SEDA CRUDA

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Abr21

La lluvia era torrencial. El agua se alborotaba en las cunetas serranas  dificultando el acceso de los vecinos al centro cultural: el espectáculo estaba a punto de comenzar.

El edificio, una antigua capilla remodelada, conservaba algunas vítreas originales que entorpecían la visión de los parroquianos hacia el exterior; sin embargo, desde el fondo del salón, se las ingenió para observar a los que ingresaban. En particular, a una extraña mujer a quien era imposible no mirar con ese elegante impermeable de seda cruda y las finas botas de carpincho que calzaba.

En varias oportunidades intentó ver su rostro, pero no pudo. La mujer se ubicó a un costado del escenario e iniciado el espectáculo comenzó a menear sus piernas al compás de “Te quiero, país” y otros arreglos musicales que los hermanos Márquez hacían con letras de Cortázar. De vez en cuando sacudía su cabellera de manera exagerada y, de una cartera de cuerina verde, sacaba un pañuelo para sonarse la nariz con afectada delicadeza. Observó detenidamente sus botas: estaban salpicadas con barro; sin embargo, no había dudas de que eran de buena calidad. Lo sabía porque, durante años, en la boutique de su madre, había lidiado con clientas que por ahorrar unos pesos terminaban comprando zapatos de ocasión que luego reclamaban por defectuosos.

Volviendo a la extraña mujer, una vez más se preguntó por qué le resultaba tan familiar…

Los Márquez habían terminado su función con un bis de “Jangadero” cuando, esquivando la gente, la mujer encaminó sus pasos hacia el baño.

Movilizado por una curiosidad imperiosa, abandonó su refugio en la oscuridad y, trastabillando, se arrimó a la barra de bebidas dispuesto a esperarla. Después de varios Fernet comenzó a preocuparse, la mujer no salía. Atrevidamente ingresó al baño de mujeres: no había nadie.

Se retiró del centro cultural sin entender nada. Pircas, postes y alambrados  sirvieron de apoyo obligado para regresar al lugar donde vivía: dos cuartos con baño afuera, ubicados en la parte de servicio de una antigua quinta familiar.

A la mañana siguiente intentó recordar lo sucedido pero sólo se agolparon en su mente imágenes confusas, le dolía la cabeza…

Días después, haciendo compras en un supermercado del pueblo, entre las visuales transparentadas por la escasez de mercadería en las góndolas, observó nuevamente el elegante impermeable de seda cruda y las botas de carpincho que lo transportaba. Giró abruptamente su carrito de compras para ir a su ecuentro pero sólo  consiguió atropellar a una anciana y romper una botella de aceite que salpicó el único pantalón que tenía para pituquear. En vano fueron sus disculpas. Hasta el encargado de la fiambrería tuvo que intervenir para resolver el incidente y calmar a la abuela.

Salió hacia la doble avenida intentando encontrar a la mujer sin lograrlo. Luego de una larga caminata, llegó a su casa. El trayecto hasta allí era en subida y las botellas le pesaban cada vez más. Después de juntar leña en los alrededores, prendió la salamandra y se acurrucó en un desvencijado sillón de cuero. Al costado, un inmenso baúl servía de velador y mesa de apoyo a la vez. En su interior estaba la ropa de su madre y otras cositas de familia que nunca se atrevió a vender. Lo demás, la boutique, el campo y otras propiedades, ya lo había dilapidado.

Al día siguiente lo despertó la resaca. Sobre el baúl estaban las botellas de esa noche y, desparramadas por el suelo, las de noches anteriores. Le dolía la cabeza y si no tomaba algo para contrarrestar la abstinencia no podría levantarse. Por un instante, se entristeció recordando a su madre: una mujer refinada a quien siempre le había gustado la ropa elegante y el buen vivir. Después de tomar un porrón, recuperó el ánimo.

Cerca del mediodía logró ponerse en pie para ir a comprar fiambre al almacén de la esquina. A salir se topó con “la Chilindrina”, una prostituta que vivía al fondo del arroyo que circundaba la quinta.

En un primer momento intentó eludirla, pero al reconocer las botas de carpincho que la mujer calzaba bajo un ordinario jean de corderoy rojo, develó el misterio que tanto lo había obsesionado.

–Buen día, pichón. ¿Querés visita esta noche?

–Ando sin plata –contestó avergonzado.

–No hay problema, mi amor. Hacemos como la última vez: me llevo alguna ropita del baúl y listo…


Comentarios (3)

Oscar dijo, julio 23, 2009 @ 8:39 pm

Muy bueno y me recordó a nuestro amigo que “perdió su sombrero” camino a Moquehue… digo, por eso de mezclar fantasía y realidad.-

POLY dijo, abril 25, 2014 @ 12:52 pm

Estuve en el Recodo del Sol y la ambientación del cuento es muy real. Vale la advertencia inicial.

Alberto Vidal dijo, mayo 7, 2014 @ 3:31 pm

Tomás, me encantó el párrafo de que “Pircas, postes y alambrados sirvieron de apoyo obligado para regresar al lugar donde vivía” casi una vivencia. Muy lindo cuento, como todos los tuyos. Abrazo, Alberto

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