LOS POROS ABIERTOS

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Abr19

Salió de la ferretería y se encaminó por la avenida de las quintas hasta detenerse junto a la baranda del viejo puente. Agobiado por el sol de diciembre, miró hacia el río: las primeras crecientes de primavera habían pasado y las aguas, todavía turbias, se arremolinaban entre los huecos de la tosca.

Finalmente se decidió y, con el pantaloncito de baño colocado sobre la cabeza como si fuera una gorra, bajó por el pedregal para entrar a los matorrales y cambiarse. Sorteando los abrojos se acercó a la orilla, contó hasta diez y se tiró al agua. Era un compromiso con su valor, no era cuestión de echarse atrás. Se dejó llevar por la corriente hacia la otra orilla y allí quedó: tendido en la gramilla, secándose al sol.

Abstraído, fantaseando futuros, apoyó la boca en el antebrazo y mientras disfrutaba del gusto salado de su piel, observó detenidamente a las hormigas que en fila india circulaban con su carga a escasos centímetros de su nariz. De no haber sido por el carro del panadero que regresaba del reparto diario cruzando el viejo puente, jamás se hubiera dado cuenta de lo tarde que era. Apurado, calzó sus zapatillas como si fueran chancletas y rápidamente emprendió el regreso.

A la altura del viejo almacén, reconoció a Dorita. La muchacha, prima del Toti Acuña, había llegado de Reconquista para pasar unas vacaciones con sus parientes y sin haber cruzado una sola palabra, las miradas ya habían hecho lo suyo.

Desde lejos la sintió protestar. Hacía rato que la muchacha intentaba barrer la vereda pero los chicos de la cuadra jugaban con sus autitos y no la dejaban. Pasó a su lado, le sonrió y, al llegar a la altura de su casa, se dio vuelta para mirarla. Ella también lo miraba.

A pesar de la tardanza, se quedó parado en la entrada y disimulando su verdadero interés, comenzó a observar a los pequeños mientras jugaban.

Los autitos que utilizaban para las carreras, no eran comunes. Los chasis eran de madera, las ruedas fabricadas con rayos de bicicleta y tapitas de penicilina recortadas para hacerlas pantaneras. Ni hablar de los contrapesos: derretir el plomo de tantos tubos dentífricos y llenar los moldes en tierra les había llevado horas de fogatas e infinidad de coladas.

En otras épocas hubiera dado cualquier cosa por ser uno de ellos, pero a su edad, las cosas habían cambiado. Entre el estudio, las changas en la ferretería y las clases de guitarra con la señorita Celina, no había tiempo para nada; ni siquiera para entreverarse en los picados de fútbol, a la salida del colegio.

Finalmente, la muchacha terminó de barrer y él entró a su casa. Un sentimiento desconocido le maduraba por dentro. La imagen de Dorita ocupaba sus pensamientos constantemente y le resultaba imposible escapar al clima de seducción que él mismo alimentaba. Lo que más le atraía de ella era su sonrisa. Cuando reía, los ojos renegridos se estiraban sobre su cara y dos hoyitos le hundían las mejillas.

Esa tarde, con la excusa de pedir unos parches para la bicicleta, fue hasta lo de Acuña y lo atendió Adela; nada que ver con Dorita. La muchacha era tímida y jamás miraba de frente. Vivía en una de las casas vecinas y pasaba el día entero haciendo bizcochuelos. De una forma u otra, siempre encontraba la manera de ofrecerle un pedazo de torta para que llevara.

-¿Está Toti? -preguntó.

-No. Pero Pancho está en el gallinero. Si querés, pasá -dijo mirando al suelo como siempre.

Pancho siempre le había parecido un imbécil, pero con tal de ver a Dorita estaba dispuesto a soportar todo.

Caminó por un angosto pasillo hacia los fondos de la casa y a la altura de los dormitorios, por la hendija de una persiana alcanzó a verla: semidesnuda, apenas envuelta en una toalla, la muchacha cepillaba su pelo frente al espejo de la cómoda. Sin importarle lo que podía suceder, quedó mirando su desnudez, mientras el corazón le retumbaba.

-¿Qué estás haciendo? -le indicaron desde la mitad del pasillo.

Sorprendido, sin permitir que se acercara, tomó amigablemente a Pancho de los hombros y juntos se encaminaron hacia el fondo.

En el gallinero, sobre un puñado de maíz esparcido en el suelo, los muchachos habían preparado una trampera para atrapar a las buchonas del palomar vecino. Entusiasmado, Pancho intentó explicarle el negocio que harían al vender las palomas en la feria pero él sólo simulaba escucharlo, no podía dejar de pensar en Dorita. Al rato, con la excusa de ir al baño, fue hacia la casa para ver si la encontraba. Desgraciadamente ya se había marchado. Maldiciendo su suerte, regresó al gallinero.

-¿Vas a ir al baile de las monjas? -le preguntó Pancho mientras terminaba de armar la trampera.

-No sé. Todavía no conseguí traje.

La verdad es que lamentaba el desencuentro con Dorita. Su intención era invitarla para que fueran juntos. Al traje lo conseguiría de cualquier manera…

Al día siguiente, otra vez la rutina.

-¡Arriba dormilón! Apurate que llegás tarde al colegio.

Malhumorado, comenzó a vestirse. Los sueños con Dorita se habían interrumpido en la mejor parte.

Con su portafolio golpeando en las paredes, caminó bamboleándose hasta llegar al colegio. Después de soportar el plantón de la misa, entró a clase. Distraído, volvió a pensar en Dorita hasta que un tincazo en la oreja lo volvió a la realidad.

Durante el recreo, sus compañeros saboreaban la merienda. Él, como siempre, miraba.

Intencionadamente se acercó a Zavala.

-¿Me convidás un cachito de sanguche, Gordo?

-Dejate de joder, pedigüeño de mierda -le contestó de mala gana.

Enfurecido, no pudo contener su rabia y de un manotazo le tiró la merienda al suelo.

El Gordo, comenzó a vociferar a todo pulmón.

Desde la sala de celadores el cura Celestino lo había presenciado todo. Rápidamente llegó al lugar y, sin decir una sola palabra, le asestó un cachetazo tirándolo al suelo. Los gestos amenazantes del cura terminaron por paralizarlo. Borbotones de sangre caliente salían de su nariz y solo atinó a cubrirse la cara con las manos. Cuando intentó incorporarse, el cura lo tomó de un brazo y comenzó a zamarrearlo pero al ver la cantidad de sangre que le salía, cambió de actitud e intentó tranquilizarlo. Advertido de la preocupación del cura, en un descuido logró zafar y escapó hacia afuera del colegio dejando que la sangre manchara su camisa, esa sería la prueba para demostrar que le habían pegado. Al llegar a la salida, el portero lo detuvo y tratando de consolarlo, lo acompañó hasta los baños. El cura Celestino no demoró en llegar:

-¡Te lavás bien la cara y después llevás la ropa al lavadero! -le ordenó preocupado.

Salió del colegio a la hora de siempre, con su camisa reluciente como si fuera un día lunes. La habían planchado con tanto almidón que hacía ruido al caminar. Ya en su casa, contó lo sucedido. Tenía la esperanza de que su abuelo fuera a darle una paliza al cura, pero nada de eso ocurriría. Su madre habló con el director y todo terminó en retos y advertencias.

Al día siguiente, después de hacer las changas en la ferretería, intentó estudiar pero no pudo concentrarse. El calor de la siesta era insoportable y el cuerpo le dolía de tanto cargar bolsas. Decidió entonces gastar sus últimos pesos en una Zumol de naranja y fue hacia el bar de la plaza. Los mozos comenzaron a preguntarle cosas para que hablara. Y como siempre ocurría, terminó haciendo referencia a negocios y temas de política, repitiendo como loro lo que había oído decir al abuelo y sus amigos en el club. Aunque parezca mentira, hasta el dueño del bar escuchaba atentamente.

Distraído, volvió pateando las buluquitas de paraíso que encontró en el camino. Al llegar a la altura de la casona, al ver a Dorita, recién apuró el paso.

-¡Hola! ¿Qué estás haciendo? -preguntó como si no la hubiera visto.

-Nada. Recién llego del centro y como no había nadie en la casa salí a la puerta, de aburrida nomás…

Las miradas traviesas lo dijeron todo.

-Si querés, entrá. -dijo Dorita después de un interminable silencio -Vení que te muestro las palomas que agarraron los chicos.

Caminó detrás de la muchacha por el largo pasillo. Podía sentir el calor de su cuerpo sin tocarla. Luego de cerrar el portón de alambre para que no escaparan las gallinas, se arrodillaron en la tierra húmeda para observar a las palomas adentro de la trampera. Estaban tan cerca que fue imposible evitar que sus piernas se rozaran y terminaran respirando el mismo aliento. Sin saber qué hacer, Dorita levantó la tapa del cajón y tomó una de las buchonas para mostrársela; pero cuando él intentó agarrarla, sus cuerpos se acercaron más. No se animó a mirarla, el ardor de sus mejillas eran imanes imposibles de evitar. Comenzaron a besarse con esos besos chiquitos de todos los comienzos y abrazados terminaron rodando sobre las bolsas de maíz. Las caricias, los besos arrebatados y las manos que se atrevían a desnudar y buscaban, hicieron lo suyo. Dorita intentó parar el embeleso, pero los hechos se precipitaron. Semidesnudos, entre jadeos entrecortados, no hubo retorno: ella se quedó quieta y gimió por un instante. El no se detuvo.

Tomando aire a borbotones, quedaron abrazados y en silencio. Distendidos, a él se le escapó un “te quiero” que Dorita recibió con lágrimas.

Al otro lado del cerco vecino, Adela llenaba un balde con agua. El ruido de la canilla los sorprendió. Finalmente salieron del gallinero como si nada hubiera pasado. Dorita lo acompañó hasta la puerta. Aún le temblaban las piernas.

-Lo que pasó, es un secreto entre nosotros -le dijo ella con los ojos humedecidos, entregándole un brochecito rojo que sostenía su pelo.

Él, atinó a robarle un último beso.

Esa noche no pudo dormir. Una y otra vez recordó los labios calientes de Dorita, sus pequeños pechos, y ese olor del maíz que jamás olvidaría.

El sábado se encontraron en el baile del colegio.

-Prefiero que no nos veamos por un tiempo -le dijo angustiada bajando la cabeza -Lo que hicimos fue una macana…

Dorita no bailó con nadie y pasó la noche conversando con Pancho.
Pensó que pronto la vería, pero no fue así y comenzó a preocuparse; en pocos días Dorita volvería a Reconquista. Le envió varios mensajes con Adela pero como no obtuvo respuesta, decidió buscarla. Al llegar a la casa, la encontró sentada en la verja conversando animadamente con Pancho. Ella reía sin parar y él le festejaba todo.

-¡Hola, Dorita! ¿Está Toti? -preguntó sin poder disimular su molestia.

-No sé. Entrá y fijate si querés -le contestó.

Al pasar, aprovechando que Pancho le daba la espalda, lo empujó con el hombro y su reacción no se hizo esperar: se agarraron a trompadas. Dorita trató de separarlos pero no pudo. La pelea fue interminable. Nunca le pegaron tanto. Por suerte salió el ingeniero Acuña y con un par de gritos paró todo. La nariz le sangraba de nuevo.

-Eso te pasa por hacerte el vivo -le dijo Pancho socarronamente.

Indignado, tomó un puñado de tierra y se lo arrojó a la cara. Menos mal que estaba el ingeniero, de lo contrario le hubieran dado una nueva paliza.

Después de cruzar insultos y amenazas, disimulando sus lágrimas emprendió el regreso. A la altura de la carbonería, Dorita lo alcanzó e intentó hablarle pero, totalmente fuera de sí, la apartó con violencia tirándola al suelo.

-¡Andate con ese flaco de mierda! -le gritó enfurecido. Y metiendo la mano en el bolsillo, sacó la prensita roja y se la tiró a la cara.

Dorita regresó corriendo. Jamás volvió a verla.

. . . .

Una voz familiar perturbó sus recuerdos sacudiéndolo de la soporífera siesta cordobesa.

-Papá, te llaman de la oficina -le susurró al oído su pequeña hija…

Ese domingo, siguiendo la rutina de siempre visitó a sus suegros y estacionó el automóvil bajo la tupida sombra de los paraísos. Adela, su mujer, descendió llevando en brazos al pequeño Sebastián. Cuando se disponía a abrir el baúl y sacar la carne para el asado, desde la vereda del frente lo llamó el ingeniero Acuña.

-Qué suerte que te encuentro. ¿Me harías un favor?

-Lo que quiera, ingeniero.

-Necesito sacar la caja de herramientas del altillo y ya estoy viejo para andar subiendo escaleras. ¿Me darías una mano?

-No se haga problema, enseguida me llego por su casa. ¿Tuvo noticias de Toti?

-Sí. Andan bien las cosas por España. Si Dios quiere nos veremos en Barcelona a fin de año… ¡Ah! ¿Sabés quién viene a visitarnos la semana próxima?

-¿Quién? -dijo distraído.

-¿Te acordás de Dorita, mi sobrina de Reconquista? Se viene a vivir a Córdoba. Es directora de escuela y le salió el traslado que había pedido. ¿Vos que trabajas en una inmobiliaria no la ayudarías a conseguir una casa?

Su cara se iluminó. No pudo dejar de sonreír…

Entró a lo de Acuña y fue hacia el altillo del gallinero. Cuando eran chicos, la escalera no existía. Parte del juego era trepar con dificultad por un pedazo de manguera anudada. Allí arriba, sentado en ese destartalado sillón, le había pegado varias palizas al cura Celestino, les hizo el amor a las muchachas más lindas del barrio y también fue goleador del equipo de fútbol de su colegio.

Mientras buscaba las herramientas, un autito de madera con ruedas de tapitas de penicilina cayó de la estantería. Sorprendido, no pudo resistir la tentación y lo hizo rodar por el suelo varias veces. “Que maravilla. Todavía anda derecho” pensó. “Debe ser por los ejes de acero”.

Cansado de la incómoda posición se sentó en el posabrazo del sillón y, sin proponérselo, comenzaron a desfilar las imágenes: en instantes pudo ver nuevamente la creciente del río embistiendo los espigones del puente. Al panadero con su carro vendiendo criollitos calientes y a Dorita con su pollera recogida sobre las bolsas de maíz. No pudo más. Con los ojos rebalsando nostalgia y la tristeza apretada en su garganta, tomó un pedazo de manguera, la ató a la baranda del altillo, y se descolgó hacia el gallinero sin olvidar la caja de herramientas que le había pedido el ingeniero Acuña.

Comentarios (3)

FROILAN (me dicen "Cabeza") dijo, marzo 19, 2009 @ 7:40 pm

Me recordó a mi infancia en Bajo Palermo, cerca del Puente La TABLADA. Nosotros jugábamos con barriletes, figuritas y carritos con rulemanes, nunca necesitamos Play Station o computadoras para divertirnos… Me alegro la tarde.

RUBEN OSCAR OJEDA dijo, octubre 9, 2009 @ 8:32 pm

BRAVO TOMAS
TODOS TUS CUENTOS SON ENCANTADORES , FONTANAROSA TE ENVIDIARÌA
FELICITACIONES Y UN CALIDO ABRAZO
RUBEN OJEDA

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