SEMANA FATAL

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Oct25

 

Escuchaba risitas…

–¡¡Ascensor!! ¡¡Ascensor!! –vociferó a todo pulmón.

Ese lunes  llegó tarde al gimnasio y nuevamente fue apercibido por el entrenador. No le quedaban excusas para esgrimir.

El martes preparó las viandas con su dieta deportiva y las ubicó en la parte baja de la heladera. Rara vez salía del departamento, sólo por una urgencia o la compra de algo imprevisto. En sus horas libres, que eran muchas, veía televisión o se esperanzaba con la visita de algún pariente.

El miércoles, casi de madrugada, salió al palier y pulsó el botón del ascensor sin obtener respuesta.

–¡¡Ascensor!! ¡¡Ascensor!! –gritó ofuscado.

Nadie lo escucharía: en el edificio todos dormían.

–¡¡Ascensor!! ¡¡Ascensor!! –gritó nuevamente.

Cansado de protestar, una vez más bajó por la escalera. Su estado físico se lo permitía.

En planta baja no había nadie. Las risitas venían del sótano. No había dudas: eran ellos…

–¡¡Cierren la puerta, carajo!! –gritó con rabia sin obtener respuesta alguna.

Acalorado, salió del edificio para dirigirse hacia el parque Sarmiento. Debía tranquilizarse o no llegaría a tiempo para competir por la clasificación en el Sudamericano. Si tan sólo advirtieran el perjuicio que le causaban, sin tan sólo se hubiesen puesto en su lugar…Transcurrieron minutos de enojosas elucubraciones y varías cuadras en subida cuando, acosado por la ira, dio media vuelta y regresó para sorprenderlos.

En la puerta del edificio, la portera y el guardia de seguridad conversaban animadamente. Fue allí donde dio riendas sueltas a su enojo:

–¡¡¿Se puede saber por qué carajo dejan abierta la puerta del ascensor mientras franelean en el sótano?!!

–Está equivocado, señor. Nosotros no hacemos eso que usted dice. Estamos trabajando. Cualquier queja debe hacerla en la administración o en el sindicato –dijo el guardia socarronamente.

Las miradas cómplices y un irónico silencio terminaron con sus dudas.

El jueves pidió un remís para realizar unas compras en una ferretería de Villa Páez.  Esa noche no durmió: sus cavilaciones se lo impidieron.

El viernes,  a primera hora de la mañana, advirtió la llegada de la portera y, minutos más tarde, la del guardia de seguridad. No había dudas, escuchaba sus risitas. Enseguida bajaron al sótano: el tiempo justo que necesitaba para conectar los cables eléctricos a la puerta de hierro del ascensor.

El sábado, al salir del edificio, hizo rodar su silla de ruedas hasta el basurero de la esquina para arrojar el manojo de cables que aún olía a caucho quemado. De inmediato, regresó al departamento. No tenía sentido seguir yendo al gimnasio, no participaría en los juegos paralímpicos.

El domingo, el diario La voz del Interior tituló en su contratapa: “Electrocutados en Nueva Córdoba”

Comentarios (3)

Chabuca Chica dijo, octubre 25, 2011 @ 10:58 pm

Aunque sos muy irónico, me gusta lo que haces. Siempre sorprende.

Colorada Gomez dijo, julio 21, 2012 @ 7:44 pm

Es un cuento duro y sorpresivo. No creo que sea descalificante para los discapacitados. A veces, la intolerancia y la falta de solidaridad y contención, puede gatillar un desequilibrio emocional.

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