REFUGI0 DE SOLEDADES

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Oct11

 

Esa tarde confesó que siempre le habían gustado los bares.

Cuando era chico había fabricado uno rodante, de madera. Lo construyó con cajones de fruta montados sobre rulemanes y con él iba a un campito de fútbol cerca de su casa, llevaba lo necesario: un bidón de agua, un paquete de galletas y dos pelotas de trapo hechas con  medias viejas y bollos de papel.

Jugaba siempre de arquero y todos le confiaban sus cosas mientras duraba el partido. Al bar con rueditas iban a parar en custodia las pertenencias de sus amigos: buzos, camperas, rodilleras  y  mandados familiares pendientes de entrega. Así se inició su afición por los bares y, en esas circunstancias, comprendió que los bares eran un punto de coincidencia de almas gemelas, de compañeros de ruta, de Alcoyana Alcoyana, como decía un conductor de televisión uruguayo. Años después compró un antiguo pie de máquina de coser a pedal, le puso una tapa de mármol y construyó su segundo bar; esta vez en su casa de Alto Alberdi. Durante años desfilaron sobre ese mostrador infinidad de botellas; algunas de utilería que solo servían para decorarlo y otras de alto octanaje etílico que conjuraban el frío en invierno. A su alrededor forjó amistades, afecto y solidaridad, por encima del dinero. Tolerancia y comprensión, por encima de la estupidez humana. Para ese entonces no tomaba vino,  sin embargo, hoy es su bebida preferida. “Vinos y quesos saben a besos” dice últimamente a quien lo quiera escuchar. “El whisky enloquece, el licor adormece y el champagne afloja las bombachas” suele decir también.

En la actualidad tiene varios bares y es habitué de muchos otros que no le pertenecen. Cada vez que cierran uno, se pone triste. En los bares se ríe, se llora, se discute y se realizan acuerdos. Pensó  un rato y explicó: “Allí se ponen de acuerdo los corazones. Los bares son un lugar de encuentro, como las iglesias a la salida de misa de los domingos. Deberían declararlos de interés social -a los bares- y liberarlos de impuestos excesivos. Son como la oscuridad para los novios, como la luz al fondo del túnel o como un suspiro de a dos. A propósito: ¿saben qué es un suspiro?  Un suspiro es un beso que no se da”.

También  contó que los bares de Córdoba que más le habían gustado eran El Bar Unión, ese al que cantan Salzano y Jairo, sobre la calle 25 de mayo y Vinicius, del pelado García Carranza, en el Cerro de las Rosas. Hamilton, del Turco Hitt, en la peatonal. El Bar de don Benito, sobre la calle Ayacucho. Un lugar, en Alta Córdoba, de los hermanos Revol. Tirram Arte-Bar del pintor Ricardo Mirolo en Unquillo y otros más que sería imposible recordar.

–¡Qué lindos lugares para la gente sola! –terminó diciendo.

 

 

 

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Plácido Siemmens dijo, octubre 13, 2013 @ 12:01 pm

Eres un buen narrador. Tus historias tienen un dejo de nostalgia y calidez que conmueven, están escritas con mucha naturalidad. Pasaré nuevamente por tu pagina.

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