NUNCA LO SABRE

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May12

 

Cuando cursábamos segundo año en la facultad ya habían hecho irrupción los conflictos sociales de la época. La guerrilla salpicaba sus dogmas en los muros, los militares reprimían a estudiantes y sindicalistas.  Era casi imposible transitar por la ciudad. Allanamientos, secuestros, atentados y paros, estaban a la orden del día. Los medios mentían, la gente se exiliaba, los violentos se enmascaraban. Fueron tiempos de desencuentros: el Cordobazo había comenzado a gestarse.

Años después, las madres de la plaza reclamaban por sus hijos, las abuelas por sus nietos y el pueblo por la democracia.  Para ese entonces, él vivía en el Cerro de las Rosas y jugaba al rugby. En una fiesta del club conoció a su mujer con quien tuvo un noviazgo de años. Le gustaban las carreras de autos, las fiestas en Keops y tomar sol en la pileta de su casa. Tiempo después, decidió casarse. Pasó su luna de miel en un alberge universitario y al regresar alquiló un chalecito en Alberdi, cerca del cementerio, era lo que podían pagar con su sueldo municipal.

Junto a otros compañeros de facultad solíamos estudiar en su casa. El barrio era popular y su gente muy cálida, en su mayoría estudiantes. El Club Belgrano era un ícono de referencia y los domingos de  fútbol se generaba un descontrol social que duraba hasta altas horas de la noche. Recuerdo la fiesta anual de los estudiantes cuando cerraban la calle Tablada, pedían prestado una bañadera en la pensión de los paraguayos  y  la colocaban en la esquina para impedir la circulación de vehículos.  Los vecinos participaban de la fiesta y, como condición para entrar, había que llevar vino, limón y azúcar. En la calle, además de la bañadera, ponían una chapa de zinc, hacían fuego sobre ella y comenzaba la fiesta: chorizos, morcillas y hasta un costillar donado por el carnicero del barrio, se enseñoreaban sobre la improvisada parrilla. El vino, los limones y el azúcar se vertían adentro de la bañadera junto a barras de hielo. La gente sacaba sus sillas a la vereda para disfrutar del espectáculo. Los que participaban tomaban sus vasos, los introducían en esta suerte de sangría comunitaria y bebían a destajo. Desde temprano, la música de cuartetos sonaba en los parlantes de un “Wincofón” facilitado por algún vecino generoso. La gente bailaba y cantaba hasta altas horas de la noche.

Una tarde, volviendo de la facultad, este bailador de contradictorios “ritmos sociales” fue detenido cerca del Hospital de Clínicas y nunca más se supo de él hasta hace unos años que exhumaron unos restos óseos de una fosa común en el cementerio de San Vicente. Habían pasado más de treinta años…

Dejó una hija sin conocer, una mujer que aún lo llora y algunos amigos que lo extrañan.  Algunos dicen que no tuvo nada que ver con el atentado, que sólo portaba pelo largo, que pasaba por ahí, se resistió al arresto y lo mataron. Otros, que sólo simpatizaba.

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios (1)

Santos Molina dijo, mayo 12, 2014 @ 6:44 pm

¡¡Que época nefasta!! Se juntaron la soberbia del poder mesiánico militar y algunos intelectuales que creyeron ser los únicos dueños de la verdad. Cuando aprenderemos que la violencia engendra violencia y que la tolerancia en la diversidad es el único camino. Cuantas muertes injustas, cuanto dolor. Revelada la verdad, pasemos la página.

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