LA VIRGENCITA DE LA CAÑADA

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Oct16

De la Vega era administrador de propiedades y el  afamado doctor  Medina Novillo era uno de sus mejores clientes. Este último, se destacaba por su elegancia. Vestía traje cruzado, corbata de seda con perla botón y zapatos de gamuza. Apegado a ciertas pacaterías de su época, compensaba sus achaques de vejez mediante un bastón de caoba con empuñadura de plata en el que ostentaba las iniciales de familia.

Durante años mantuvo con De la Vega una excelente relación, a punto tal que llegó a convertirlo en su consejero familiar. Llegó a confiarle que ya estaba viejo para continuar encargándose de sus cosas, le dijo que necesitaba asegurar el futuro de sus nietos y que su intención era dejar todo en manos de su nuera, una mujer inteligente y expeditiva. A De la Vega le pareció una decisión acertada. La nuera aceptó la propuesta e inició la cobranza de las rentas de su suegro, pagaba las cuentas pendientes y realizaba otros menesteres. Seguía las instrucciones de De la Vega y con el excedente compraba libras esterlinas de oro que rigurosamente entregaba en mano propia a su suegro. Para ese entonces, Medina Novillo vivía en un piso en Nueva Córdoba y atesoraba las monedas en tubos de Redoxón que luego escondía entre las ropas de su vestidor.

A pocas cuadras de allí, frente a la Cañada, Medina Novillo tenía una de sus propiedades alquilada a unos estudiantes universitarios. Nunca tuvo problemas con ellos. La casona era amplia y albergaba a muchos jóvenes, razón por la cual el alquiler les resultaba razonable. Con el tiempo, los muchachos se fueron recibiendo y la propiedad fue devuelta a su dueño.

Durante varios meses De la Vega intentó alquilarla nuevamente. En varias oportunidades, Medina Novillo fue a la administración, acompañado de su nuera, para reclamar por la demora. Ella opinaba sin contradecirlo; sin embargo, siempre escuchaban lo mismo: “No hay mucho por hacer”. “La casa esta muy deteriorada”. “Nadie instala oficinas en ese sector”. “Los únicos interesados la quieren para pensión”. Eran siempre las respuestas esgrimidas por De la Vega.

El doctor comenzó a preocuparse. No quería que allí se instalara una pensión, temía que la casona fuera ocupada por las prostitutas que deambulaban por la zona. Contrariado, decidió seguir esperando haciendo la salvedad de que jamás alquilaría la casa como pensión ya que no tendría cara para soportar la mirada de sus nietos si fuera ocupada por las prostitutas.

Pasaron varias semanas e, inesperadamente, se apersonó en la administración un matrimonio humilde, gente de campo con interés de alquilar la casa. Luego de una considerable espera, fueron atendidos:

–Buenas… –dijo el hombre campechanamente.

De la Vega lo observó con desconfianza. Su atuendo era humilde: bombacha de campo, alpargatas de yute, camisa de trabajo y una boina vasca que estrujaba entre sus manos con timidez.

–Me llamo Jacinto Correa. Ella es Marta, mi señora. Hace veinte años que somos medieros en un tambo en Río Primero, propiedad del escribano Aguirre. Somos muchos de familia y tenemos que trasladarnos a Córdoba para que los pibes continúen el secundario. Mis suegros viven con nosotros, están grandes y necesitan atención médica en la ciudad. Finalmente el tambero cruzó los brazos, se recostó en la silla y, sin más, preguntó:

–¿Cuánto piden por la casa de la Cañada, don?

A De la vega le agradó la frescura del matrimonio. “Son los candidatos ideales para la casa del doctor”, pensó.

–Con el precio no hay problema –continuó Correa–  Acá traigo los recibos de las quincenas y la escritura del campo como garantía, espero que sea suficiente.

De inmediato, De la Vega informó lo sucedido a Medina Novillo.

–Parecen buena gente, doctor. Los ingresos y la garantía son adecuados.

–Lo felicito, De la Vega. Confeccione los contratos, nomás.

Finalmente la casa fue alquilada. Días después, De la Vega recibió un insólito llamado.

–Buenas tardes, señora. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

–Habla Carmencita Torres Araujo de Gómez García. Usted no me conoce pero yo he sido amiga de su mamá. Fuimos compañeras en la Corte de la Merced.

–¿En qué puedo servirle, señora?

–¡¡¿Usted sabe lo que está pasando en la casa del doctor Medina Novillo?!!

–No, señora. No lo sé.

–¡¿No le han comentado nada los vecinos?!

–No, señora –repitió con cierto fastidio.

–¡¡Sepa usted que en esa casa han puesto un prostíbulo, señor!! Las chicas andan desnudas detrás de las rejas alborotando a los que pasan por la calle. Lo peor de todo es que están profanando la imagen de la Virgen de la Merced que entronizamos, con su mamá y la viuda del doctor, hace más de treinta años en la urnita del garaje.

–Debe haber una equivocación, señora –dijo De la Vega desconcertado.

–¡¡Ninguna equivocación!! ¡¡Es una vergüenza!! Si viviera su mamá, se infartaría.

No podía creer lo que acababa de escuchar y decidió averiguar qué pasaba. Salió de la oficina rumbo a la casa y al llegar comprobó lo que temía. El desfile de clientes era incesante y las muchachas daban turnos como en una farmacia. Indignado, consultó con un abogado e inmediatamente llamó a la nuera del doctor para explicarle lo ocurrido. Argumentó que había sido víctima de una estafa, que los recibos de sueldo del tambero y la escritura en garantía eran auténticos. La mujer se limitó a escucharlo y al día siguiente, acompañada por Medina Novillo, concurrió a la administración para exigirle explicaciones. De la Vega intentó tranquilizarlos diciendo que de inmediato accionaría contra los inquilinos.

–¡¿Quién dijo que vamos a recurrir a la justicia?! ¡No pienso hacer ningún papelón! A esto lo voy a arreglar personalmente –dijo molesto el doctor.

Su nuera intentó calmarlo pero no pudo. Al día siguiente Medina Novillo se presentó en la casona, dijo quién era e inmediatamente fue atendido por doña Marta, la mujer del “tambero”.

–No se preocupe, doctor, a esto lo arreglaremos entre usted y yo. Vamos a sacar a las chicas de la entrada y pondremos una lona detrás de las rejas para disimular. No tenemos que pelearnos.  Si nos va bien, a partir del mes que viene, le envío con mis sobrinas una platita extra. Mientras transcurría la conversación, las jovencitas se paseaban en corpiño y bombacha mientras ofrecían al doctor un tesito de boldo para que se calmara.

Pasó el tiempo y a De la Vega le llamó la atención que ni Medina Novillo ni su nuera dieran señales de vida. Decidió tomar la iniciativa y los llamó por teléfono, el doctor no contestó y su nuera lo hizo con evasivas advertencias de que pronto tendría noticias suyas. Finalmente aparecieron por la oficina. Ella sostenía a su suegro del brazo y él arrastraba la pierna izquierda. Tenía vendada la cabeza, magullones en la cara y un brazo en cabestrillo. No tardó en sentarse. La nuera se quitó los anteojos de sol, le guiño un ojo a De la Vega y  le hizo saber que necesitaba hablar a solas. Antes de que pasaran a una salita, Medina Novillo les dijo:

–Hagan lo que puedan con la casa…

Las cosas habían sucedido así: Doña Marta envió a sus sobrinas al departamento de Medina Novillo  con el dinero prometido. Las chicas le ofrecieron sus servicios, él intentó hacer lo suyo pero no pudo. Ofuscado, decidió echarlas sin pagarles y las muchachas se resistieron. Recibió patadas, empujones, insultos y también una severa advertencia: “¡Si hacés alguna denuncia vamos a mandar a los diarios las fotos que te sacamos desnudo. ¡Viejo choto!”. Antes de retirarse revolvieron el departamento. Se llevaron relojes, alhajas, dinero en efectivo, el bastón con empuñadura de plata y, por supuesto, todos los tubos de Redoxón que encontraron.

 

 

 

 

 

Comentarios (2)

Curucucha GONZALEZ dijo, octubre 19, 2013 @ 9:05 pm

Muy bien ambientado y los diálogos imperdibles. ¿Es real el cuento?

MARCOS dijo, abril 26, 2014 @ 1:06 pm

Muy bueno. Me cague de risa.

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