LAS NUBES DE POTRERILLO

Comentarios (2)

Feb08

A Julito Ferreyra

 

Potrerillo es un lugar mágico. Digo mágico no por hacerme el poeta o el intelectual; en realidad es un secreto que me fue revelado cuando, por invitación de Julio Ferreyra, visité ese maravilloso lugar. Allí me ocurrió algo inesperado. Después de comer un corderito a la llama y tomar algunas copas de champagne, que no fueron pocas; comencé a transitar por la simpática aldea de montaña, observando cómo la imaginación y el talento de quienes la habían creado armonizaban perfectamente con la naturaleza.

Recorrí el predio en una calesa menonita manejada por la Colo de Fansy. Comenzamos trepando las lomas y perfilando vallecitos, siempre rodeados por la añosa arboleda que enmarcaba el camino. Recuerdo que el otoño esparcía sus colores por el suelo umbroso y el olor macerado de las pinochas impregnaba el ambiente.

En forma casual, después de vadear un arroyo cerca de la cascada; entre un grupo de nubes inmensas que se apelotonaban contra el filo de los cerros, pude ver a dos personas jugando golf. ¡Sí, aunque no lo crean, vi dos personas jugando golf!.  Como me había tomado unas copas de más no dije nada a mis compañeros de calesa por temor al ridículo y me limité a observar en silencio lo que ocurría en el cielo.

Lo que les voy a contar les resultará más creíble si recuerdan que “sólo los borrachos y los niños dicen la verdad”.

Las caras de los golfistas me eran familiares. A uno de ellos lo reconocí de inmediato: hombre mayor, barba larga, túnica blanca y angelito de caddy; obviamente no podía ser otro que Dios mismo, el rey del universo. Sin embargo, su compañero me despistaba y pronto me di cuenta porqué: no era compañero, era compañera. ¡Sí, aunque sigan sin creerme, era mujer! Además, por la cara de alegría del angelito que oficiaba de caddy, me di cuenta que Dios venía ganando el partido.

La mujer estaba totalmente concentrada en su juego cuidando detalles como: el viento en contra, las distancias entre nube y nube, las inclinaciones para jugar los putters y otras cosas que preocupan a los golfistas. En verdad, ella era muy buena moza y “Lucía” una sonrisa ganadora; sin embargo, su actitud era serena y respetuosa.

A Dios no le cayó nada bien cuando en el green de la nube dos mil seiscientos treinta y siete la mujer embocó un putter de cinco metros, cuesta abajo y con caída, para empatar el partido; restaban sólo dos hoyos para terminar, las cosas se le habían complicado. Por la garra que ella ponía, imaginé que debía estar en juego algo muy importante.

Luego de embocar de escarpada y ganar sobradamente el hoyo de la nube dos mil seiscientos treinta y ocho, la mujer tomó un hierro siete y decididamente se encaminó hacia la próxima salida: Dios se agarró la cabeza, miró desconcertado al angelito, y en  ese instante intuí el final del partido.

La mujer encaró la nube del hoyo dos mil seiscientos treinta y nueve en el mismo momento en que ésta sobrevolaba el anfiteatro del lago. Percatada del viento en contra, acomodó rápidamente su pelota sobre la mitad de un tee de madera y, sin hacer un solo swing de práctica, con un tiro increíble clavó su pelota al lado de la bandera. Dios palideció.

Después de felicitarla por el triunfo, un poco fastidiado pero sin demora alguna, el rey del universo sacó de su bolsillo un puñado de polvo de estrellas y se lo entregó. De inmediato la mujer comenzó a esparcirlo por los terrenos de Potrerillo.

Mientras hacía esto, advirtió que yo la estaba observando desde la cascada y rápidamente intentó ocultarse. Fue inútil: ya había reconocido su swing y, antes de que Dios le pidiera una revancha, descendió hasta un sector de nubes bajas para suplicarme que no revelara su nombre. El Creador miraba hacia otro lado cuando ella me hizo jurar por “él” que no le contaría a nadie su secreto. Recién entonces me lo confió: “Potrerillo es uno de los lugares que elegí para hacer magia. Vos lo sabés muy bien Tomasito”, me dijo cariñosamente.

Quise agradecerle, pero no me dio tiempo. Ella se apresuró a iniciar un nuevo partido pegando un drive espectacular sobre un grupo de nubes que el viento empujaba hacia la zona de Unquillo.

Aunque no lo crean, Dios estaba preocupado. Yo, muy contento.

Comentarios (2)

"Arnold Palmer" (alias cacho) dijo, marzo 16, 2009 @ 3:17 pm

Usted debe ser un buen golfista. “LA NUBES DE POTRERILLO” tienen imaginación, picardía y afecto.
Saludos

glorietta dijo, marzo 21, 2010 @ 1:30 am

Cuando me doy el tiempo ..me doy un regalo y busco una grata recreaciòn en estos cuento maravillosos, que aportan tanto a la imaguinaciòn..es sentirse en ellos.
¡gracias por vuestro trabajo!

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