LA PRISIÓN ELEGIDA

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May13

-¡Un-dos!… ¡Un-dos!… ¡Un-dos!… El oficial de la sección marcaba el ritmo de marcha.

“¿Ser militar? ¿Para qué? ¡Soy un imbécil!”, pensó.

-¡Carrera march!… ¡Cuerpo a tierra!… ¡Arrastrarse! … Me parece que los cadetes están blanditos todavía, ¡¿eh?!

-Un pito carrera march, dos pitos cuerpo a tierra:

Prippp… Prippp-prippp, Prippp… Prippp-prippp.

Era tarde, no podía echarse atrás. La decisión estaba tomada. Ya no le gustaban las noches estrelladas que había observado la primera vez desde la carpa, ni disfrutaba de la lectura, ni de las comidas, ni de nada. Le dolía todo el cuerpo, sólo quería dormir.

Al día siguiente, otra vez la rutina: ¡Formar filas! ¡Fiirmes! ¡Al hombro arm! ¡De frente march! ¡Un-dos! ¡Un-dos! ¡Un-dos! Los pasos marcados le retumbaban por dentro y un eco les respondía: “soy un imbécil”, “soy un imbécil”, “soy un imbécil”.

Si lo viera su abuela seguramente diría: “Eso le pasa por zonzo, m’hijito. Si me hubiera hecho caso, ahora estarías estudiando en el conservatorio.”

Finalmente apretó los dientes y siguió marchando: ¡Un-dos! ¡Un-dos! “Como un imbécil.” ¡Un-dos! ¡Un-dos! “Como un cobarde” ¡Un-dos! ¡Un-dos! “Como un estúpido autómata ”

Terminadas las maniobras, de regreso a las frías cuadras del edificio militar, comenzó nuevamente la rutina. Luego de las tareas de orden interno llegó la hora del almuerzo y los cadetes entraron al comedor para ubicarse en los lugares de siempre. Uno de ellos vio al mozo enfilar con la bandeja de comidas hacia la otra punta de la mesa y puso el grito en el cielo:

-¡Oiga, Jefe! ¿Adónde va? Hoy tiene que empezar a servir por este lado.

Fue tarde. Los que estaban más cerca, arrebataron la bandeja y comenzaron a rebalsar sus platos con tallarines. Cuando la comida transpuso la mitad de la mesa, la salsa de tomates ya no existía y los fideos se apelotonaban como un sancocho en el fondo de la fuente.

En la cabecera opuesta los cadetes rumiaban su bronca. Todo estuvo en calma hasta que un par de miradas burlonas hicieron lo suyo. El resultado no se hizo esperar. Uno de los muchachos que aún no se había servido, tomó un bollo de pan y lo ubicó estratégicamente en la cara del que le había quitado la bandeja al mozo. Para colmo de males, el pan rebotó en su plato salpicándo toda su chaquetilla.

Las carcajadas de la mesa fueron incontenibles.

Con la cara chorreando salsa, el cadete se levantó de su silla y, tenedor en mano, se acercó al que lo había agredido.

-¡Te voy a cagar a trompadas! ¡Hijo de Puta! – gritó indignado. Y sin darle tiempo a reacción alguna, le metió un puntazo en el hombro que paralizó todas las risas. Cuando los muchachos intentaron parar la bronca, el encargado de sección ya estaba al lado de la mesa, lo había presenciado todo.

-¡Al patio bandera, carrera march! -ordenó el oficial.

Los cadetes salieron del comedor atropellándose. ¡Qué baile les dieron! Una hora después, agotados y en silencio, marcharon hacia las aulas: ¡Un-dos! ¡Un-dos! “Como un imbécil”. ¡Un-dos! ¡Un-dos! “Como un cobarde”. ¡Un-dos! ¡Un-dos! “Como un estúpido autómata”, pensó nuevamente.

Durante la tarde, los que habían protagonizado el incidente se presentaron al jefe de la compañía y, después de una larga exhortación, fueron castigados con cinco días de arresto quedando comprometidos a dirimir sus diferencias en el ring del gimnasio.

Después de la cena y del descanso de rutina, los cadetes fueron llamados a formar. Marcando el paso, los muchachos se encaminaron en silencio hacia los dormitorios. Amparado en la oscuridad, un gracioso lanzó un eructo y el encargado de la compañía nuevamente los empezó a bailar: ¡Carrera march! ¡Cuerpo a tierra! ¡Salto de rana! … Como un loro enojado el oficial repitió durante unos veinte minutos el monótono estribillo mientras los cadetes saltaban sin parar. Ya en el dormitorio, transpirados y sin poder ducharse, se pusieron la ropa de dormir.

El tiempo era escaso para cumplir con tantas obligaciones y a él, más que a nadie, le costaba aceptar el escrupuloso orden impuesto: camisas, pulóveres y chaquetillas se superponían como capuchas en los espaldares de las sillas. Las medias, debían ser dobladas prolijamente sobre los borceguíes. Los birretes, colocados encima de camisetas y calzoncillos, de manera tal que quedaran perfectamente alineados y sin  sobrepasar el borde de los asientos.

Antes de acostarse, uno de los cadetes se acercó a su jefe de sección para pedir que lo dejara ir al baño.

-Tiene dos minutos para ir y volver -le indicó severamente, haciendo una gran concesión.

-¿Siempre serán dos minutos? -protestó fastidiado.

La respuesta no se hizo esperar y estuvo a los saltos un buen rato.

Finalmente el cadete de quinto año se encargó de enseñarle la máxima militar:

-Recuérdelo bien, mi cadete: “El superior siempre tiene razón, y mucho más cuando no la tiene.”

El fin de semana siguiente salió de franco. Una amiga de su hermana lo había invitado a una fiesta de quince y allí conoció a Soledad; después del baile, la acompañó a su casa:

-A mí me gusta el teatro y también escribo -le dijo antes de despedirse -La semana que viene voy a mostrarte algunas cosas mías.

El domingo por la tarde, regresó al cuartel. El viaje en ómnibus fue interminable. Para colmo de males, como marcaba el reglamento, tuvo que darle el asiento a un cadete de segundo año. Esa noche soñó con Soledad y despertó con las sabanas húmedas.

A la mañana, mientras desayunaba, notó que a su chaquetilla le faltaba la barrita de metal que lo distinguía como cadete de primer año. El sólo pensar que el oficial de sección pudiera darse cuenta del detalle, lo desesperaba. Un solo día de arresto y faltaría a la cita con Soledad, entonces más le valía olvidarse de ella; eran varios los muchachos que la pretendían e imaginar que otro podía ocupar su lugar le inyectaba una dosis más de rechazo a tanta rigidez. Pero al teniente primero Fonseca no se le pasaba ningún detalle y con su acostumbrada voz de mando, ordenó:

-¡La primera fila, un paso al frente! ¡La fila de atrás, un paso atrás! Y comenzó la revista.

En vano trató de pegar su brazo al de su compañero para que no se notara la falta de insignias.

-¡Levante el brazo derecho, cadete! -le ordenó el oficial.

Luego de examinar su chaquetilla, terminó con un “anótese castigado” que fue como una puñalada lenta.

A la semana siguiente, se instalaron nuevamente en el campo de instrucción. Mientras arreglaba los parantes de la carpa y estiraba los vientos, arribó al campamento el Jeep del comandante, dejando atrás una infernal polvareda.

Luego de entrevistar al encargado de sección, se encaminó hacia él. Era extraño e intuyó que algo raro sucedía. Apurado, escondió los cigarrillos y el mazo de naipes en su bolsa de dormir y se aprestó a recibirlo.

El coronel entró decididamente a la carpa y luego de quitarse la gorra, puso una mano en su hombro para decirle:

-Cadete, lamento decírselo, pero es mi obligación: su padre ha fallecido.

Un silencio interminable invadió la carpa.

-¿Usted sabía que estaba muy enfermo, no?

Aturdido, bajó la vista. No quería mirarlo.

-Su padre era un buen militar -continuó diciéndole -Hubiera hecho una excelente carrera de no ser por ese maldito accidente. Créame que lo lamento. Estuvimos juntos en la Libertadora… Prepare sus cosas que mañana sale temprano para la ciudad. Por favor, tenga la deferencia de transmitirle a su abuela mi más sentido pésame.

Tras unas palmadas en su espalda,  el coronel se retiró.

En instantes salió de la carpa y comenzó a patear terrones por el campo arado:  ¡Un-dos! ¡Un-dos!, con los ojos rebalsando tristezas. ¡Un-dos! ¡Un-dos!, con rabia contenida. ¡Un-dos! ¡Un-dos!, descargando toda su bronca.

Finalmente entró a los maizales y lloró. Lloró desconsoladamente, lloró de felicidad.

Comentarios (4)

Francisco Cenamor dijo, octubre 24, 2008 @ 10:21 am

Estimado amigo, tu blog nos ha resultado interesante, y es por ello que le próximo 31 de octubre, viernes, incluiremos un breve comentario sobre el mismo en el Blog literario Asamblea de palabras, para que nuestros lectores y lectoras puedan disfrutar de tus textos.
Un saludo.

Mari dijo, mayo 4, 2009 @ 5:28 pm

Es un cuento bien escrito, a mi gusto un poco “aspero”. ¿Es tan dura la vida en una institución militar?

Cata. dijo, mayo 5, 2009 @ 7:40 pm

Mis respetos, porque con simpleza e inteligencia contás experiencias que deben haber sido muy difíciles de vivir.
Saludos.

Ruben oscar ojeda dijo, mayo 6, 2009 @ 5:33 pm

QUERIDO TOMAS
Un comentario te pregunta si realmente es tan dura la vida militar, yo afortunadamente no tuve que pasarla, pero por otra circunstancia de trabajo , en el Arsenal Naval Bs.As.
dependiente de la Marina de Guerra, donde estaba en condiciòn de civil, la pude vivir muy de cerca y es muy acertada tu descripciòn en el cuento.- Muy bueno todo lo tuyo- pintas muy bien los personajes y las situaciones .
Un gran abrazo
RUBEN

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