LAS PAREDES DE PAPAITO

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Ene02

Una sombra furtiva cruzó la doble avenida y, aerosol en mano, comenzó a pintar las paredes de la Cantina de Papaíto.

Desde la vereda que rodeaba la antigua casona podía leerse la rabiosa trasgresión escrita: “La única iglesia que ilumina es la que arde”.

Durante años reflexioné sobre ese extraño graffiti, intentando comprender ¿quién? y ¿por qué?

La residencia veraniega era una de las tantas propiedades donadas al cura del pueblo para que, a través de una fundación, concretara una obra benéfica: dar contención a niños y adolescentes abandonados,  hijos de la vida, retoños de espanto, pequeños sin dueños.

Autorizado por el arzobispado local, el cura logró llevar adelante su objetivo mediante un sistema integrado de familias sustitutas con la sana intensión de paliar el desamparo social.  Tan grande fue el reconocimiento de su obra que, en poco tiempo, la fundación obtuvo el beneplácito de toda  la comunidad: donaciones privadas, subsidios del estado y de organismos internacionales hicieron presente su aporte en apoyo al ingenioso programa de contención familiar ideado desde un ignoto pueblito de las sierras cordobesas. Para ese entonces, daba gusto ver a los chicos bien vestidos, sanitos, estudiando y organizados.

Pasó el tiempo y, con la intención de consolidar las finanzas de la fundación, las autoridades aprobaron una famosa rifa anual que comenzó a venderse en todo el país. Así las cosas, el proyecto del cura logró consolidarse, las casonas se multiplicaron por todo el pueblo, los desamparados llegaban de todos lados.

Transcurrieron los años,  el país soportó varias crisis y, como suele ocurrir con los buenos propósitos que no se sostienen en el tiempo por imprevisión o desidia de sus responsables, la obra benéfica comenzó a deslucir: denuncias de robos señalaron a la fundación como cueva de ladrones que azotaban al pueblo y hubo acusaciones de  corrupción y malversación de fondos.

Intervinieron intendentes y entidades  involucradas, intentando corregir los errores. Sin embargo, no alcanzó. La pésima administración de recursos, la falta de supervisión del Estado, la iglesia y demás responsables, comenzaron a hacer lo suyo.

Para esa época el cura ya estaba muy enfermo y, más allá de sus desaciertos, como reconocimiento a su vocación por el prójimo, fue invitado a conocer el Vaticano. Luego de un viaje a Turquía  su  salud se agravó y, en agosto del 2009,  murió en la ciudad de Roma. Tras engorrosos trámites, sus restos fueron repatriados para que tuvieran el merecido reconocimiento de la comunidad  unquillense.

A decir verdad, mucho antes de su muerte había comenzado la debacle de la fundación y, ante el descontrol, algunos depravados que convivían con los niños sacaron a relucir su costado más siniestro.

Finalmente, en noviembre del 2011, los diarios de la ciudad titularon sin tapujo:

“Veinte niños fueron abusados sexualmente por adultos y adolescentes en afamada fundación de las Sierras Chicas”

Intentando disimular y descomprimir la indignación de todo un pueblo, alguien se apresuró a despintar la antigua leyenda que durante años fue ostentoso estandarte en las paredes de la Cantina de Papaíto.

Semanas después,  sin ninguna certeza, mi frondosa fantasía  imaginó lo ocurrido.

Comentarios (1)

Ing. Manuel Carranza dijo, Enero 6, 2012 @ 11:45 am

No es descabellada la asociación que usted hace y como relato me parece bastante original. La leyenda (atrevida por demás) estuvo pintada durante años en las paredes de la cantina y es cierto que fue despintada hace poco tiempo. Moraleja: La intención es lo que vale. El cura quiso ayudar al prójimo pero las cosas se les escaparon de las manos.

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