LA HERENCIA DEL TIO JUAN

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Feb04

 

A Victoria Riobó

Eran sólo amenazas. Jamás devolvería el dinero que reclamaban esos miserables. La suma prestada a su tío Juan no podía ser tan grande. En realidad, pretendían quedarse con la estancia de Bragado por un crédito usurario otorgado durante la época de la inundación. De cualquier manera, su tío sólo había firmado un documento de dudoso valor judicial y él, como heredero, no tenía obligación de reconocerlo. Sin embargo, las últimas amenazas telefónicas habían logrado preocuparlo.
Intentando tomar distancia del problema, decidió viajar a Entre Ríos y aprovechar la circunstancia para hacerse un chequeo médico en un sanatorio adventista de renombre. Allí podría reflexionar sin apuro alguno y bajar algunos kilos, producto de sus excesos en comidas y alcohol.

–Bienvenido, su habitación es la 306,  del tercer piso. Debe aguardar unos minutos en la sala de consultorios para su entrevista médica –le indicó la recepcionista con amabilidad programada.

Luego de completar su ficha de ingreso, se dedicó a observar la gente que también esperaba. Alrededor del living central se habían agrupado la mayoría de los pacientes. Los que venían por tabaquismo se veían ansiosos, caminaban de un lado a otro por el pasillo central. Los obesos, con sus corpachones flácidos, ya se habían desplomado sobre los sillones del living. A un costado del salón, enfrentando los húmedos ventanales de la pileta cubierta, estaban los que venían por estrés. Era fácil reconocerlos: caminaban nerviosos, a cada rato miraban la hora, se les inquietaban los fantasmas. Tampoco escapó a su curiosidad la extraña actitud de una pareja sentada en un banco junto a la enfermería. Él era un hombre corpulento, de tez oscura y desconfiados miramientos. Ella, un poco más joven, rubia, de buena figura, vestía pantalones amarillos y blusa atigrada ceñida a la cintura. Era realmente ordinaria, su nariz de cirugía escapaba como un pellizco bajo el falso carey de sus anteojos de sol. Lo que más  llamó su atención fue un coche cuna con capota negra al que, de tanto en tanto, ella mecía nerviosamente.

Transcurrida la espera, los pacientes fueron convocados al subsuelo para una reunión informativa dándose por iniciadas las rutinas habituales del sanatorio. Así se sucedieron días de tediosas consultas médicas, masajes terapéuticos, charlas con sicólogos, comida vegetariana, baños vaporosos y mucha actividad física.
Le asignaron como compañero de habitación a un tal Horacio, paciente crónico que realizaba frecuentes chequeos médicos a causa de sus fobias. El hombre era simpático aunque un poco fantasioso y obsesivo con los remedios. En pocos días de convivencia logró establecer con él una relación cordial a través de amigables charlas durante las caminatas matinales.
Una mañana, mientras desayunaba, Horacio le contó con cierto grado de preocupación que durante la noche anterior, al salir al pasillo para ir a la enfermería, escuchó, en una de las habitaciones contiguas, una violenta discusión que, sin motivo alguno, lo involucraba. Había oído decir: “La próxima vez que vuelvas a hablar con ese imbécil, te voy a dar una pateadura que no te va a quedar ni una muela.”
Nervioso por lo sucedido, Horacio le dijo que la habitación era ocupada por un matrimonio y su bebito. Sin lugar a dudas, la extraña pareja que le había llamado la atención el día del ingreso al sanatorio.
Después de algunos rodeos, Horacio confesó con cierta culpa que había conversado con la mujer durante el almuerzo; y que ella, de manera imprudente, llegó a confiarle algunas intimidades subidas de tono; entre otras, un defecto vaginal que pretendía corregir mediante una novedosa cirugía.
–No creo que haya querido seducirme… –dijo impaciente.
–Digamé, Horacio: ¿Está seguro que el “imbécil” en cuestión era usted? ¿No estará exagerando un poco?
–Puede ser, pero si hubiera visto la cara que me puso el marido al salir de la sala de masajes, le aseguro que usted también se hubiera preocupado.

Esa tarde, mientras él leía el diario en los sillones de living, Horacio se acercó y le entregó un papel arrugado que escondía en su mano.
–Léalo, por favor –dijo aterrorizado.
“Quisiera entrevistarme con usted. Lo espero en recepción a las 12,00 hs.”
La firma era ilegible.
Con cierto fastidio, preguntó:
–¿Adónde quiere llegar con esto, Horacio?
–Lo pasaron por debajo de la puerta y tengo miedo de que sea de él. No quiero líos. La rubia se me acercó otra vez en gimnasia para preguntarme si quería ir con ella a comer un dorado a Paraná. Está fuerte y me mira con picardía; no sé qué hacer… –dijo con cierta complicidad.
Al día siguiente, mientras tomaban la merienda, Horacio volvió a la carga:
–Aunque no lo creas, el marido de la rubia sospecha algo, no me quita la mirada de encima. En cualquier momento se arma un lío…
Este último comentario terminó por sacarlo de las casillas. En realidad, ya tenía muchos problemas con el campo de su tío y no tenía intención de involucrarse en los conflictos de Horacio. Pero dada la situación y los antecedentes de su compañero de cuarto, comprendió que si no hacía algo al respecto, su estadía en el sanatorio se convertiría en un infierno.
Sin decir nada, cerca del mediodía, tomó la decisión. Envuelto en su bata de baño, se dirigió hacia la habitación vecina para hablar con el marido de la rubia. Llamó a la puerta con prudencia; era un problema menor y en pocos minutos solucionaría el malentendido.
Una voz gruesa le contestó:
–¿Sos vos, flaca?
–No, soy un paciente del sanatorio que quiere hablar con usted.
–Pase nomás –dijo sin titubear.
Abrió la puerta y entró en la habitación.
–Ya lo atiendo –Se escuchó desde el baño.
Sin apuro alguno cerró la puerta y, al darse vuelta, una feroz trompada se incrustó en su rostro mientras un frío de metal le atravesó el cuerpo. Fue una sola puñalada. Cayó de rodillas con la bata ensangrentada y sus manos apretando la cintura en forma instintiva. La sangre impregnaba la toalla a borbotones y se escurría entre sus dedos. No atinó a nada. Al caer dobló las rodillas y sólo observó la cuna del bebé llena de armas junto a unos anteojos dorados y una peluca rubia.
Finalmente escuchó la voz de su atacante:
–Te hubiera convenido pagar la deuda, miserable… Hace rato que te esperaba –expresó maldiciente el matón a sueldo.
Después de encender un cigarrillo, sin apuro alguno, el mercenario se recostó sobre el marco de la ventana que daba a los jardines y se preparó para disfrutar de la agonía de su víctima; finalmente, le acercó a la cabeza un revolver con silenciador.
Herido de muerte, sin nada que perder, no lo dudó un instante: con sus últimas fuerzas saltó sobre el matón y abrazándolo con decisión, lo empujó hacia fuera: juntos cayeron al abismo, tres pisos abajo.

Hacia la tarde, luego de que la policía retirara los cadáveres y terminaran con las pericias de rutina, Horacio se sentó en un banco frente a la pileta descubierta con su mirada extraviada en las cuchillas entrerrianas. A su lado, Victoria, una morocha agraciada que días atrás lo había acompañado en algunas caminatas hacia la estación de Puíggari, sacudía de su hombro unas hebras de pelo rubio mientras otro paciente comentaba:
–Son cosas que pasan, vaya uno a saber en qué andaban estos tipos.

Comentarios (1)

CANDELA dijo, marzo 12, 2014 @ 7:38 pm

Yo estuve en Puigari, en el Sanatorio Adventista VIDA SANA. No hay duda que allí se desarrolla tu relato. Me gustó, pero nunca imagine un desenlace como el del cuento. Saludos.

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