RISITAS

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May03

Escuchaba las risitas…

-¡¡Ascensor!! ¡¡Ascensor!!

Ese lunes también llegaría tarde al gimnasio y una vez más sería apercibido por el entrenador. No le quedaban excusas para esgrimir.

A la mañana siguiente, preparó el “tapper” con su dieta deportiva y lo ubicó en la parte baja de la heladera.

Los martes, rara vez salía del departamento; sólo una urgencia o la compra de algo imprevisto, lo obligaban a hacerlo. En sus horas libres, que eran muchas, veía televisión o se esperanzaba con la visita de algún pariente.

El miércoles, casi de madrugada, salió al palier y pulsó el botón.

-¡¡Ascensor!! ¡¡Ascensor!! -gritó varias veces.

Nadie lo escucharía: en el edificio todos dormían.

Por un momento pensó en los chicos del quinto piso que solían llegar tarde; pero no, no eran ellos.

-¡¡Ascensor!! ¡¡Ascensor!! -gritó nuevamente.

Cansado de vociferar sin que lo oyeran, una vez más bajó por la escalera, su estado físico se lo permitía.

En planta baja no había nadie. Sin embargo, las risitas provenían del sótano. No había dudas: eran ellos. Estaba harto de sus mentiras, de sus insólitas razones…

-¡¡Cierren la puerta, carajo!! -gritó con rabia incontenible sin obtener respuesta alguna.

Acalorado, salió del viejo edificio para dirigirse por el boulevard hacia el parque Sarmiento. Debía tranquilizarse o no llegaría a tiempo para competir por la clasificación en el Sudamericano. Si tan sólo hubieran advertido el perjuicio que le causaban, sin tan sólo se hubiesen puesto en su lugar…

Transcurrieron minutos de enojosas elucubraciones y varías cuadras en subida cuando, acosado por la ira, dio media vuelta y regresó para sorprenderlos.

En la puerta del edificio, la portera y el guardia de seguridad conversaban animadamente. Fue allí donde dio riendas sueltas a su enojo:

-¡¡¿Se puede saber por qué carajo dejan abierta la puerta del ascensor mientras franelean en el sótano?!!

-Está equivocado señor. Nosotros no hacemos eso que usted dice. Estamos trabajando. Cualquier queja debe hacerla en la administración o en el sindicato -dijo el guardia socarronamente.

Las miradas cómplices y un irónico silencio, terminaron con sus dudas.

La noche del jueves, no durmió: sus cavilaciones se lo impidieron. Esa mañana pidió un remis y realizó compras en una ferretería de Villa Páez.

Durante las primeras luces del viernes advirtió la llegada de la portera y minutos más tarde, la del guardia de seguridad. No había dudas, escuchaba sus risitas. En instantes descendieron hacia el sótano: el tiempo justo que necesitaba para conectar los cables eléctricos a la puerta de hierro del ascensor que enfrentaba su departamento.

“Electrocutados en Nueva Córdoba”, tituló el diario La Voz del Interior del domingo.

Al día siguiente, al salir del edificio, hizo rodar su silla de ruedas hacia el basurero de la esquina para arrojar el manojo de cables que aún olía a caucho quemado. De inmediato, regresó al departamento. No tenía sentido seguir yendo al gimnasio. No clasificaría para el paraolímpico.

Comentarios (4)

Ruben oscar ojeda dijo, Abril 23, 2009 @ 7:25 pm

Bueno lo de “RISITAS”, sale olor a quemado desde la página.
RUBEN.

"Sarampion" dijo, Abril 24, 2009 @ 10:30 am

Muchos de tus relatos me hacen recordar (tiempo mediante) a los de Horacio Quiroga. Duros, reales y bien escritos.
Saludos

cuentos de Mila dijo, Abril 26, 2009 @ 6:11 am

Cada uno estamos convencidos que nuestra pequeña parcela ( tamaño tiesto) es lo más grande e importante en el mundo, y la del vecino una mierda.

Cata. dijo, Abril 27, 2009 @ 8:26 am

El fin de semana visité la Feria del Libro de Buenos Aires.
Excelente el stand de Córdoba !!!!!
Felicitaciones para vos ,que formás parte , y para tus coterráneos.

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