EDIPO EL REY

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Ene05

Recostado en el sofá, con un vaso de whisky en una mano y un habano en la otra, se animó a decirme con cierta arrogancia:

–Mire amigo. Siempre me encantaron las mujeres y siempre me condicionaron de la misma forma…

Después de un gran bocanada, continuó.

–Todas las mujeres son iguales: putas, gatos, amantes, y hasta las mujeres de uno siempre piden algo a cambio: plata, cobijo social, placer o contención familiar. Desde la época de las cavernas las mujeres manejan a los hombres con ese triangulito que tienen entre las piernas.

Miró hacia el comedor para verificar que nadie más lo escuchara y dijo:

–En realidad, ya no me preocupa el tema. A mi edad, tengo problemas de erección y ¿sabe una cosa?, ahora “minga” que me van a condicionar. Hace tiempo que hago lo que se me antoja: duermo sólo, voy a pescar cuando quiero, juego a las cartas con mis amigos, veo por televisión los partidos de fútbol que se me antojan y a mi mujer no le doy ni cinco de pelota…

–¿Pero usted cree que todas las mujeres son iguales? –pregunté sorprendido. Más..

UN PRÍNCIPE ITALIANO

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Dic29

Era una persona mayor, educada y culta. Jamás decía groserías. Sus comentarios eran prudentes, no tenía rencores ni agravios para nadie.

Durante su juventud fue un trotamundos incansable. Su espíritu aventurero lo llevó a recorrer infinidad de parajes latinoamericanos en búsqueda de sus quimeras. Hasta sus últimos días vivió rodeado de obras de arte y joyas preciosas, fue un reconocido marchand de antigüedades de la ciudad de Córdoba.

Su encanto personal, su natural elegancia, le permitía relacionarse fácilmente con distinguidas matronas y con ellas realizaba sus mercadeos; sin embargo, tenía preferencia por las muchachas jóvenes y bonitas, a quienes acechaba desde la altura de su gran porte como sólo puede hacerlo un águila con sus presas.

Una mañana, tomando café en el bar de la planta baja de su departamento, me contó algunas intimidades. Yo intentaba averiguar el valor de un cuadro de Octavio Pinto que le habían ofrecido a un amigo, pero era tal su entusiasmo por hablar de sus amoríos juveniles, que me limité a escucharlo.

–Amo a esas gacelas que al pasar dejan su aroma…–dijo como si recitara un poema y de inmediato me confesó que echaba de menos sus años mozos y los arrebatos de pasión y lujuria que alguna vez le había regalado la vida.

Vió pasar una muchacha con minifalda y suspiró con un dejo de nostalgia. –¿Sabés lo que es un suspiro? –me preguntó con voz melindrosa. Y sin esperar repuesta de mi parte, dijo: –Es un beso que no se da… Más..