RAMITA CONSOLADORA

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Jul04

En el bar Central de Unquillo Manolo Lafuente miraba televisión y disfrutaba de una cervecita negra, bien frappé.

Sí, finalmente lo había logrado. Nunca más maltrataría sus pulmones con esos tres paquetes de cigarrillos diarios que durante años hicieron estragos en su organismo. En realidad seguía fumando pero de “mentiritas”. Para hacer más llevadera su abstinencia había tomado la costumbre de hacer girar entre sus dedos una ramita gruesa, del tamaño y la forma de un cigarrillo.

Jugueteaba con ella  llevándola a la boca hasta dejarla reposar en la comisura de sus labios. Una de sus mejores secas, la de mayor bocanada, fue en festejo a su voluntad…

Mientras esto ocurría, los asaltantes del Banco Nación de Unquillo ya habían hecho lo suyo y huían con el botín sin dejar rastros. Las patrullas policiales circulaban por todo el pueblo anunciando el espectacular robo. No faltaron los carros de asalto, el personal especializado, la presencia de los bomberos y de la seguridad ciudadana. Ni el estridente ulular de las sirenas ni el intempestivo ingreso al bar de los comandos especializados inmutó a Manolo, quién sólo atinó a apurar el vaso de cerveza como si el clima caldeado pudiera arruinar la frescura de su oscuro brebaje.

Armados hasta los dientes, dos agentes comenzaron a circular entre las mesas. Uno de ellos, radio en mano, intentaba comunicarse con la jefatura. El otro, al mejor estilo “Rambo”, preguntaba por el intendente comentando a los parroquianos lo ocurrido. Su vestimenta era exagerada: una bandolera repleta de municiones le cruzaba el pecho; la pistola reglamentaria, las esposas y una cachiporra de goma colgaban de un ancho correaje que también servía de sostén a su voluminoso abdomen. El servidor público portaba una metralleta de caño recortado. Al acercarse a la barra, involuntariamente, rozó a Manolo con la culata del arma. Fue en ese instante cuando una mezcla de fobia y abstinencia gatilló la vehemencia del periodista de Cabana quien, con un dedo tan punzante como irrespetuoso, tocó el hombro del policía con firmeza. Sorprendido, el otro giró rápidamente hasta apuntarlo con el arma.

Al verse encañonado, Manolo miró por encima del marco de sus anteojos y, acercando su falso cigarrillo al caño de la ametralladora, dijo muy suelto de cuerpo:

– ¿Me da fuego, Don?

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Onofre dijo, febrero 28, 2009 @ 8:19 pm

No conozco a Manolo de la fuente, pero seguramente debe ser un personaje muy querible.

LUNA dijo, agosto 8, 2009 @ 12:58 pm

Gracias por su desinteresado aporte a nuestro taller literario.

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