LA MUCHACHA DEL CANAL

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Feb17

En la parroquia de Villa Esperanza, el cura Santos Arriaga desarrollaba una comprometida acción pastoral. Hombre de corazón generoso y sentimientos auténticos, no podía disimular la bondad y candidez que lo caracterizaban.

El sacerdote vivía preocupado por sus feligreses y enfrentaba los problemas de la parroquia con gran entereza. Pan, abrigo y contención espiritual eran su principal hacer diario.

Frente a tanta preocupación por lo ajeno, los vecinos del barrio decidieron agradecer su actitud solidaria y le obsequiaron una video grabadora que adquirieron mediante la acumulación de puntaje de compras en un hipermercado de la ciudad. El regalo tenía por objeto facilitar las conferencias de interés comunitario que el curita acostumbraba realizar en el salón parroquial.

En un primer momento se mostró agradecido por el regalo; sin embargo, al poco tiempo, advirtió su inutilidad ya que la mayoría de los conferencistas daban sus charlas con equipos propios.

Una tarde, al comando de un desvencijado rastrojero provisto por la diócesis y vestido de manera informal, cruzó la ciudad y en una compraventa del mercado central logró vender el aparato de video por ciento veinte pesos, con la sana intención de aplicar esos fondos a fines más útiles.

Sin regatear un solo peso, con el dinero bien guardado en un pequeño portafolio, emprendió el regreso al barrio. Ni bien cruzó la circunvalación, una muchacha de audaz vestimenta le hizo señas para que detuviera su marcha.

-Hola mi amor, soy Rosita. ¿No me llevarías hasta el canal? -le dijo con una sonrisa provocadora.

-Subí, nomás -respondió, e inmediatamente destrabó la puerta del acompañante.

Después de algunas cuadras el cura Santos advirtió el tamaño de su minifalda y sus verdaderas intenciones.

Al principio quedó desconcertado por el desparpajo de la muchacha y no pudo disimular su incomodidad: Rosita movía sus piernas exageradamente, mirándolo fijo con insolentes insinuaciones.

Finalmente, Rosita le dijo sin reparo alguno:

-Sos lindo vos, eh. Si me das diez pesos te hago una francesa…

Él la miró de reojo y, sin censurarla, le explicó quien era. La sorpresa de la muchacha fue mayúscula. Inmediatamente le hizo saber que la llevaría lo mismo hasta el canal pero que no necesitaba de sus servicios, y aprovechó para decirle que si concurría a la parroquia algún domingo la ayudaría con alimentos, abrigo o consejo, si los necesitaba.

-Lo único que necesito son treinta pesos para pagar lo que debo en la despensa y comprarle los remedios a mi nena -dijo con vergüenza mirando la punta de sus tacones.

El cura no lo dudó. Antes de que la muchacha descendiera le indicó que había un portafolio en el asiento de atrás y que tomara de allí esa cantidad de dinero. Durante el resto del viaje se interesó por otros aspectos de su vida familiar e intentó convencerla para que cambiara de trabajo, explicándole que lo que hacía era riesgoso, que podía contraer sida, una venérea o terminar siendo víctima de algún depravado. En definitiva, que no arriesgara su vida, que valorara su condición de madre y mujer…

Llegando al canal, Rosita descendió del rastrojero y con la cabeza gacha se encaminó por un sendero rodeado de abrojos hasta entrar a un caserío de chapa y cartón.

Ya en la parroquia, el cura Santos no podía dejar de pensar en ella. Meditaba sobre la infinidad de condicionamientos y carencias que la habrían llevado a prostituirse. Finalmente abrió el portafolio para buscar su agenda y una vez más volvió a recordarla; esta vez, sin tanta comprensión como antes. La totalidad del dinero había desaparecido.

Pasado el enojo inicial, reflexionó: “Dios sabe dónde está la necesidad”. Y sin más trámite, continuó con sus tareas habituales.

Esa noche tomó un caldito de verduras para calmar el frío intenso, se arrodilló frente a la imagen de la virgen y rezó antes de acostarse… 

En la mañana del domingo, cuando los primeros rayos de sol penetraban las vítreas de la sacristía calentando los pisos de cemento, el cura Santos ya estaba en su escritorio haciendo cálculos para organizar la rifa con la que pensaba terminar de embaldosar la iglesia. Al escuchar las campanadas dejó sus apuntes y se encaminó hacia el altar; reclinó su cabeza ante el crucifijo y, elevando los brazos, enfrentó a los feligreses para celebrar la misa.

Grande fue su sorpresa cuando, al levantar la mirada, vio a Rosita en primera fila sosteniendo en brazos a una niña de meses. Vestía pollera larga, collar vistoso, impecables zapatos blancos y con una mantilla de lana entramada cubría pudorosamente su cabeza. En un primer momento fingió no reconocerla, pero fue imposible. Con pequeños movimientos de su mano, la muchacha lo saludaba con insistencia y le sonreía.

Transcurrió la misa y llegó la comunión. Al advertir las intenciones de Rosita, el cura le hizo señas para que no comulgara. Ella no dudó en abandonar la fila para regresar a su asiento. Terminada la ceremonia el cura Santos ingresó a la sacristía y se demoró en atender a los parroquianos que esperaban.

Rosita lo esperó afuera de la iglesia un largo rato. Finalmente, al verlo salir, lo enfrentó con decisión:

-Padre, yo sé que me he portado mal con usted, pero tiene que perdonarme. Acá le he traído una platita a cuenta de lo que le saqué el otro día; al resto se lo voy a devolver en cuanto pueda. -Y dando muestras de arrepentimiento, estiró su mano intentando entregarle un puñado de billetes arrugados que extrajo de un monedero de plástico.

-Pero hija de Dios. ¿Cómo vas a devolverme la plata con una hija enferma y tantas necesidades? -le preguntó conmovido.

-Ah, por eso no se haga problema padre. Le juro por Dios que se lo voy a devolver con mi trabajo.

Comentarios (5)

Ade dijo, agosto 13, 2008 @ 12:30 pm

Me gustan tus narraciones, me encantan los dibujos, son muy buenos!!!!, que es, tinta china??? Ade

Marilyn dijo, julio 15, 2010 @ 10:10 am

Este cuento, es de una gran ternura. Otro que leí, el de la “sonrisa”, me resultó un poco duro. En general tienen buena onda, son graciosos y con mensajes positivos.

Pitufo Correa dijo, julio 18, 2010 @ 9:12 pm

Tus cuentos son muy ocurrentes, me has hecho cagar de risa. Volveré pronto a tu blog.

Juan Carlos Rodriguez Siemmens dijo, septiembre 24, 2013 @ 7:33 pm

Me ha encantado tu cuento, escribes muy bien y las historias son muy humanas y lo más importante, con mensaje positivo. Yo también escribo y también trato de darle a todas mis historias un toque positivo, porque aun y cuando el mundo es aparentemente injusto, los que entienden que de lo peor se puede también sacar lo mejor, son los que al final sacan provecho a la vida.
Un abrazo y gracias por compartir tu blog
Juan Carlos Domínguez Siemens

Marta lía Vázquez dijo, febrero 18, 2014 @ 6:47 pm

Me gusto muchísimo Tomas , es tan creíble este relato, tan realista. Te felicito

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