TIRRAM Arte-Bar

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Nov30

Después de una sobremesa saturada de alcohol y chacota nos retiramos del Club Unión para recalar en Tirram Arte-bar, propiedad del pintor Ricardo Mirolo. Allí solían reunirse la mayoría de los bohemios y artistas “mal entretenidos” de Unquillo.

Cervezas mediante, nos quedamos charlando hasta muy tarde.

Entrada la noche, el gentío habitual inundó el ecléctivo salón. André Laredó lucía su  nuevo corte de pelo y cocinaba sus tradicionales omelettes de papa. Inesita atendía las mesas con cierta remisión y Mariela Almada, con su guardapolvo de maestra jardinera, ofrecía un cuadro de Cerrito a un cliente ocasional de la galería de arte y antigüedades, anexa al bar.

Cerca de la entrada Rally Barrionuevo miroteaba de reojo a las mozas e interpretaba temas de Charly García en un viejo piano que la Pepita Marino había dejado para la venta.  Frente a la barra afrancesada, el Flaco Mariano tomaba un vinito blanco mientras Federico Racca y  el Reverendo Cabrera conversaban animadamente sin advertir que el Ruso Papy, colgando de la pared, esbozaba una sonrisa cómplice.

Todo transcurría sin prisa: chacota, vino y fernet desbordaban las mesas.


Era muy tarde cuando Chingolo comenzó a dar indicaciones al personal para que entraran las sombrilllas ubicadas sobre el deck de madera y así poder cerrar. Algunos pidieron pagar, otros anotaron lo consumido en esas generosas cuentas que Mirolo permitía a sus amigos.

En el bar permanecíamos como estacas Ricardo Mirolo, el Reverendo Cabrera, el Flaco Mariano y yo. Debo confesar que a esa hora ya se nos había  acalorado el pico y no teníamos ninguna intención de irnos a dormir. Fue cuando al Reverendo Cabrera se le ocurrió la insólita idea de “invitarnos” a jugar al pool en Mumú-Mamá, una confitería de moda instalada en la antigua estación de servicio del pueblo, propiedad de David Nalbandián.

Salimos del bar con las copas acumuladas del día, y no eran pocas. Como era de esperar, no pudimos hacer arrancar el jeep del Flaco Mariano y ya ni recuerdo cómo llegamos hasta la vieja estación. Al ingresar, un grupo de adolescentes jugaba al pool sin consumir nada. En cuanto el encargado nos vio, de inmediato hizo desalojar la mesa de juego y sabiendo que al Reverendo Cabrera le gustaba la música clásica, los sones del cuarteto que atronaba en los parlantes fueron remplazados por una de las famosas estaciones de Vivaldi.

–¡¡Por fin música como la gente, carajo!! –expresó a viva voz  el Reverendo.

Para no ser menos, el Flaco Mariano acomodó los mechones ambarinos hacia un costado de su atávico sombrero y acotó:

–¡Una de las siete estaciones de Vivaldi, Jorgito!

–¡¡Sos bruto, Flaco!! –le contestó el Reverendo–. Las estaciones son cuatro: enero, febrero, marzo y abril.

Comentarios (3)

Fernando Avalos Mujica dijo, octubre 27, 2011 @ 7:31 pm

¡¡¡Muy bueno!!! Es un lindisimo cuento que
resulta mucho mas entretenido cuando uno conoce los personajes.- Continua firme en esa tonica que sin dudas es tu fuerte.- Un fuerte abrazo.- Fernando Avalos Mujica.-

Luis D. Bernardi dijo, octubre 27, 2011 @ 7:36 pm

Buenísimo, un excelente registro de la situación con un toque poético y algo de humor.
Abrazos, Luis

RUBEN OSCAR OJEDA dijo, marzo 1, 2012 @ 8:25 pm

Querido Tomás:
La tan fina descripción de los acontecimientos, que colijo son habituales en el desarrollo de las relaciones, entre gentes, por fortuna, de una raza no extinguida, a quienes tengo el alto honor de conocer, robustece mi esperanza, que con la práctica de esta forma de vivir, se consoliden los vínculos de una amistad sincera. El valor del remate del cuento, donde la supina ignorancia de Mariano, (que no es tal) nos habla del latente humor puesto de manifiesto en tu obra, con la descalificadora respuesta del “Reverendo”. Te mando un cálido abrazo y espero que pronto pueda disfrutar de compartir un santo vino contigo.
RUBEN OSCAR OJEDA

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