Escuchaba risitas…
–¡¡Ascensor!! ¡¡Ascensor!!
Ese lunes también llegaría tarde al gimnasio y una vez más sería apercibido por el entrenador. No le quedaban excusas para esgrimir.
A la mañana siguiente, preparó una vianda con su dieta deportiva y la ubicó en la parte baja de la heladera.
Los martes, rara vez salía del departamento; sólo una urgencia o la compra de algo imprevisto lo obligaban a hacerlo. En sus horas libres, que eran muchas, veía televisión o se esperanzaba con la visita de algún pariente.
El miércoles, casi de madrugada, salió al palier y pulsó el botón.
–¡¡Ascensor!! ¡¡Ascensor!! –gritó varias veces.
Nadie lo escucharía: en el edificio todos dormían. Por un momento pensó en los chicos del quinto piso que solían llegar tarde; pero no, no eran ellos.
–¡¡Ascensor!! ¡¡Ascensor!! –gritó nuevamente.
Cansado de vociferar sin que lo oyeran, una vez más, con muchísimo esfuerzo, bajó por la escalera. Su estado físico se lo permitía.
En planta baja no había nadie. Las risitas venían del sótano. No había dudas: eran ellos. Estaba harto de sus mentiras, de sus insólitas razones…
–¡¡Cierren la puerta, carajo!! –gritó con rabia incontenible sin obtener respuesta alguna.
Acalorado, salió del viejo edificio para dirigirse por el boulevard hacia el parque Sarmiento. Debía tranquilizarse o no llegaría a tiempo para competir por la clasificación en el Sudamericano. Si tan sólo hubieran advertido el perjuicio que le causaban, sin tan sólo se hubiesen puesto en su lugar…
Transcurrieron minutos de enojosas elucubraciones y varías cuadras en subida cuando, acosado por la ira, dio media vuelta y regresó para sorprenderlos.
En la puerta del edificio, la portera y el guardia de seguridad conversaban animadamente. Fue allí donde dio riendas sueltas a su enojo:
–¡¡¿Se puede saber por qué carajo dejan abierta la puerta del ascensor mientras franelean en el sótano?!!
–Está equivocado, señor. Nosotros no hacemos eso que usted dice. Estamos trabajando. Cualquier queja debe hacerla en la administración o en el sindicato –dijo el guardia socarronamente.
Las miradas cómplices y un irónico silencio terminaron con sus dudas.
La noche del jueves no durmió: sus cavilaciones se lo impidieron. Esa mañana había pedido un remís y había hecho unas compras en una ferretería de Villa Páez.
Durante las primeras luces del viernes advirtió la llegada de la portera y, minutos más tarde, la del guardia de seguridad. No había dudas, escuchaba sus risitas. Enseguida bajaron al sótano: el tiempo justo que necesitaba para conectar los cables eléctricos a la puerta de hierro del ascensor que enfrentaba su departamento.
El sábado, al salir del edificio, hizo rodar su silla de ruedas hasta el basurero de la esquina para arrojar el manojo de cables que aún olía a caucho quemado. De inmediato, regresó al departamento. No tenía sentido seguir yendo al gimnasio. No clasificaría para el paraolímpico.
“Electrocutados en Nueva Córdoba”, tituló el diario La Voz del Interior del domingo.

Chabuca Chica dijo, Octubre 25, 2011 @ 10:58 pm
Aunque sos muy irónico, me gusta lo que haces. Siempre sorprende.
Secretos Insolentes / Blog de Tomás Juárez Beltrán - Literatura Costumbrista / Córdoba - Argentina » Archivo » Lectura insolente dijo, Marzo 15, 2012 @ 4:54 pm
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