En ese entrañable y ecléctico bar, pergeñado por un personaje como mi amigo Ricardo Mirolo, solíamos reunirnos la mayoría de los bohemios y artistas mal entretenidos de Unquillo.
Esa noche, Rally Barrionuevo disimulaba sus verdaderas intenciones mirando de reojo a Inesita mientras la concurrencia observaba atónita cómo, este grande del folclore, interpretaba temas de Charly García en un viejo piano que habían dejado para la venta en la casa de antigüedades contigua a la galería de arte. Todo transcurría sin prisa: chacota, vino y fernet desbordaban las mesas.
Cerca del piano, alejado de la barra afrancesada, el Flaco Mariano tomaba su vinito blanco y Federico Racca conversaba con el Reverendo Cabrera sin advertir que el Ruso Papy, colgando de la pared y escondido detrás de su fragua, los espiaba esbozando una sonrisa cómplice.
Ese día había sido particularmente largo. Luego del consabido asado de los miércoles, después de una extensa sobremesa, recalamos en Tirram arte-bar. Cervezas mediante, nos quedamos charlando hasta que el bar arrancó con toda la furia. Andrés Laredo, estrenando nuevo corte de pelo, cocinaba sus tradicionales omelettes de papa, Inesita atendía las mesas con cierta demora mientras Mariela Almada, con su guardapolvo de maestra jardinera, intentaba vender un Cerrito a un cliente circunstancial de la galería.
Cerca de medianoche, Mariela comenzó a dar indicaciones para entrar las mesas y cerrar el complejo: todos ayudamos. Al rato la gente pidió pagar, muchos anotaron lo consumido en esas generosas cuentas que Mirolo permitía a sus amigos. En el bar quedábamos solamente Ricardo Mirolo, el Reverendo Cabrera, el Flaco Mariano y yo. Debo confesar que a esa hora ya se nos había calentado el pico y no teníamos ninguna intención de irnos a dormir. Fue cuando al Reverendo Cabrera se le ocurrió invitarnos a jugar un insólito partido de pool a Mumú-Mamá, en una mesa recién instalada en la vieja estación de servicio del pueblo que David Nalbandián había facilitado a un grupo de amigos de su infancia.
Salimos hacia allí con las copas acumuladas durante el día. Como era de esperar, no pudimos hacer arrancar el jeep del Flaco Mariano y ya no recuerdo cómo llegamos hasta la vieja estación. Al ingresar, un grupo de adolescentes jugaba al pool sin consumir nada. En cuanto el encargado nos vio entrar, más rápido que inmediatamente, hizo desalojar la mesa de juego y, sabiendo que al Reverendo Cabrera le gustaba la música clásica, los sones de un cuarteto fueron interrumpidos abruptamente por una de las famosas estaciones de Vivaldi.
–¡¡Por fin música como la gente, carajo!! –dijo el Reverendo Cabrera a viva voz.
Para no ser menos, el Flaco Mariano acomodó sus mechas rubias hacia un costado de su inconmovible sombrero y acotó:
–¡Nada menos que una de las siete estaciones de Vivaldi, Jorgito!
–¡Sos bruto, Manuel! –contestó el Reverendo–. No son siete, son cuatro: enero, febrero, marzo y abril.

Fernando Avalos Mujica dijo, Octubre 27, 2011 @ 7:31 pm
¡¡¡Muy bueno!!! Es un lindisimo cuento que
resulta mucho mas entretenido cuando uno conoce los personajes.- Continua firme en esa tonica que sin dudas es tu fuerte.- Un fuerte abrazo.- Fernando Avalos Mujica.-
Luis D. Bernardi dijo, Octubre 27, 2011 @ 7:36 pm
Buenísimo, un excelente registro de la situación con un toque poético y algo de humor.
Abrazos, Luis
RUBEN OSCAR OJEDA dijo, Marzo 1, 2012 @ 8:25 pm
Querido Tomás:
La tan fina descripción de los acontecimientos, que colijo son habituales en el desarrollo de las relaciones, entre gentes, por fortuna, de una raza no extinguida, a quienes tengo el alto honor de conocer, robustece mi esperanza, que con la práctica de esta forma de vivir, se consoliden los vínculos de una amistad sincera. El valor del remate del cuento, donde la supina ignorancia de Mariano, (que no es tal) nos habla del latente humor puesto de manifiesto en tu obra, con la descalificadora respuesta del “Reverendo”. Te mando un cálido abrazo y espero que pronto pueda disfrutar de compartir un santo vino contigo.
RUBEN OSCAR OJEDA