LECTURA COMUNITARIA

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Feb22

                Este cuento forma parte de algunas anécdotas pueblerinas  recopiladas en el Bar Central de Unquillo. Mi único mérito es haberlas recreado, a mi manera, impidiendo que quedaran en el olvido.

 

Recién llegado a Unquillo, todas las mañanas concurría al Bar Central para tomar un cortado en jarrito y ponerme al día con las noticias.

Cumpliendo el mandato popular que reza: “a donde fueres haz lo que vieres”, aprendí a esperar mi turno para leer las secciones del único diario que gratuitamente circulaban entre los parroquianos.

En realidad, actuaba por imitación, quería ser aceptado como uno más en el pueblo.

Así logré comprender el natural ordenamiento de esta suerte de lectura comunitaria sin más regla que la cortesía.  Sin embargo, estaban los que no respetaban turno alguno, los que se eternizaban con las secciones o los que directamente las arrebataban de las mesas sin ninguna prudencia. La parte deportiva era la más solicitada y los domingos, día de mucha demanda, se hacían pedidos anticipados de mesa a mesa. Era patético: cuando te llegaba el turno y tomabas una sección para leerla, podías intuir quiénes acechaban a tus espaldas leyendo las noticias. Bastaba con levantar la vista un instante o buscar algo en los bolsillos para que tu actitud fuese interpretada como “intención de pedir la cuenta” por lo que inmediatamente te solicitaban el diario: “¿Me permite?”; “¿No lo usa más, jefe?”, o “Permisito…”, eran frases frecuentes.

En realidad yo no tenía ninguna necesidad de ahorrarme el costo del diario, ni razones de sustento que validaran mi espera. Entonces decidí comenzar a comprar el diario en el kiosco de Tita y Mabel, ubicado frente al bar, y a leerlo sin que nada ni nadie me apresurara; eso sí, con la prevención propia de los que intuyen que algo no está bien.

Al principio muchos me pedían parte del diario y yo gentilmente ofrecía las secciones que no leía, haciendo la salvedad que el diario era mío, que debía llevárselo a mi mujer al retirarme del bar.

Finalmente logré cierta consideración por mi intimidad lectora, evitando la espera innecesaria a la que me había sometido de manera culposa.

Transcurrieron varias semanas hasta que un día entró al bar uno de los personajes más antiguos y pintorescos del pueblo: don Vilchez. El viejito tenía más de ochenta años y, por razones de enfermedad, había estado ausente durante meses.

Bastón en mano, arrastrando unas rotosas pantuflas de franela, circuló ansiosamente entre los parroquianos portando una bolsa entretejida de nylon con tres “criollitos” en su interior. Finalmente, sin decir una sola palabra, se abalanzó sobre mi diario y arrebatando las secciones que yo no leía, con el botín bajo el brazo, apresuró sus pasos para ubicarse en una mesa vecina.

Sin salir de mi asombro, un poco molesto, atiné a decirle:

-¡Disculpe señor, el diario es mío! Lea lo que quiera, pero cuando me vaya debo llevárselo a mi mujer.

El viejito me miró malhumorado y, luego de unos fulminantes segundos, contestó:

-Dígame mijito, ¿usted es de acá de Unquillo?

-Bueno… Hace casi un año que vivo aquí, ¿por qué me lo pregunta?

-Porque yo soy nacido y criado en este pueblo y que yo sepa, acá, en este bar, el diario es de todos.

Comentarios (1)

Elsa dijo, Marzo 5, 2009 @ 2:55 pm

Lindas las historias de su pueblo.

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