LOS DERECHOS HUMANOS

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Oct03

Al Chiquilín Gollan

El Toto Baralle era una buena persona. Separado de su primera mujer y viudo de la segunda, llevaba sobre sus espaldas el sino del desencanto. Su último matrimonio había sido tortuoso y le había dejado como saldo a Luisito, un mocoso de cuatro años, motivo de sus desvelos. Todo lo que hacía, todo lo que planificaba, estaba directamente relacionado con él para quien no escatimaba cariños ni esfuerzos.

Después de la muerte de la madre de Luisito, las penas enmascaradas lo acorralaron hacia la soledad de su propio espanto. Sólo algunos amigos adictos a la farra y al alcohol, le hacían compañía.

Abogado por mandato familiar, sin juicios que atender ni honorarios que cobrar, dejó el estudio jurídico e incursionó sin éxito en el comercio. Finalmente, se sometió a una forzosa reclusión domiciliaria. Le resultaba difícil llevar una vida ordenada y previsible, todo le salía mal. Decidió no involucrarse en nada, achicar gastos, sobrevivir con la renta de unos departamentitos heredados de su madre y la contención afectuosa de una de sus hermanas. A partir de allí evitó todo contacto con la gente, realizando una monótona rutina diaria: limpiar la casa, hacer de comer, llevar y traer a Luisito del colegio, ayudarlo con sus deberes y ver por televisión “El Chavo del ocho”, “El Correcaminos” y otros programas similares, caprichos del mocoso. Era imposible que en ese horario alguien pudiera distraerlo o requerir su presencia por algún motivo.

Sólo un amigo escapaba a esta regla: el Merma Pucheta. Con él compartía asados, truco, mujeres transitorias y mucho alcohol. Se sentía cómodo con su compañía. No existían cumplidos ni compromisos, cada uno hacía lo que quería y todo se toleraba. Generalmente aparecía acompañado por “Bombacha veloz”, una petisa bravísima que regenteaba la pensión donde él vivía y otras amigas bullangueras con las que andaba de fiesta en fiesta. A veces se quedaban a dormir, pero al Toto no le importaba nada, la casa era grande y no dejaban de ser una compañía frente a tanta soledad.

Una tarde, ante la insistente súplica de su hermana, el Toto decidió ir a la peluquería del barrio para que le emprolijaran la mata de rulos que anidaba su cabeza. Allí conoció a la Popi, una bonita y agraciada peluquera que también tenía lo suyo: dos hijos de un matrimonio desavenido, una libido culposa y mucha contención espiritual a través de un grupo de acción católica. Charla va charla viene, inició con ella una relación de amistad que fue creciendo día a día. Primero fue un pedido de la Popi para atender una consulta jurídica del centro vecinal, después un problema en la sucesión de unas tías viejitas y otras cuestiones menores; entonces, la relación comenzó a caldearse y la naturaleza hizo lo suyo: el Toto recuperó su entusiasmo, se levantaba temprano, trabaja en el jardín, lavaba el auto, se arreglaba para ir al supermercado y todos los días la visitaba. Eso sí, evitó contarle al Merma sus verdaderas intenciones con la Popi y mediante evasivas intentó zafar del acoso nocturno al que lo tenía acostumbrado su amigo.

La Popi ya estaba advertida de su vida rumbosa. El barrio entero sabía de sus aventuras pasajeras junto al Merma y ella no estaba dispuesta a ser una más en la lista de pasantes. Esta situación impidió que los flechazos amorosos dieran fácilmente en el blanco. Aún así, el Toto no se dio por vencido y arremetió con sus intentos de conquista: el mocito insistía, la Popi histeriqueaba, la temperatura subía, Cupido no fiaba.

Con el tiempo comprendió que debía cambiar de actitud si quería llegar a buen puerto: tenía que evitar definitivamente la compañía del Merma y sus amigas.

Advirtiendo que durante el fin de semana siguiente su amigo se iría a traslasierra, al “Festival Provincial de la Gallina Hervida”, intentó una jugada maestra que hacía tiempo venía madurando: invitó a cenar a la Popi junto a un matrimonio vecino. Gente seria y de confianza, que garantizarían un adecuado marco a sus buenas intenciones.

Enterada de sus propósitos, su hermana decidió colaborar. Estaba dispuesta a cualquier cosa con tal de que el Toto saliera de su soledad y de esa rutina de vagancia y alcohol que nada le aportaban. El día del encuentro, no dudó en ayudarle a preparar una exquisita cena, dándole a la mesa una toque intimista donde no faltaron las herencias de familia: vajilla de loza inglesa, cubiertos de plata, mantelería de hilo y las mejores copas de cristal que, junto a un magnífico centro floral, fueron su aporte fraternal al sensible recibimiento de la Popi.

El Toto no cabía en su campera de carpincho cuando la vio llegar acompañada por el matrimonio vecino que se había encargado de buscarla. Llevaba el pelo recogido en rodete, traje sastre negro y un magnífico collar de perlas adornando su recatado escote.

La comida estuvo estupenda, el vino se bebió con prudencia y los postres fueron del cielo, todo esto enmarcado por los acordes de una fina guitarra española que escapaban de un compact que la Popi había traído de regalo.

Inesperadamente, cuando ya se disponían a tomar café en el living y dar por terminada la reunión, unas luces impertinentes enfocaron el amplio ventanal del comedor, encandilando a los comensales.

La hermana del Toto empalideció. La destartalada renoleta del Merma transitaba por el jardín, aproximándose a la casa. Finalmente, el vehículo se detuvo y una serie de  bocinazos acabaron con el apacible clima de la reunión.

El Toto no salía de su estupor. Su amigo y otra persona, a quien no lograba identificar, esperaban una señal de aprobación para apearse. Con disimulo exagerado intentó ignorar lo que sucedía pero el Merma, al no recibir respuesta, optó por bajarse del auto y caminar hacia el porche de entrada.

Iluminado por las farolas exteriores, los comensales pudieron observarlo: transportaba entre sus manos dos Tetrabrick, un pan casero y un par de salamines.

El Toto decidió a actuar rápidamente:

-Disculpen, debe ser el jardinero -dijo. Y apurado atravesó el living, abrió la puerta y le salió al cruce.

Visiblemente alcoholizado, el Merma intentó darle un abrazo afectuoso que fue rechazado por el Toto quien de inmediato lo tomo de un brazo para decirle en voz baja:

-¡Mirá Merma! Estoy en una reunión con gente que no conocés y no quiero que me arruinés la noche. Son amigos de mi hermana, nos veamos en otro momento…

Fatalmente la curiosidad pudo más que la prudencia, el Merma le hizo una atrevida gambeta y colándose por la puerta entreabierta, en segundos enfrentó a los comensales.

-¡Que tal! ¿Cómo anda la gente linda…? -dijo como si los conociera de toda la vida.

Al Toto no le quedó otra que presentarlo.

-Disculpen, es un viejo amigo del estudio que hace mucho que no veo -dijo intentando disculparse. El Merma lo miró de reojo.

-¡Para qué vas a invitar, no! ¿Te olvidaste de los amigos? -le dijo a modo de reproche.

Luego de recorrer la mesa saludando uno por uno a los invitados, se sentó al lado de la Popi. En un primer momento estuvo callado, sólo observando. No fue por prudencia, las frutas del clericó tomado en exceso le subían del estomago a la garganta sin poder evitarlo.

A esta altura de los acontecimientos, el nerviosismo de todos era evidente pero como el Merma se mantuvo en silencio, la tensión fue disminuyendo hasta que llegó el café acompañado de unas masas caseras que había traído de regalo el matrimonio vecino. Fue allí cuando el Merma, repuesto de su malestar, aprovechó para decir fuerte:

-Toto ¿puedo hacer bajar a la escribana?

El Toto miró preocupado a la Popi a quien, repentinamente, le había dado un ataque de tos.

Apremiado por la situación, atinó a contestar:

-Por supuesto. No sabía que estabas acompañado. Hacela bajar nomás, pobre mujer…

El Merma salió disparado hacia la renoleta y en pocos segundos estuvo nuevamente frente a la mesa. Esta vez, acompañado de una de sus amigas de la pensión, una flaca tan huesuda como ordinaria que vestía minifalda de cuerina verde, medias rojas caladas, zapatos blancos, blusa de amplio escote y una cartera de plástico con la que terminaba de completar su colorido mosaico de putarraca. Para colmo de males, su borrachera era indisimulable y por más que el Merma la sostenía con firmeza, la mujer se inclinaba peligrosamente hacia los costados, amenazando con trastabillar y caerse.

-Se llama Rita, es una amiga de años -dijo el Merma, intentando justificar la compañía, mientras le acercaba una silla para que se sentara.

Advirtiendo lo que sucedía, la hermana del Toto intentó superar el mal momento.

-Nosotros hemos terminado de comer, pero si tienen hambre les puedo servir alguna cosita.

-No se procupe doñita, nosotro ya comimo en la pensión -contestó la muchacha -Eso sí, desgustaría una masa con un cafecito doble, si no fuera molestia.-Y estirándose sobre la mesa para alcanzar una bomba de crema, volcó un vaso de vino tinto sobre el impecable mantel de hilo.

El Toto no pudo más, saltó de su silla, y susurrándole algo al oído al Merma, lo invitó a que lo acompañara a la cocina.

-¡Estás loco o qué carajo te pasa! – le dijo indignado -¡Cómo vas a traer a semejante putón a mi casa!

-Está bien… No te enculés, me voy enseguida… Eso sí, nunca más me llamés para un asado, ni para ver fútbol, ni para nada. Ahora te hacés el fino. ¡Quién te creés que sos…!

Visiblemente alterado por la discusión, el Merma se aferró a la mesada, empalideció y comenzó a descomponerse. Finalmente vomitó miles de pedacitos de fruta macerada que terminaron esparcidos por toda la cocina.

Esta situación hizo que el Toto se saliera aún más de sus casillas.

-¡¡Basta!!.. ¡¡Sos un bárbaro!! ¡Vos y esa puta de mierda se van ya mismo de mi casa!

En pocos minutos, con el pelo mojado y el semblante apenas repuesto por una lavada de cara, el Merma regresó a la mesa, se acercó a la “escribana”, la tomó de un brazo y de un tirón la arrancó de su silla, encaminándola hacia la puerta de entrada.

Trastabillando, sortearon los canteros del jardín hasta llegar a la renoleta. El Merma abrió la puerta del acompañante y la metió adentro como si fuera una bolsa de papas. Hecho esto, subió al automóvil, encendió las luces y arrancó marcha atrás mientras los invitados observaban atónitos.

Todos sintieron alivio al ver que la renoleta enfilaba hacia la salida. Sin embargo, en forma inesperada, el Merma giró bruscamente el volante y una vez más encaró hacia la casa, encendió las luces altas y a escasos centímetros de la ventana, clavó los frenos.

Apoyado en el volante y con medio cuerpo afuera de la ventanilla gritó a todo pulmón.

-¡Che… Toto! ¿Sos abogado vos, no?

– Si, pero a quién carajo le importa eso, ahora – contestó indignado.

-¡¡¿Y los Derechos Humanos …?!!

Comentarios (8)

carlos dijo, agosto 22, 2008 @ 10:36 am

Uno de tus mejores cuentos. Felicitaciones.

Cata. dijo, enero 15, 2009 @ 8:44 am

Excelente cuento, con un remate muy ingenioso.
Vale releerlo.

RUBEN OSCAR OJEDA dijo, julio 10, 2009 @ 7:59 pm

MUY BUENO TOMAS
YA LO HABIA LEIDO ANTERIORMENTE, PERO ME REFRESCARON LA MENTE EL TOTO Y EL MERMA , QUE ERAN DOS ESPECIALISTAS EN HACER QUEDAR COMO LA MIERDA A CUALQUIERA
UN ABRAZO
RUBEN

León José del Corro dijo, julio 26, 2010 @ 8:40 am

Espectacular !!!!! como me he reido, dentro de este cuento encuentro a varios personajes del pueblo al cual me incluyo , mucho realismo , te felicito es divertidamente hermoso…

Cachilo Funes dijo, noviembre 16, 2012 @ 11:31 am

Has descripto a los personajes de este cuento como sólo saben hacerlo aquellos que tienen la curiosidad de observar el comportamiento social de su pueblo y trasmitirlo con palabras. Es tan cordobés como la Mona Giménez o el Hacha Ludueña. Puede parecer chabacano, subido de tono y hasta grosero. Para mí es original, está bien escrito, es divertido y tiene la virtud de rescatar personajes típicamente cordobeses.

Alberto Vidal dijo, enero 7, 2013 @ 1:55 pm

Querido Tomás como siempre brillante y cada vez mejor. Muy buena la reciente producción, no le merme.

Ade dijo, noviembre 3, 2013 @ 6:53 pm

– Muy pero muy bueno, por momentos me impacientó, querí a saber como terminaba. Los derechos humanos, a quien pertenecen, vaya una incognita más para los humanos. Ade

MARTHA dijo, octubre 25, 2016 @ 11:46 am

TOMAS ADMIRO TU HABILIDAD PARA DESCRIBIR PERSONAJES Y SITUACIONES SE NOTA QUE SOS UN OBSERVADOR SIN IGUAL,ADEMAS ADMIRO LOS REMATES DE TUS CUENTOS QUE NOS DEJAN CON LA BOCA ABIERTA .FELICITACIONES.

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