LA PENSIÓN DE LOS AGUAYO

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Jul29

La Pensión de los AguayoEran oriundos de Intula, un pueblito serrano donde el polvillo de los guadales se arremolinaba ante la menor brisa y el silencio era un zumbido insoportable. Allí Oscar conoció a Rita, allí se enamoraron y, luego de un fogoso noviazgo que trajo como consecuencia la llegada de Sandrita, formalizaron su relación y se casaron.
Apremiados por esa circunstancia no les quedó otra alternativa que instalarse en un pequeño campo ubicado en las cercanías del pueblo, propiedad de los abuelos de Rita. Tenían la intención de explotar unos antiguos hornos de carbón, criar cabras y sembrar forraje en un puñado de hectáreas robadas al monte virgen.

Pasaron los meses y a la dureza del clima se le sumó la soledad y la pobreza que, como puñaladas lentas, fueron haciendo estragos en la vida del joven matrimonio. Apenados, algunos familiares decidieron ayudarlos juntando el dinero necesario para que pudieran instalar luz eléctrica en el campo. A partir de allí, las cosas mejoraron. Con los primeros pesos que produjo la venta de carbón, compraron una heladera y un televisor. Al año siguiente, con gran esfuerzo, lograron poner en funcionamiento un precario aserradero que les facilitó el trozado de la leña. No obstante esos progresos, la dependencia familiar continuó y muchas veces les resultaba insoportable. Sobre todo los fines de semana cuando llegaba la parentela y había que atenderla.

Durante esos primeros años nadie creyó que los Aguayo terminarían adaptándose al desolado paraje. Sin embargo, lo lograron: el matrimonio trabajaba de sol a sol, con entusiasmo y sin descanso, más aún cuando el cumplimiento de algunos compromisos contraídos en Intula les exigía apurar las entregas de carbón y quesillo.
Así, con austeridad y sacrificio, pudieron mantener la despensa llena de provisiones y hasta lograron comprar un sulky, decisión inteligente de Rita que terminó con las largas caminatas hasta la proveeduría del pueblo. Lo mismo ocurrió con la instalación de una cocina económica que, además de cumplir con su cometido, proveía de agua caliente a un precario baño que Oscar construyó junto al dormitorio principal.

Así las cosas, la vida familiar de los Aguayo transcurrió entre trabajos rutinarios, interminables silencios y una soledad espantosa. La única diversión del matrimonio era hacer el amor y ver televisión; situación ésta que no tardó en hacerse complementaria. En cuanto terminaban de trabajar, Rita servía la comida y acostaba rápidamente a Sandrita mientras Oscar guardaba las cabras y juntaba leña chica para que no faltara en la cocina. Hecho esto, se metían en la cama, daban rienda al instinto e inmediatamente quedaban petrificados frente al resplandor de la caja electrónica. Fue así como, a través de novelas, películas y programas de entretenimientos, descubrieron que existía otra vida muy diferente a la que ellos llevaban. Imaginaron que en las grandes ciudades se progresaba más rápido, con menos sacrificio; y que allí, seguramente, el futuro de Sandrita sería más promisorio. A la frondosa fantasía del matrimonio se le sumó el adormecido deseo de independencia familiar y, juntos, fueron imparables.
Finalmente, después de muchas cavilaciones, los Aguayo se decidieron: el invierno siguiente no los encontraría viviendo en Intula.
Fue tal el entusiasmo por alcanzar esos horizontes imaginados que rápidamente comenzaron a vender sus pertenencias. Todas, menos el televisor. Liquidaron las cabras, el carbón acopiado y también el sulky que, de acuerdo a lo convenido con el comprador, recién fue entregado en la parada de ómnibus de la ruta, el mismo día en el que dejaron el campo.

Oscar y Rita llegaron solos a la capital de la provincia. Durante los primeros días se alojaron en un pequeño hotel próximo a la terminal de ómnibus. Inmediatamente iniciaron la búsqueda de un inmueble apropiado para instalar un negocio de pensión, parecido al que habían visto en la telenovela de los domingos. Luego de comparar ubicaciones y precios de alquiler, optaron por una casona muy amplia en unos de los barrios más altos de la ciudad. La elección fue inmejorable. La casa estaba en buen estado y tenía varios dormitorios enfrentados a una galería cerrada que facilitarían el funcionamiento del negocio, pero lo que realmente los decidió fue el sector de servicio que estaba separado del resto de la vivienda mediante un patio de parras e incluía dos habitaciones y una amplia cocina que en el futuro podrían albergar a la familia. Además, tenía como  ventaja su cercanía con la estación de trenes, situación que seguramente les ayudaría a conseguir una clientela más estable.  Si todo sucedía como lo habían imaginado, terminarían por hacer funcionar la pensión y vivir con decoro. Recién entonces traerían con ellos a la pequeña Sandra que había quedado en Intula al cuidado de los abuelos.

Todo se cumplió de acuerdo a lo previsto. El negocio tuvo el éxito esperado y, sin mayores complicaciones, los Aguayo se radicaron en la ciudad. Así transcurrieron varios años de progreso y entusiasmo, motivo por el cual no dudaron en renovar contrato con el propietario de la casa, un martillero de apellido Carranza a quien puntualmente pagaban el alquiler.
Al principio, la prosperidad los desbordó: los viajantes de comercio llegaban de todas partes del país constituyendo la principal fuente de ingresos de la pensión. Los precios módicos y el aire familiar que lograron darle a la vieja casona fueron factores importantes del éxito, pero la habilidad de Rita para la cocina consolidó el negocio. Aunque parezca increíble, muchos pensionistas demoraban su partida para no perderse los pucheros de gallina que se programaban estratégicamente durante la semana.

Pasaron los años y, cuando las penurias del campo ya eran sólo un mal recuerdo, sin que nadie pudiera preverlo, ocurrió lo inesperado: el mismo día en que Sandrita terminaba la escuela primaria, la empresa de ferrocarriles decidió suspender la parada de trenes en la estación del barrio y, en pocas semanas, la pensión perdió gran parte de su clientela.
Este desafortunado acontecimiento provocó las primeras pérdidas del negocio, obligando a los Aguayo a echar mano a los ahorros que, como era de esperar, pronto se agotaron. A partir de allí, lo intentaron todo: bajaron el precio de las habitaciones, prepararon viandas para repartir a domicilio, instalaron un kiosco en una de las ventanas que daba a la calle y ensayaron otras ocurrencias que no resultaron. Finalmente, apremiados por la situación y advertidos de la falta de hoteles alojamiento en las cercanías del barrio, decidieron ocupar algunas piezas por hora. Hubieran preferido no hacerlo. No era lo más conveniente ni un buen ejemplo para la pequeña Sandra. Pero, dadas las circunstancias, no les quedó mas remedio. Así evitaron el cierre de la pensión.

Con la nueva clientela estabilizaron el negocio y pagaron algunas deudas; sin embargo, la apresurada decisión trajo lo suyo. Las parejas iban y venían a distintas horas del día y ya nada fue como antes. Los Aguayo tuvieron que lavar más sábanas, limpiar más baños e incluso Sandrita debió colaborar en la limpieza de las habitaciones.
A pesar del esfuerzo, el pago de los alquileres se fue atrasando y la situación empeoró a punto tal que el martillero Carranza les pidió que dejaran la casa. Finalmente, cuando el derrumbe comercial parecía inevitable y el regreso al campo ya era un tema recurrente en la conversación del matrimonio, arribó a la pensión una señora mayor de tonada norteña junto a dos agraciadas señoritas que la llamaban “tía Chabela”. Las nuevas pensionistas se instalaron en dos habitaciones contiguas, dijeron venir de Salta y representar a una importante organización comercial dedicada a la venta de máquinas de coser en cuotas.
–Seguramente nos quedaremos un par de meses –explicó la mayor de las salteñas al recibir las toallas para el baño.
Los Aguayo no pudieron disimular su alegría.
–¿A ustedes no les molestaría que realizáramos las cobranzas en las habitaciones? –preguntó la mujer.
–¡No, que nos va a molestar! –se apresuró en contestar Rita.

Al cabo de varias semanas a Oscar le resultó extraño que las personas que iban a pagar cuotas fueran siempre hombres. No tardaron en darse cuenta de lo que en realidad sucedía. En un primer momento pensaron en echarlas a la calle, sin miramientos. Eran una vergüenza que jamás imaginaron tener que soportar. Pero cuando estaban a punto de hacerlo, les llegó una demanda judicial del martillero Carranza intimándolos a desocupar la pensión. Entonces, el fantasma de las penurias vividas en el campo volvió a acosar al matrimonio.

La mañana era fría. El viento se colaba por los vidrios rotos de la mampara y, a pesar de ello, el comedor de diario era el único lugar de la pensión donde el ambiente estaba siempre cálido debido a una cocina económica que nunca apagaban. Después de los primeros mates, Rita se animó a hablarle con franqueza a las salteñas.

–No se haga más problema, Doña Rita. El martillero Carranza no tiene por qué saberlo… –Terminó diciéndole la “tía Chabela” mientras le adelantaba el dinero para que pagaran los alquileres atrasados.
Así continuaron las cosas hasta que las nuevas pensionistas trajeron a la Zulma, después a la Gallega y finalmente a otras muchachas. A partir de allí, la pensión se llenó de jovencitas llegadas del interior que inmediatamente comenzaban a llamar “tía Chabela” a la mayor de las salteñas.

Fueron varias las oportunidades en las que los Aguayo se plantearon la posibilidad de echarlas. Tarde o temprano cualquier vecino se enteraría y el escándalo sería mayúsculo. Pero después de sacar cuentas, decidieron no hacerlo. A esta altura de los acontecimientos habían pagado casi todas sus deudas y comenzaban a ahorrar. De seguir así, en poco tiempo comprarían un automóvil y también el terrenito en las sierras que tanto ansiaban.

Transcurrieron los meses, las ganancias fueron en aumento y finalmente los Aguayo optaron por hacer la vista gorda a todo lo que sucedía en la pensión. Tan bien les iba, que dejaron a las salteñas ocupar totalmente la casa y no recibieron más huéspedes. Para evitar inconvenientes, trasladaron sus bártulos a las piezas del fondo e hicieron levantar un pequeño muro en el patio de la parra, separando la pensión de la casa de familia. Para entonces ya habían logrado cambiar el televisor en blanco y negro por uno color y lo exhibían como un trofeo sobre un moderno aparador americano ubicado en la habitación de Sandrita.

La Chabela era una morocha corpulenta, de tez oscura, ojos achinados y cara picoteada por la viruela; por lo tanto, distaba mucho de ser bonita. Estaba vieja para trabajar en el oficio pero sabía por experiencia que regentear a las muchachas era buen negocio y no se corría riesgo. Con el tiempo su relación con los Aguayo se fue consolidando cada vez más y, sin haberlo convenido, todas las noches sellaban un ritual amistoso que les aseguraba la convivencia: La Chabela sacaba cuentas y Rita negociaba un porcentaje sobre las piezas ocupadas durante el día. Parte del trato acordado fue que las muchachas limpiaran sus habitaciones y lavaran sábanas y toallas.

Frente a esta nueva situación Rita ya no tuvo otra tarea que la de cocinar, Oscar dedicó la mayor parte del día a cuidar sus plantas en un prolijo vivero que construyó al fondo del jardín y, en horas de la tarde, a frecuentar el bar de la plaza. Así, sin mucho esfuerzo, el negocio continuó mejorando día a día. Con el tiempo, la Chabela no tardó en ganarse la confianza y el cariño de los Aguayo. A partir de entonces, comenzaron a frecuentarse: primero fueron las mateadas ocasionales en el patio de la parra, después los asaditos de los domingos y finalmente los paseos a las sierras en un Peugeot 404 que Oscar había comprado. Esta nueva relación de amistad terminó por consolidarse definitivamente cuando la Chabela decidió festejarle los quince años a Sandrita y organizó una gran fiesta haciéndose cargo de todos los gastos.

Para ese día, todo había sido previsto. Debajo de la parra se ubicaron las mesas y las sillas alquiladas, Oscar trajo las mejores flores del vivero para adornar el patio y, en un inmenso fuentón con hielo, sumergieron las bebidas para que se fueran enfriando. La comida se preparó con anticipación. La Zulma se encargó de las empanadas árabes y la Gallega del lechón y los pollos. Pero fue la Chabela quien tuvo a su cargo el gran detalle: una torta de dos pisos, coronada por una muñeca de porcelana y quince velitas rosas a su alrededor, fue ubicada en el centro de la mesa.

Terminados los preparativos, las muchachas sacaron un tocadiscos al patio y la música arrancó a todo volumen. Después de la cena, todos bailaron. Primero Oscar, el vals con Sandrita; después unos tangos con Rita, y al final de la fiesta, cuartetos con todas las muchachas. La Chabela no podía contener su emoción.

–Brindemos por la gran familia –propuso Rita y la abrazó.

Al día siguiente la pensión recibió la primera visita policial y Oscar quedó demorado. Los vecinos, molestos por el alboroto de la fiesta y el movimiento inusual que venían observando en la pensión, habían hecho la denuncia. Los policías no encontraron nada extraño pero no tardaron en darse cuenta de lo que en realidad sucedía y, a partir de entonces, se convirtieron en “protectores” del negocio; especialmente un comisario de apellido García quien semanalmente requería algún servicio especial.
Fue en ese momento cuando la Chabela lo decidió:

–¡¿Una casa de masajes?! –preguntó nuevamente Rita.

–¡Sí, ya te expliqué varias veces! ¡Una sociedad, un negocio! Pero si tenés problemas con tu marido, no hablemos más. Nosotras nos vamos a otro lado y se acabó –dijo irritada la Chabela.

–¡Bueno, no es para tanto, che! Lo que pasa es que el Oscar anda un poco raro y necesito explicarle las cosas.

–Mirá, Rita, hacé lo que quieras pero decidite de una vez. La casa de masajes será legal. Ustedes ponen la propiedad, la barra para el bar y el video. Yo instalo el sauna, compro el televisor, los muebles para la sala de relax y me encargo del manejo de las chicas.

–¡Escuchame, Chabela! Todo está muy bien y la plata nos gusta a todos pero sería bueno que dejáramos las cosas en claro: el negocio es una cosa y la familia Aguayo, otra. Del patio de la parra no me pasa nadie. No quiero que la Sandrita ande dando vueltas por ahí, ni que suceda lo de la otra noche cuando ese borracho se le metió en la pieza. Así que tengan mucho cuidado con lo que hacen…

–¡Terminala, Rita! Ocupate de renovar el contrato de alquiler con el martillero Carranza y de convencer a tu marido, que yo me voy a ocupar de lo mío. Después, cuando las cosas funcionen, nos juntamos una vez por semana, sacamos cuentas, repartimos y chau. ¿Estás de acuerdo o no?
–¡Bueno, sí! Estoy de acuerdo… Ya me arreglaré con el Oscar.
A esa altura de los acontecimientos, los Aguayo ya tenían su terrenito en las sierras, Sandra estudiaba danzas en un instituto del centro y habían hecho saber en todo el barrio que ellos no tenían nada que ver con la pensión. Para demostrarlo, hicieron abrir una puerta en la tapia del fondo que daba a una calle lateral y por allí entraban.

Para ese entonces la hija de los Aguayo ya se había convertido en una hermosa jovencita a quien la Chabela colmaba de atenciones y regalos. A pesar de tener terminantemente prohibido transponer el pequeño muro que separaba la pensión de la casa de familia, Sandrita lo hacía con frecuencia para espiar a las muchachas por indicación de la salteña.

Una tarde, mientras la muchacha le cebaba mates en el patio de la parra, la Chabela le pidió que se probara un vestido que estaba cortando para la Zulma.

–¡Nena, no te falta nada a vos, eh! –Le dijo entusiasmada–. Tenés un cuerpo fantástico…
A la noche los Aguayo discutieron acaloradamente. Visiblemente molesto, Oscar intentó explicarle nuevamente a Rita su fracasada entrevista con el martillero Carranza:

–¡Ya te dije! No hay ninguna posibilidad de renovar el contrato.

–¿Pero cómo se dio cuenta?

–¡Oh, cómo no se va a dar cuenta! Cualquier imbécil del barrio lo sabe y vos me preguntás cómo se va a dar cuenta. ¡Dejame de joder, Rita! ¿En qué mundo vivís, vos?

–¡Pero escuchame, Oscar! Si no renovamos el contrato vamos a perder todo. Al final, la única que se calienta por las cosas soy yo. Vos te pasás el día entero timbeando y chupando con esa manga de vagos sin que se te mueva un pelo. Así nunca vamos a lograr nada, carajo.

–¡Mirá, Rita, vos no te das cuenta, pero ya estoy podrido! Podrido por dentro ¿me entendés? Ya no aguanto más el desprecio de los vecinos ni las risitas de los muchachos cuando entro al bar. No pienso seguir conviviendo con la Chabela y con todas esas putas de mierda que nos han cagado la vida. Hace rato que te lo quiero decir. ¡El mes que viene, te guste o no te guste, nos volvemos al campo!

–Decime: ¿Estás loco o qué te pasa? Gracias a la Chabela tenemos todo lo que tenemos. ¿O te olvidás de cómo vivíamos antes? Si vos arrugás y te querés volver, te vas a tener que ir solo, yo no vuelvo a hacer esa vida de mierda. ¡Yo me quedo acá!

–Vos hacé lo que quieras, Rita, pero la Sandrita se viene conmigo…

El martillero Carranza estacionó el automóvil frente a su casa. Hacía tiempo que la muchacha lo aguardaba. Llevaba puesto el mismo vestido negro que había usado para ir al baile con el comisario García.

–Adelante, pase por aquí…

Rápidamente le abrió la puerta de la casa para que entrara. Mientras se encaminaban hacia el dormitorio, la observó detenidamente: su delgada cintura contrastaba con el ancho de sus caderas.

Finalmente la muchacha entró al dormitorio y quedó sentada al borde de la cama.

El martillero tosió varias veces.

–Esta mañana arreglé todo con tu tía Chabela. Venís a buscar el contrato de alquiler ¿no?
Ella asintió con la cabeza.

Antes que el martillero corriera las cortinas del dormitorio, la muchacha observó el jardín.

–Qué hermosas plantas tiene –dijo con nostalgia–. A mi papá le gustaban mucho las flores. Hablaba con ellas todas las tardes para que crecieran sanitas. ¿Será cierto eso, señor Carranza?

–Así dicen, pero tuteame que no soy tan viejo.

Comentarios (5)

Cristina dijo, junio 19, 2008 @ 8:07 pm

Me gustó este cuento. Nunca pensaste en la posibilidad de teatralizarlo.

Adriana dijo, enero 26, 2010 @ 11:03 am

Amena la escritura me gusta la manera de finalizar los relatos, te deja con ganas de leer más. Felicitaciones

MELITANIA dijo, febrero 24, 2011 @ 6:21 pm

Me gustan sus cuentos resueltos sin rebusques literarios, fáciles de leer y contados de manera amena. Lamentablemente, en busca de originalidad, muchos escritores (algunos premiados) piensan más en agradar a la academia que en conmover al lector. Lo felicito.

Ale dijo, julio 30, 2011 @ 10:56 am

¿Es real el cuento? No hay duda que los hechos acontecen en Alta Córdoba, un barrio alto de la ciudad que esta lleno de prostitutas.

Marite dijo, agosto 4, 2011 @ 12:53 pm

Las luces de la gran ciudad siempre seducen. Algunas decisiones de vida son irreversibles y el destino de muchas familias, implacablemente trágico. Me gusta el lenguaje sencillo, sin rebusques literarios, de tus cuentos.

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