” detrás del mostrador.

Entre risas y chacotas, atinó a preguntar:

-¿Qué tal Pelado?… ¿Cómo anda la vieja?

-¿Quién, Doña Tita? -contestó desconcertado.

-¡No, la vieja deuda que tengo con usted!

Las carcajadas inundaron el salón y, como siempre ocurría, fue invitado a participar de la bebida en distintas mesas.

-¡¡Mirá las cosas que tenemos que aguantar!! -comentó el Pelado a su mujer.

Cuando Rivarola salió del boliche, ya era tarde. Totalmente borracho inició el regreso a su casa y comenzó a rebotar contra las paredes haciendo lo imposible para mantener su equilibrio. Con la inercia de un primer envión fue cruzando las bocacalles sin importarle lo que pudiera suceder. De allí en más, carteles, árboles, postes de luz y cualquier saliente en las paredes, fueron su apoyo obligado.

Horas después, presagiando lo que ocurriría en instantes, los gatos dejaron de correr tras las ratas y buscaron refugio en la zona alta del caserío. La tormenta no se hizo esperar: un viento huracanado precedió a la lluvia sacudiendo los techos de chapa y cartón.

Vivía cerca de la cancha de Belgrano, sobre un pasaje sin salida cuyos fondos daban al río. A esa hora, su esposa y su hija dormían con las puertas trabadas; las mujeres vivían aterrorizadas con las palizas que les daba Rivarola cuando llegaba borracho. Pero esta vez el destino las ayudaría: era tal su estado de ebriedad que no alcanzó a llegar a la casa y se desplomó a mitad del pasillo. Después de vomitar, respirando dificultosamente, quedó tendido en el suelo, con su cara pegoteada a la tierra arcillosa mientras las moscas iniciaban un festín a su alrededor.

Finalmente comenzó el diluvio y el torrente de agua que recogía la calle principal de la barriada desembocó abruptamente en el pasaje donde Rivarola yacía alcoholizado.

Cuando despertó, ya había tragado bastante agua y la correntada le daba a la cintura. A duras penas logró mantenerse aferrado a las defensas que apuntalaban las cunetas de cemento pero, al intentar incorporarse, fue arrastrado por la corriente sin que nada ni nadie pudiera detener su rodada.

A partir de allí, los segundos se sucedieron alocadamente. A la altura de su casa puso un pie en los escalones de la entrada y, con las últimas fuerzas, se aferró a las cadenas del portón pidiendo auxilio a gritos.

Entre los truenos y el ruido del agua, nadie lo escucharía; sólo su mujer y su hija que desde la ventana de la cocina esbozaban una cómplice sonrisa.

Al cabo de unos minutos, el cuerpo de Rivarola traspuso la boca de tormenta ubicada al final de pasillo y deslizándose por la tubería principal del desagüe, cayó al gran torrente: el río revuelto lo arrastró junto a toda la resaca.

A la mañana siguiente, el bar “La Buena Suerte” abrió nuevamente sus puertas mientras la viuda y su hija barrían los restos de basura que la tormenta les había depositado frente a la casa.

Comentarios (5)

Dragoman dijo, Julio 10, 2008 @ 8:42 am

Corto, agradable, idioma un tanto rebuscado. Lo veo bien.

Saludos,

Dragoman

Quirquincho Tapia dijo, Febrero 21, 2009 @ 2:32 pm

Buen cuento, ambientado a modo de los clásicos. “TORMENTA DE PRIMAVERA”, me hizo recordar a a mis épocas de estudiante en Barrio Alberdi.

Ruben oscar ojeda dijo, Mayo 7, 2009 @ 7:30 pm

Respecto a “TORMENTA DE PRIMAVERA”, otra vez tengo que disentir con un comentario precedente, para mi no es rebuscado el idioma empleado, se ajusta a los tiempos del relato y al escenario en que se desarrolla.
Deja una clara enseñanza al menos, que para ponerse en pedo, es mejor no hacerlo si se avecina una tormenta. Q.E.P.D RIVAROLA.
Un abrazo

PACHORRA dijo, Julio 27, 2010 @ 12:06 pm

El infeliz del cuento era de Talleres y en Alberdi no lo quería nadie. Un choborra insaciable… Me gustó el cuento, bien ambientado.

SAMI dijo, Agosto 15, 2010 @ 10:01 pm

Lindo cuento, creo que el tipo de lenguaje cae bien con este ambiente. No conozco tus otros cuentos aún.

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