
A las Ponce
Los Bengoechea eran especiales. La carencia de recursos no les había quitado fineza, ni elegancia. Era gente culta, educada; una familia donde la música y la buena conversación encontraban siempre su espacio. Daba gusto estar allí, participar de ese estilo campechano y sencillo. No era gente adinerada pero las tradiciones y olores de familia se percibían en toda la casa: buenos sillones, buenos cuadros, vajilla fina; y sobretodo, un espléndido juego de cubiertos de plata maciza cuyo uso era reservado únicamente para fiestas familiares.
Para ese entonces un amigo íntimo de Moncho Bengoechea, el Loro Pizarro, frecuentaba la casa. Una tarde llegó con la novedad de que había visitado a las Ponce, antiguas meretrices de barrio Yapeyú, mujeres que para la época ya habían hecho debutar sexualmente a media ciudad de Córdoba; a punto tal que aún hoy existen versos de la picaresca popular que las han inmortalizado y que, por razones de buen gusto, no voy a dar a conocer.
Así fue como el Loro contó a Moncho su experiencia con la mayor de las Ponce y de que manera, después de negociar el precio y pasar por la palangana higiénica, “le había conocido la cara al león”. También, que días después quiso repetir el encuentro pero como no tenía dinero, sustrajo de la biblioteca de su padre una antigua botella con un barquito precioso en su interior, y allá fue. Así tomó conocimiento que las Ponce no sólo trabajaban por plata y que, como los antiguos fenicios, también practicaban el trueque.
El Moncho, que aún no conocía “la leonera”, quedó inquieto por lo que había escuchado e inmediatamente comenzó a elucubrar de qué manera podría acceder a los servicios de las muchachas y así dejar de lado algunas costumbres privadas que se le habían hecho vicio.
Entusiasmado con la idea, pensó en juntar unos pesos para su cumpleaños, pero todavía faltaba mucho. Después, en pedir plata a sus padres, aunque pensarlo ya era una locura por la cantidad que necesitaba.
Pasaron semanas y llegó el mes de diciembre. Mientras estudiaba en el comedor de diario observó que la mucama, con motivo de las fiestas navideñas, limpiaba afanosamente el estupendo juego de cubiertos de plata, herencia de su bisabuelo el general Bengoechea; una de las tantas glorias de familia que habían quedado en la casa.
Esa misma tarde citó al Loro y a dos compañeros de colegio. No tardaron en ponerse de acuerdo. Al día siguiente partieron a barrio Yapeyú con cuatro cucharas y cuatro tenedores de plata 900, que por su brillo parecían de 1000. A partir de allí, continuaron haciéndolo todos los días hasta terminar con el juego de cubiertos, incluidos tenedores y cucharones de servir. De esta forma, el Moncho Bengoechea perdió para siempre las “malas costumbres” que tanto le habían sido reprimidas desde el confesionario de la iglesia los Capuchinos. Tenía sólo quince años.
Finalmente llegaron las fiestas y la madre de Moncho no dudó en hacer una denuncia por robo y echar a la mucama. Esa Navidad, por primera vez en sus historias de familia, los Bengoechea de Nueva Córdoba comieron pavita rellena con cubiertos de diario tipo “Tramontina”; y las Ponce, de Barrio Yapeyú, locro y pizza con cubiertos de plata “Sheffield 900″, que poco a poco comenzaban a perder su brillo.

Mariela dijo, Agosto 13, 2008 @ 7:05 pm
Tus historias parecen reales. ¿Son así?
CATA POGGIO dijo, Mayo 22, 2009 @ 9:28 am
Leí ” La leonera de Yapeyú”, me pareció un relato simpático, que debe ser más que agradable y nostalgioso para la tropa masculina.
Lástima que en las leoneras del presente la realidad sea otra, hay pibas que están contra su voluntad y otras yerbas….
Mis respetos y saludos.
ichimuzi dijo, Septiembre 17, 2009 @ 5:36 pm
Escucheme Don!
Io estube navegando por su interne y casi me muero!
Le juro por la mama que en pas descance me quize cortar la yugular con yile cuando lei a esa señora Ponze. Io con mis manos propias le regale el belerito a la Seño Flor en 1964 y creia que todavia lo tenia.
Oiga don: No sabe si doña Ponze lavura todavia?
Lo saludo a usted Don Juares y gracia a uste y a interne, ya se donde esta mi varquito.
Pocho dijo, Mayo 31, 2010 @ 11:18 am
“Soy cordobés me gusta el vino y la joda…” Unicamente un cordobés de pura cepa puede escribir un cuento como este.
Mirtha Gladys PONCE dijo, Agosto 5, 2010 @ 11:49 am
Ya hemos cumplido unos cuantos inviernos. Yo 82 y la Norma 80. Aunque no lo crea Señor Tomás, todavía, conservamos el souvenir pero no el que usted relató en su cuento. Recuerdo que allá por el 65 éramos dos jóvenes trabajadoras de esa tan antigua como artesanal actividad. Mi trabajo, herencia de mi mamá que a su vez había aprendido el oficio a los 12, gracias a mi abuela, era un trabajo bastante acogedor a pesar de ser tan exigente
Le cuento un poco mas; Después de unos años, dejamos el rancho y nos fuimos a vivir a un departamento del plan VEA alquilado al diputado Leyría. Por muchos años le pagamos el alquiler en dos cuotas semanales. Y así fue que cambiamos el perfil de la actividad. Un poco gracias a que el dipu se puso viejo y otro poco gracias al deseo de la Norma de ser locutora es que se me ocurrió la idea de especializamos de lleno a lo que se me ocurrió llamar “Petexpress”. Económicamente tenía mucho más rotación con similar margen. Y así fue que logramos vivir mas desahogadas a pesar de algunos momentos con mucho ahogo.
Vea Sr. Juárez, discúlpeme pero quisiera corregirle un detalle de su cuento: La cobranza a la que se refiere en su hermoso cuento, nada tuvo que ver con cuchillos ni tenedores de plata de 900 pesos. Solo se trató de un simpático velerito de cobre. Todavia me acuerdo de las vetas verdosas del óxido de cobre en los pliegues de las velas lustradas con “Brasso”.
También señor Juárez; le faltó agregar que el felino Bengoechea segun me conto Juan Pizarro en su turno (no me suenan los apellidos), se lo sustrajo a su mamá, la señorita Flor del 3º grado del Jerónimo Luís de Cabrera. Fue su regalo del día del maestro!
Cuantas añoranzas!!! Esas eran historias del primer amor…
Mirtha Gladis Ponce