LAS PAREDES DE PAPAITO

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Ene03

Una sombra furtiva cruzó la doble avenida y, aerosol en mano, comenzó a expresar su bronca sobre las paredes de la Cantina de Papaíto. Desde la antigua casona ubicada frente al restaurante del “Langosta” Baravalle podía leerse la provocadora trasgresión escrita: “La única iglesia que ilumina es la que arde”.

Durante años reflexioné sobre ese graffiti, intentando comprender ¿quién? y ¿por qué?

La casona veraniega era uno de los tantos inmuebles donados al cura Aguilera para que concretara su obra benéfica “Casa del Niño”, un sistema integrado de familias sustitutas que daba contención a niños y adolescentes abandonados, hijos de la vida, retoños sin dueños. El reconocimiento a la fundación fue inmediato. Obtuvo donaciones privadas y subsidios del estado que le dieron sustento. Para ese entonces daba gusto ver a los chicos bien vestidos, sanitos, estudiando y organizados. Para robustecer financieramente a la institución sus autoridades instrumentaron una famosa rifa que logró venderse en todo el país y consolidó el proyecto; los alberges familiares se multiplicaron por el pueblo y los desamparados llegaban de todas partes.

Transcurrieron los años, el país soportó varias crisis y, como suele ocurrir con los buenos propósitos que no se sostienen en el tiempo por imprevisión o desidia de sus responsables, la obra benéfica comenzó a deslucir. Denuncias de robos señalaron a la fundación como una cueva de ladrones; hubo acusaciones de corrupción y malversación de fondos. Intervinieron autoridades municipales, provinciales y otras entidades involucradas que intentaron corregir los errores pero no alcanzó; la falta de control del Estado, la Iglesia y demás responsables habían hecho lo suyo.

Para esa época el cura Aguilera estaba muy enfermo y, más allá de sus desaciertos y, en reconocimiento a su vocación por el prójimo, fue invitado a conocer el Vaticano. Luego de un viaje a Turquía su salud empeoró y en agosto del 2009, en la ciudad de Roma, exhaló su último aliento. Tras engorrosos trámites sus restos fueron repatriados a Unquillo para que tuvieran el merecido reconocimiento de la comunidad. A decir verdad, mucho antes de su muerte había comenzado la debacle de la “Casa del Niño” y, ante el descontrol, algunos depravados sacaron a relucir su costado más siniestro.

En noviembre del 2011 el diario más importante de la ciudad de Córdoba tituló: “Veinte niños fueron abusados sexualmente por adultos y adolescentes en afamada fundación de las Sierras Chicas”. Semanas después intentaron disimular y descomprimir la indignación de todo un pueblo y la municipalidad se apresuró a despintar la leyenda que durante años fue ostentoso estandarte en las paredes de la Cantina de Papaíto.

Con el tiempo mi frondosa fantasía imaginó lo ocurrido en la casona veraniega.

 

 

 

 

 

 

Comentarios (3)

Ing. Manuel Carranza dijo, enero 6, 2012 @ 11:45 am

No es descabellada la asociación que usted hace y como relato me parece bastante original. La leyenda (atrevida por demás) estuvo pintada durante años en las paredes de la cantina y es cierto que fue despintada hace poco tiempo. Moraleja: La intención es lo que vale. El cura quiso ayudar al prójimo pero las cosas se les escaparon de las manos.

Rivarola dijo, abril 27, 2012 @ 3:57 pm

¡Qué lugar Unquillo! Un refugio de bohemios. Ciudad de artistas reza el slogan de esa localidad. En realidad, es mucho más que eso; una ciudad (detenida en el tiempo) con vocación pueblerina. Me gusto lo que escribiste sobre el cura Aguilera; buenos propósitos malogrado por la miseria humana. Te mando un gran abrazo.

Negro OSORIO dijo, marzo 31, 2013 @ 12:53 pm

¡¡Que cuentito, papÁ!! Lástima que borraron el graffiti. Ahora he visto que han pintado la cantina por fuera, deberían haber dejado la inscripción. Una lástima. Un abrazo.

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