LA MALQUERIDA

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Mar25

Javier había conocido a Marta en un taller literario que organizaba la biblioteca municipal. Él era viudo y ella también. Ambos compartían el embeleso tardío de los solitarios maduros que ya nada esperan, personas  con sus vidas resueltas a quienes les agradaban cosas similares como: el bridge, la buena comida, los viajes de placer y la lectura.

Unidos por una suerte de conveniencia idílica donde los estilos de vida y las costumbres afines eran importantes, iniciaron una relación que perduró en el tiempo. Sin embargo, cada cual vivía en su casa y sólo compartían los fines de semana.

Javier era un poco más joven que ella, trabajaba como contador en un banco y no tenía hijos. Marta, tenía un buen pasar económico, pertenecía a una familia de tradición militar y era profesora adjunta de literatura comparada en la universidad. Desde la muerte de su marido, vivía en un coqueto departamento del centro de la ciudad junto Corina, una hija adoptiva en plena adolescencia.

A Marta le pareció oportuno invitar a Javier a pasar unas vacaciones en su casa de verano junto al río San Antonio. Era una forma de compartir un período, previo a una convivencia definitiva, en prevención del posible comportamiento de su hija que para ese entonces era un poco rebelde y había comenzado a acosarla con preguntas que nunca se animó a responder. Corina le había sido entregada en adopción durante los años de la dictadura militar: era hija de una guerrillera desaparecida en los montes tucumanos.

Javier aceptó la invitación y le bastó sólo un par de semanas para congeniar con la muchacha. Juntos realizaban compras de almacén, preparaban sándwichs para llevar al río, hablaban de música, de cine, de gente; a punto tal que Marta se sintió feliz con la decisión tomada. Necesitaba encarrilar a Corina de una vez por todas y con la ayuda de Javier seguramente lo lograría. Él era un hombre serio y varonil, la figura masculina que necesitaba en la casa, el padre que la muchacha no tenía.

Todas las mañanas, Javier y Marta bajaban temprano al río y ubicaban sus reposeras sobre un playón de arena que enfrentaba los saltos de las cascadas. El lugar era inmejorable por la cercanía con el agua y la vegetación que lo rodeaba. Corina solía llegar un par de horas más tarde acompañada por un amigo de su edad que veraneaba en el vecindario. Con él exploraba las ollas de la tosca en busca de mojarritas o traveseaban bajo los chorros de agua que caían entre las piedras. Tenían por costumbre nadar contra la corriente y, tomados de la mano, salir del río a toda carrera para luego revolcarse en la arena y quedar tirados al sol como iguanas. De vez en cuando la muchacha se acercaba a Javier y, con su mata de rulos chorreando agua, lo salpicaba intencionalmente para luego guiñarle un ojo o decirle con cierta complicidad: “es sólo un amigo”.

A Javier le resultaba agradable la personalidad de la muchacha. Disfrutaba de su desparpajo adolescente, de su manera de caminar en puntitas de pie sobre la arena caliente, y de esa sonrisa fresca y salvaje enmarcada por una boca inmensa.

Así se sucedieron días apacibles de descanso, asoleamiento y lectura.

Una siesta, cuando el sol recalentaba la arena haciendo insoportable las caminatas descalzas hacia el río, Marta decidió regresar a la casa para descansar. Fue allí cuando Corina se aproximó a Javier, se arrodilló frente a él y, con un yuyito entre los labios que deslizaba de un extremo a otro de la boca, comenzó un extraño juego que consistía en recoger un puñado de arena y dejarlo caer lentamente sobre el escote de su bikini llenando así la hendidura entre sus pechos.

En un primer momento Javier quedó sorprendido por la ingenuidad de la muchacha; pero cuando ella empezó a estirar su sostén para que la arena se deslizara hacia abajo dejando al descubierto las aureolas oscuras de sus pezones, comenzó a preocuparse.

Con sentimientos contradictorios, intentó concentrarse en la lectura. Sin embargo, la muchacha continuó con su desenfadada actitud y al cabo de un rato, al ver que su madre regresaba de la casa, se apartó rápidamente de Javier y se zambulló de cabeza en el río.

A él le resultó extraño lo que acababa de ocurrir, más aún cuando ella emergió del agua con su cabello renegrido echado hacia atrás y, evitando que su madre la viera, le sacó la lengua en forma burlona y atrevida.

Al principio quiso creer que era un coqueteo propio de la edad pero, con el correr de los días, el juego se volvió más osado. Cada vez que Marta se alejaba del lugar, Corina se recostaba a su lado, se le acercaba más de lo debido, y lo interrumpía con excusas ridículas para hablarle de los chicos que le gustaban y otras confesiones audaces que lograron intimidarlo.

Pensó hablar con Marta para advertirle lo que estaba sucediendo; después no se animó. No encontraba una manera lógica de explicar el insólito comportamiento de su hija y prefirió callar.

Finalmente decidió hablar con la muchacha y poner límite a sus insinuaciones. Le habló de Edipo el rey, de las desarmonías de vida y de su desfachatada actitud con una persona mayor que podría ser su padre. Sin embargo Corina no sólo no entendió razones, sino que continuó con sus travesuras, mirándolo de reojo, acosándolo con posturas insinuantes y transparencias deliberadas; además de enviarle cartitas amorosas con acertijos y “besotes cariñosos” impresos en el papel con rouge, que ocuparon muchas de sus noches.

Los últimos días de vacaciones fueron un infierno para él: le resultó imposible sustraerse a la seducción de la muchacha.

Terminó el verano, todos regresaron a la ciudad y las cosas se normalizaron. Javier retomó su trabajo en el banco, sus clases en el taller literario y volvió a jugar al bridge con sus amigos…

Despues de un tiempo, Javier y Marta decidieron casarse y Corina fue enviada pupila, a un colegio inglés en la Cumbre. La enseñanza allí era excelente: bachillerato humanista con latín y griego. Pensaron que sería lo mejor para ella; estando internada la obligarían a estudiar y seguramente le enseñarían hábitos de conducta que modelarían su comportamiento.

Durante los primeros meses de matrimonio no hubo inconveniente alguno pero cuando Corina comenzó a regresar a la casa los fines de semana largos, las cosas se complicaron. Su insistente actitud, su obsesión por Javier, terminaron agitando su instinto varonil y sus fantasías incumplidas. Entonces ya no pudo evitar las miradas aviesas de la muchacha, sus roces insinuantes y sobretodo: observar su escandalosa actitud de bañarse con la puerta entreabierta cuando su madre no estaba.

Transcurrió el invierno, llegó nuevamente el verano y las cosas empeoraron. Javier no salía de su asombro, no sabía cómo manejar la situación. Por otro lado, sólo era cuestión de  esperar. En pocas semanas viajaría a Francia acompañando a Marta a tomar unos cursos de literatura que hacía tiempo venía programando. Así, desde la distancia, le resultaría más fácil reflexionar y resolver la situación de una vez por todas; hasta podría animarse a explicarle a su mujer lo que había estado sucediendo. Serían unas vacaciones agradables, con tiempo para hablar y sincerarse, además le servirían para descansar.

La semana anterior al viaje fue realmente difícil para Javier; las cosas se complicaron cuando sorprendió a Corina besándose en el garage con el hijo del portero mientras éste le acariciaba los pechos y mordisqueaba esos pezones oscuros que tanto lo obsesionaban.

Finalmente tomó una decisión: no viajaría a Francia . Era poco tiempo y un gasto innecesario; además no sería justo que Corina se quedara sóla y pupila en el colegio durante los meses de verano.

Han pasado algunos días y Javier duerme poco de noche. No puede quitar de su cabeza lo prometido a su mujer antes de que abordara el avión: “andá tranquila que yo la cuido…”

Comentarios (5)

sandokan dijo, agosto 11, 2008 @ 9:04 pm

Buscona la pendeja, reprimido el vaguito.
Me gustó.
Saludos.

SABINO dijo, mayo 18, 2009 @ 8:08 pm

¡¡DURISIMO!!, ¡¡!DURISIMO!!, diría Petinato. Pero es más frecuente de lo que uno cree.

Cata. dijo, mayo 18, 2009 @ 8:41 pm

POBRECITOS LOS HOMBRES….. SIEMPRE TAN EXPUESTOS A TANTAS TENTACIONES!!!!!!

SILVINA dijo, mayo 30, 2010 @ 11:53 am

Me sorprendiste nuevamente. Tus cuentos son fuertes, de un profundo contenido humano. LA MALQUERIDA: un cuento cruel y desparpajado. Me gustó el final abierto.

Clara María dijo, marzo 25, 2014 @ 3:51 pm

Se por tu advertencia inicial que entrelazas personajes reales e imaginarios. Sin embargo, cuanta verdad testimonial hay en este cuento. Me gustan los escritores comprometidos con su epoca.

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