BAR LA BUENA SUERTE

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Jul26

Frente al cementerio San Jerónimo, el bar “La Buena Suerte” mantenía su estoica presencia. A pesar de los años, el boliche había logrado preservar la intimidad de sus parroquianos convirtiéndose en un refugio cómplice de pequeñas historias personales que el resto de la comunidad rechazaba: alcohólicos, timberos, vagos y bohemios constituían el grueso de su clientela.

Sobre la angosta vereda que rodeaba la esquina, las mesas de hierro con sus sillas destartaladas dificultaban el paso de los transeúntes. En la fachada, un cartel de chapa pintado al filete y abollado por un centenar de hondazos indicaba: “Bar al paso, copetines y minutas”. Sin embargo, hacía tiempo que sus dueños solamente despachaban vino con soda, Gancia o Fernet, acompañados de una picada de milanesa, queso, aceitunas y pan casero.

Detrás de la barra, las estanterías repletas de botellas viejas encuadraban un espejo con biseles cachados al que habían adherido afiches de Glostora y Fernet Branca. Un machihembre descolorido cubría la humedad de las paredes y por encima de éste, decenas de chapitas de cerveza pintadas de color celeste enmarcaban las fotos del Cuarteto Leo y el Chango Rodríguez.

–Medio de tinto y una soda para la cuatro –le indicó el Pelado a Doña Tita mientras pasaba una rejilla por las mesas vacías.

Hacía más de cuarenta años que el matrimonio había instalado el negocio en Alberdi. Vivían en unas habitaciones contiguas al salón y no tenían hijos.

Ese domingo, como todos los domingos, el Ñato Rivarola se acercó al bar. Luego de una larga condena por abuso de menores había tomado la costumbre de frecuentar el boliche. Como andaba sin plata y le debía al Pelado la cuenta del mes anterior, no se animó a entrar.

Percatado de su merodeo, uno de sus compinches quiso gastarle una broma y se apresuró a salir del bar para esconderse a un costado de la entrada y sorprenderlo.

Rivarola no pudo resistir la curiosidad de saber si estaban los muchachos y, sigilosamente, se arrimó a la puerta. En segundos fue empujado adentro y obligado a enfrentarse con el Pelado quien, en ese instante, reponía el contenido de un par de “pingüinos” detrás del mostrador.

Sorprendido, entre risas y chacotas, Rivarola sólo atinó a preguntar:

–¿Qué tal Pelado?… ¿Cómo anda la vieja?

–¿Quién, Doña Tita?

–¡No, la vieja deuda que tengo con usted!

Las carcajadas inundaron el salón y, como siempre ocurría, el recién llegado fue invitado a compartir la bebida en distintas mesas.

–¡¡Mirá las cosas que tenemos que aguantar!! –comentó el Pelado a su mujer.

Cuando Rivarola salió del boliche, ya era tarde. Totalmente borracho inició el regreso a su casa y comenzó a rebotar contra las paredes haciendo lo imposible para mantener el equilibrio. Con la inercia de un primer envión fue cruzando las bocacalles sin importarle lo que pudiera suceder. De allí en más, carteles, árboles, postes de luz y cualquier saliente en las paredes, fueron su apoyo obligado.

Presagiando lo que ocurriría en instantes, los gatos dejaron de correr tras las ratas y buscaron refugio en la zona alta del caserío. La tormenta no se hizo esperar: un viento huracanado precedió a la lluvia sacudiendo los techos de chapa y cartón.

Vivía cerca de la cancha de Belgrano, sobre un pasaje sin salida cuyos fondos daban al río. A esa hora, su esposa y su hija dormían con las puertas trabadas; las mujeres vivían aterrorizadas con las palizas que les daba Rivarola cuando llegaba borracho. Pero esta vez el destino las ayudaría: era tal su estado de ebriedad que no alcanzó a llegar a la casa. Se desplomó a mitad del pasillo. Después de vomitar, respirando dificultosamente, quedó tendido en el suelo, con su cara pegoteada a la tierra arcillosa. Las moscas iniciaban un festín a su alrededor.

Finalmente comenzó el diluvio y el torrente de agua que recogía la calle principal de la barriada desembocó abruptamente en el pasaje donde Rivarola yacía alcoholizado.

Cuando despertó, ya había tragado bastante agua y la correntada le daba a la cintura. A duras penas logró mantenerse aferrado a las defensas que apuntalaban las cunetas de cemento pero, al intentar incorporarse, fue arrastrado por la corriente sin que nada ni nadie pudiera detener su rodada.

A partir de allí, los segundos se sucedieron alocadamente. A la altura de su casa puso un pie en los escalones de la entrada y, con las últimas fuerzas, se aferró a las cadenas del portón pidiendo auxilio a gritos. Entre los truenos y el ruido del agua, nadie lo escucharía; sólo su mujer y su hija que, desde la ventana de la cocina, esbozaban una cómplice sonrisa.

Al cabo de unos minutos, el cuerpo de Rivarola traspuso la boca de tormenta ubicada al final del pasillo y, deslizándose por la tubería principal del desagüe, cayó al gran torrente: el río revuelto lo arrastró junto a toda la resaca.

A la mañana siguiente, el bar “La Buena Suerte” abrió nuevamente sus puertas mientras la viuda y su hija barrían los restos de basura que la tormenta había depositado frente a la casa.

Comentarios (2)

PEPERINA dijo, octubre 2, 2010 @ 10:34 am

Seguro que el infeliz del cuento, además de degenerado, era de Talleres.

Pochi dijo, febrero 28, 2012 @ 4:27 pm

Vivi muchos años en Alto Alberdi y recuerdo el bar de la esquina del cementerio, pero no se llamaba “La buena suerte”. De cualquier manera, me gusto la descripción realizada en el cuento y sus personajes. Las mayores inundaciones eran cerca del Club Belgrano y en la Cervecería Córdoba sobre calle Arturo Orgaz. Buen relato, me trajo muchas nostalgias. ¿El cuento es verdadero?

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