LA LEYENDA DE VILLAMIL

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May08

 

Después de verificar la temperatura del motor, el ingeniero Gaido aumentó la velocidad del viejo Jeep.

Había recorrido buena parte de su viaje hacia el complejo minero, el sol castigaba de frente recalentando su cabeza y el camino serrano le hacía sentir su aspereza en todo el cuerpo.

A pesar del cansancio no quiso detenerse en el último pueblito al comenzar el Bolsón de la Quebrada. Nada  ni nadie le impediría presenciar la asunción del nuevo interventor del complejo, su amigo y compañero de facultad, el ingeniero Pedraza.

Años atrás, gracias a su ayuda, había logrado recibirse de geólogo e ingresar a la planoteca de la Dirección de Minería. Sin embargo, por su personalidad cautelosa y prudente, debió esperar más de veinticinco años para obtener su primer ascenso. Esta tardía designación no le permitió escapar de las oscuras oficinas del subsuelo de la repartición donde diariamente prestaba servicios…

En la última curva, cuando ya el camino descendía abruptamente hacia la zona del complejo, al cruzar un mezquino arroyo detuvo su marcha. Mientras cargaba la cantimplora en unas hilachas de aguaque apenas corrían, una extraña melodía llamó su atención. El  sonido era agradable y decidió trepar por las lomas para averiguar su origen. Al llegar arriba, quedó azorado: al fondo de la quebrada, donde se unían la roca y el valle, había un caserío y de allí venía el sonido.

Era insólito, jamás hubiera imaginado que en ese lugar del Bolsón pudiera existir un asentamiento. La curiosidad pudo más que la prudencia y decididamente tomó por un sendero para descender.

Una vez más se alegró de haber aceptado el viaje y de poder disfrutar de esta inesperada aventura. Estaba cerca de Villamil y llegarse hasta el vallecito no le quitaría tiempo.

Al bajar por un despeñadero, tomó conciencia de que llegar al lugar no le sería fácil. Sólo las cabras podían aventurarse por esas huellas que arañaban la roca. Cualquier rodada sería fatal. Sin embargo, sin reparar en peligros, continuó.

Lo que estaba haciendo era algo absolutamente inesperado. Estaba harto de  permanecer encerrado más de ocho horas diarias en esas oficinas sin ventilación. Estaba harto del olor a thinner, de los planos amarillos y del montón de sellos en desuso que por razones burocráticas debía mantener bajo llave. Ni hablar de las tijeras sin filo o la destartalada máquina fotocopiadora que se descomponía a cada rato. Era tal su obsesión que una tortuosa pesadilla había comenzado a acosarlo: soñaba que sus compañeros de oficina lo acorralaban, le ponían un sello en la espalda y terminaba siendo incluido en el inventario de la repartición.

Sin embargo,  esta vez su suerte había cambiado. El hecho de haber aceptado representar al ministerio en el cambio de autoridades del complejo, le había posibilitado escapar de la perversa rutina diaria.

A medida que descendía, aumentaba su entusiasmo. Era sorprendente volver a ver esas piedras coloridas que pintaban con franjas la montaña. Era revivir emociones adormecidas. Era la aventura de buscar, de investigar, de meterse en el corazón de las rocas y descubrir sus secretos más íntimos. Parecía increíble que justamente a él que le encantaba la vida al aire libre, que había estudiado geología por todo lo que ello significaba, le hubiera tocado en suerte pasar el día entero copiando planos y archivando expedientes. No era justo. Demasiados años de sacrificio, de méritos sin recompensa, de muchas resignaciones y pocas alegrías. Desgraciadamente, lo hecho, hecho estaba: la búsqueda de seguridad económica, la esperanza de reconocimientos que nunca llegaron y el temor al fracaso en la actividad privada lo habían condenado a veinticinco años, cinco meses y catorce días de monotonía perpetua.

Disfrutando del paisaje llegó hasta el vallecito y, luego de rodear una pirca amurallada, entró al villorio: un antiguo complejo abandonado. Las construcciones semiderruidas enmarcaban el camino y, a medida que avanzaba, el viejo campanario de la iglesia y un cobertizo de maquinarias emergían detrás de las lomadas. Sólo el edificio de la administración mantenía intacta su estructura. En el techo, unos pocos chapones aferrados a la cabriada principal formaban dameros de sombra en los que Gaido se sentó a descansar. El calor era intenso y una fina arenisca se le pegoteaba en la cara.

Repuesto del cansancio, decidió continuar hasta la boca de la mina. Al llegar, dos inmensas grúas parecían custodiar su entrada. Una vía de trocha angosta emergía de la caverna. Nada se movía, sólo algunos ovillos de paja brava arremolinados por el viento que, en forma implacable, rozaba el perfil de los hierros produciendo un silbido monótono y tenaz.

Entusiasmado, continuó recorriendo los alrededores. Fue entonces cuando observó a un grupo de caranchos revoloteando frente a la entrada principal. Algunos giraban en círculos y otros comenzaban a descender y esperar. En el suelo, bajo la sombra de una vagoneta, alcanzó a ver algo que jamás hubiera imaginado: un paisano retorcía su cuerpo revolcándose en la tierra polvorienta.

Por un instante lo observó en silencio, sin acercarse. Finalmente decidió hacerlo. Mal momento para él. En cuanto intentó auxiliarlo, el extraño dio media vuelta y, facón en mano, le tiró un puntazo. Sorprendido atinó a saltar hacia atrás, hasta tomar distancia. Desde allí, más tranquilo, logró advertir la inferioridad física de su atacante: un reguero de sangre precedía el rastro del paisano que a duras penas había logrado llegar al lugar arrastrándose.

Durante unos segundos el hombre intentó mantener su actitud amenazante pero, ya sin fuerzas, dejó caer el arma. Fue entoncescuando  tomó conciencia del peligro y se mantuvo expectante. Felizmente, el filo del puñal apenas le había rozado la garganta; era un pequeño rasguño y poco lo que sangraba.

Después de asegurarse de que el paisano estaba entregado, con la punta de la bota le apartó el puñal. ¡Pobre infeliz! Del estómago despanzurrado le colgaban las tripas.

–¿Qué pasa, amigo? ¿Por qué me ataca? –preguntó sin obtener respuesta alguna.

La mirada perdida del paisano, confirmó su gravedad.

–¡Tranquilo, amigo! Estamos solos –dijo Gaido pretendiendocalmarlo.

Cuando el peligro parecía haber desaparecido, el hombre intentó tomar nuevamente el facón para defenderse. Pero advertido de lo que podía suceder, una vez más tomó distancia.

Finalmente, con sus últimas fuerzas, el hombre comenzó a delirar:

–¡Aaah! Cómo duele. Me dejé sorprender como un imbécil, patrón… Ese maldito puma me destripó, qué carajo… Por favor, no me deje solo…

Lentamente el paisano fue cerrando los ojos y no hizo falta ninguna comprobación para advertir que su cuerpo había liberado el alma. Perplejo por lo sucedido, el ingeniero atinó a arrastrar el cadáver hacia el interior de la mina con la intención de evitar el rapiñaje de las alimañas. Mientras cubría el cuerpo con piedras, una vez más escuchó la melodía que lo había sorprendido en el arroyo.

Fue entonces cuando tomó verdadera conciencia de lo que estaba sucediendo. Su instinto de conservación le indicaba que no debía seguir, que debía regresar y buscar ayuda. Pero sin poder evitarlo, como un autómata, caminó hacia adentro de la mina, siempre atraído por la melodía que cada vez se escuchaba más cerca.

Ingresó a la galería principal impulsado por un extraño coraje. La situación era peligrosa. La madera del techo estaba podrida y los puntales que lo sostenían, a punto de quebrarse. Sabía perfectamente lo que podía sucederle y aún así continuó descendiendo. Con un encendedor comenzó a explorar los pasillos laterales ya que era evidente que de uno de ellos provenía el sonido. Pronto comprendió que no sería fácil avanzar, los derrumbes lo habían taponado todo. Recorrió el lugar a tientas. Las piedras sueltas dificultaban su paso y la humedad comenzó a sofocarlo. Sin embargo, obstinadamente trepó por las rocas en busca de algún resquicio hasta que finalmente logró meter el cuerpo por una grieta y entrar a un peque­ño túnel. El pasadizo era abovedado y el aire se enrarecía a medida que avanzaba. Llevaba más de veinte minutos en esta incierta travesía y una vez más pensó en regresar.

Después de transitar por un recodo de piedras angulosas que rasgaron su camisa, una luz comenzó resplandecer al fondo del pasillo y esto le dio cierta tranquilidad. Al acercarse, las paredes se estrechaban cada vez más y durante los últimos metros debió arrastrarse. Desesperado por la falta de oxígeno, logró sacar la cabeza por el hueco y aspirar todo el aire que entraba en sus pulmones. Apoyado en los brazos y haciendo palanca con los codos,  liberó el cuerpo hasta la cintura. Después de un breve descanso pudo observar a su alrededor: lo que veía era increíble, había logrado llegar al corazón del yacimiento.

Las cascadas brotaban desde lo alto de la cueva llenando un pequeño lago que ocupaba la mayor parte del socavón. Las aristas rocosas reflejaban su perfil en el agua con una nitidez asombrosa. Era alucinante ver salir de las grietas infinidad de haces de luz que, como flechas luminosas, penetraban la bruma suspendida sobre el estanque y refractaban en las distintas coloraciones minerales.

Repuesto de su asfixia, salió del túnel y durante un tiempo quedó en silencio observando la transparencia del agua. Finalmente se aproximó a la orilla. Algo extraño brillaba en el fondo. En un primer momento no se atrevió a nada. Le parecía un sacrilegio romper la quietud del espejo cristalino; pero la curiosidad era fuerte y decididamente se metió al agua para juntar un puñado de piedritas. No tardó mucho en darse cuenta de lo que tenía entre sus manos. Demasiados años de estudio para errarle tan fiero: eran pepitas de oro de la mejor calidad.

No podía creer lo que estaba ocurriendo. Después de tantos años de encierro en el ministerio no era posible que él hallara semejante veta aurífera. Parecía una burla del destino, una burla perversa y maquiavélica.

A pesar de los estudios realizados por el ministerio, que indicaban la  existencia de yacimientos auríferos, los ingenieros de exploración y cateo no habían podido detectar ni una sola veta que justificara iniciar un emprendimiento en el Bolsón de la Quebrada. Y él, un ingeniero de oficinas, sin experiencia alguna en campaña, por el solo hecho de dejarse llevar por su intuición y curiosidad, había descubierto el filón que tanto buscaban. Era increíble, aunque sólo fuera por esta jugarreta del destino, ahora sí le reconocerían su capacidad profesional y seguramente lo destinarían a la jefatura de algún complejo.

Por fin lograría lo que tanto había soñado. Ahora sí le demostraría a su familia que  no era ningún inútil. Ahora sí podría reírse de los acomodados que habían logrado ascender sin mérito alguno.

¡Pobre Gaido! No pudo más de alegría y comenzó a gritar eufórico.

Más calmado, imaginado  felicitaciones y futuros ascensos, guardó las muestras de mineral en un bolsillo sin advertir que, desde una de las cavernas que balconeaban sobre el lago, una muchacha de rasgos indígenas acariciaba la cabeza de un inmenso puma y lo observaba…

En el dispensario de Villamil, la señora de Gaido y el ingeniero Pedraza esperaban ansiosamente al médico de guardia. Finalmente fueron atendidos.

–¿Cómo está mi marido? –preguntó angustiada la mujer.

–Bastante bien… Ha sido una insolación fuerte, señora. El calor en el Bolsón es muy intenso y demos gracias a Dios que los baquianos pudieron encontrarlo en el arroyo. De lo contrario, no quiero ni pensar lo que hubiera ocurrido. Los pumas abundan en el sector y durante la noche el frío es aterrador.

–Lo que no me explico, doctor, es cómo pudo equivocarse de camino.

–Seguramente por efectos de la insolación, señora. No creo que usted vaya a creer lo de la leyenda –dijo sonriendo.

–¡Leyenda…! ¿Qué leyenda doctor?

–Martita –interrumpió el ingeniero Pedraza–, en el lugar donde encontraron a su marido existe una de las minas más antiguas de la zona. Según los archivos del ministerio, la explotación fue iniciada por los jesuitas a principios del siglo pasado y con el tiempo fue abandonada por improductiva. Pero los viejos pobladores de Villamil cuentan otra cosa. Parece que en el sector existía un asentamiento de indígenas que durante siglos habían habitado el vallecito de la Quebrada. Por allí deambulaban los salvajes, hasta que llegaron los religiosos junto a un grupo de mineros que, con el pretexto de evangelizarlos, los sometieron, obligándolos a trabajar en la extracción de oro. También dicen que, años después, cuando la producción de la mina estaba en su apogeo, una muchacha de la tribu, hija de un gran cacique, logró seducir al administrador del complejo y con la ayuda de un puma amaestrado sorprendió a los guardias del yacimiento logrando liberar a todos los indios cautivos.

–¡Mirá vos! Parece un cuento ¿no? –dijo asombrada la mujer.

–Espere, Martita, que ahí no termina la cosa. Después de varios días de persecución, la muchacha y el animal fueron acorralados en el fondo de la mina. Como no pudieron hacerlos salir, dinamitaron la galería principal con la intención de dejarlos atrapados. Lo que nunca imaginaron fue que, al hacerlo, arruinarían para siempre la explotación del yacimiento ya que las explosiones hicieron surgir un río interior que anegó totalmente el complejo. Esa es la historia que cuentan por aquí. Y lo que es más increíble aún, es que muchos baquianos afirman que la india todavía vive en el socavón y que nunca envejece debido al misterioso poder de los minerales que tiene el yacimiento. También aseguran que con una extraña melodía atrae a los incautos hacia el interior de la mina para entregarlos como alimento a su puma. Eso es lo que cuentan los lugareños y lo que todos llaman “La leyenda de Villamil”. Aunque le cueste creerlo, hasta el cura párroco asegura haber escuchado la melodía al pasar por el Bolsón.

–No sé si será cierto la leyenda, pero es curiosa, ¿no? –comentó distendida la señora de Gaido.

–En realidad, lo único importante es que su marido esté a salvo –dijo el médico–. Para darle el alta definitiva, sería conveniente que continúe en observación por un par de días. Mientras tanto: reposo, agua y comida liviana.

Luego de agradecer las atenciones del doctor y despedirse del ingeniero Pedraza, la mujer entró en la salita donde descansaba su marido.

Para que no se despertara, silenciosamente comenzó a recoger su ropa: las botas estaban embarradas y la camisa hecha jirones, aunque Gaido sólo tenía un pequeño corte en la garganta.

Por un instante le pareció que su marido había rejuvenecido, ni siquiera se le notaban las canas. Sin darle demasiada importancia continuó guardando sus pertenencias. Mientras lo hacía, unas piedritas multiformes y brillantes escaparon de los bolsillos del pantalón del ingeniero rodando por encima del cubrecama.

Molesta por la situación, sin encender la luz, comenzó a juntar las muestras de mineral para tirarlas a la basura. Una vez más pensó: “¡Qué manía la de mi marido! ¿Hasta cuándo seguirá juntando piedritas?”

Comentarios (6)

MARIA dijo, octubre 30, 2008 @ 1:20 pm

Es un cuento extraño con un claro mensaje: La verdadera libertad es la de poder elegir nuestro propio camino. Usted, ¿siempre pudo?. Me agradan sus finales sorprendentes. Uno de sus mejores cuentos: “BATUQUE”, felicitaciones

Alberto Vidal Lascano dijo, noviembre 6, 2008 @ 6:02 pm

Querido Tomás, un cuento atrapante y sorprendente, hermósamente desarrolllado y que no pude dejar de leer con cierta voráz curiosidad hasta su final.

GATA FLORA dijo, mayo 13, 2009 @ 10:07 am

Esta bueno eso de juntar fantasía y realidad para inventar una historia. La hace más creíble. ¿Existen minas de oro en Córdoba? Saludos.

Rafaela Calderón dijo, junio 14, 2010 @ 10:28 pm

Tus cuentos son excelentes. Relatas las historias de una manera clásica y elegante que, a mi criterio, nunca pasa de moda.

Alberto Martinez Pueyrredón dijo, enero 24, 2011 @ 1:00 pm

Muy bueno Tomás:
Lindas las estampas ,muy movido y buen suspenso. Lo que lamento es lo de las pepitas…
Un abrazo.

Cata Poggio dijo, mayo 8, 2014 @ 7:21 am

Como verás se me hizo un hábito revisar tu blog.
Este cuento conjuga una mirada aguda sobre vidas tristes, más magia y misterio.
Me gusta muchísimo.
Saludos.

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