FIESTAS NAVIDEÑAS

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Dic21

Inés y Jorge eran primos. Veraneaban en una casona familiar ubicada en las serranías cordobesas cuyo parque balconeaba sobre el río San Javier. Para ese entonces tenían quince y diecisiete años. Ella era sexy, se comportaba con un desenfado que presagiaba alborotos. Él era un cachorro de buen porte, osado para la época.

Juntos iban al río, chapoteaban en la cascada, tomaban sol como iguanas, reían y retozaban sobre la arena. El coqueteo era constante.

Los jovencitos y sus abuelas habían sido los primeros en arribar a la antigua casona en espera de la llegada del resto de la familia para pasar las fiestas navideñas.

Doña Jacinta, devota de la Virgen del Rosario, era muy apegada a su nieta, la celaba constantemente y le preocupaba que esa amistad entre primos pasara a mayores. Doña Teresa era más liberal, poco le importaban las aventuras que pudiera tener su nieto.

Una siesta, una de las mucamas llegó sobresaltada y le contó a Doña Jacinta que había sorprendido a los primos en el recodo del río, semidesnudos, revolcándose en la arena. Estaba tan alterada que exageró los detalles. En un primer momento Doña Jacinta sintió vergüenza e indignación por la desfachatez de su nieta, no sabía que hacer. Después pensó que lo mejor sería calmarse y hablar con ella.

–Yo estaba chacoteando en el agua cuando él me arrancó el corpiño de la bikini y comenzó a besarme. –dijo apresurada la muchacha. Y continuó:

–Lo quiero mucho pero nunca imaginé que se atreviera a tanto. No sabía como sacármelo de encima, abuelita…

–Ya va a ver ese degenerado, es igual  a su abuelo. Las cosas no van a quedar así. Mañana mismo voy a hablar con mi hermana. Sos una mocosa ingenua y él un degenerado. Sé muy bien lo que te digo… Más..

EL GUACHITO

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Nov24

EL GUACHITO

Anochecía cuando el Vasco Mendizábal llegó a la pulpería de don Abraham montando su yegüita mora.

Desensilló, acomodó sus arneses sobre un palenque y entró al viejo edificio. En el salón principal, el pulpero pasaba una rejilla sobre un ajado mostrador de madera mientras su hija cortaba fiambre y ayudaba en otros menesteres.

–¡¡Buenas tardes tengan todos!! -dijo con voz sonora y varonil.

–Buenas… –contestaron los parroquianos; algunos con sorpresa al ver tan singular personaje.

Se quitó la boina, acomodó su poncho sobre el respaldar de una silla y tomó asiento frente a una mesa cercana al ventanal de la entrada. Su elegante estampa no pasó desapercibida; especialmente para Adelaida, la hija del pulpero, que al sentirse observada por el Vasco Mendizábal bajó la vista con vergüenza. No era para menos, tenía catorce años.

No era frecuente ver por esos desolados parajes a alguien tan particular como él. Vestía chaleco de carpincho, bombacha bataraza ajustada a la cintura por una rastra de cuero crudo, alpargatas y un pañuelito negro entreverado al cuello de su camisa. Su amplia sonrisa enmarcaba una dentadura perfecta. Sus ojos celestes, su pelo ensortijado y una florcita silvestre detrás de la oreja izquierda, armonizaban con su informal vestimenta. Además de ser apuesto, era educado y amable. La muchacha no escapó a su natural encanto.

–¿En qué puedo servirle, amigo? –preguntó el pulpero.

–Voy camino a Pozo del Tigre. Desearía comer, tomar algo, y si fuera posible pasar la noche y descansar en los corrales junto a mis arreos…

–No hay problema amigo, esta casa no le niega amparo a ningún paisano con buenas intenciones –dijo don Abraham mientras su hija no dejaba de mirar al extraño.

El Vasco Mendizábal había nacido en Rosario. A media niñez recaló en una estancia de las serranía cordobesas propiedad de una tía soltera. Su padre, viudo y enfermo, entendió que eso sería lo mejor para él. Allí aprendió a leer, a escribir y a bien portarse. Su tía siempre lo protegió, con el tiempo fue muy “cariñosa” con él…  Más..