JARDINES DE UNQUILLO

Comentarios (8)

Mar25

A Celeste Bax

Desde un jardín vecino lo observaban.

Indignado arrojó el pincel contra el atril y corrió hacia el torreón de la vieja casona.

-¡Unquillo, tierra de pintores! -gritó a viva voz.

Nada era como antes. Ya no podía fantasear dimensiones transparentes, ni colorear sus alucinaciones con sombreados y veladuras escalonadas. No podía demostrar a nadie que, además de ser uno de los mejores copista del mundo, era también un pintor original y sutil, el mayor referente del galuis, la vanguardia latinoamericana que él había iniciado y que seguramente lo hubiera hecho trascender sin necesidad de enmascaramientos.

Durante los últimos años, redondear la más simple composición le costaba un triunfo. No había equilibrio ni armonía alguna en su factura, la magia creadora había desaparecido.

Después de la muerte de Loreana los recuerdos le oprimían la garganta durante las noches sin sueño. No podía olvidarla. No quería olvidarla. Si tan sólo la hubiera besado antes de morir. Si tan sólo le hubiera dicho lo mucho que la amaba, quizás no sentiría ese remordimiento, esa culpa sin tregua.

Ya era de noche. El viento penetraba la fronda aterrazada de la quinta y las luces del pueblo comenzaban a titilar entre los alcanforeros.

Bajó del torreón por la escalera caracol y trepó por los senderos de piedra. “Soy un imbécil, un perfecto imbécil” se dijo a sí mismo, mirando reflejar su rostro entre las flores acuáticas que el viento mecía sobre el agua del estanque.

Por un instante pensó en tirarse por la barranca y caer hacia cualquier parte. Pero el suicidio era una forma de morir que no estaba en sus planes.

Él, el mayor falsificador de cuadros del país, sin nada que envidiar a pintores como Goya, Renoir, Miró, Cezanne, Degás, Picasso y tantos otros que había resucitado con sus pinceles; un genio en secreto, un talentoso del color reconocido internacionalmente por los marchand más grandes del mundo no podía terminar así, con esa pena, sin ninguna gloria. Y lo peor de todo: inmensamente rico, sin poder compartir con nadie lo que tenía.

Sólo Loreana sabía de sus estafas a las principales galerías del mundo, de sus cuentas bancarias en Suiza, de sus pasaportes falsos y sus escapes internacionales. Sin embargo, ella no le supo confiar su secreto más íntimo: su amor enfermizo por ese humilde muchacho limpiador de piletas, ese infeliz que en mala hora trajeron de Villa La Angostura y que no tenía nada, ni a nadie.

“Ella nunca debió romper el pacto”, pensó por un instante sin poder contener las lágrimas. Acongojado, encaminó sus pasos hacia la zona de los garajes, entró al depósito y tomó una pala. La luna colaba sus rayos mortecinos por el entramado de la pérgola cuando comenzó a cavar.

Primero apareció el rostro contraído del muchacho, tierra ciena sus mejillas, magenta su garganta. Después el de Loreana, un poco azulino. Con un pañuelo limpió su boca: estaba hinchada con texturas cerúleas, tramas acartonadas, blancas las encías y nacarados los dientes. Sus manos renegridas quitaron el aserrín que cubría su cintura, un amarillo de cadmio claro mezclado con areniscas coralinas que salpicaban su piel. Finalmente aparecieron las piernas y el cuerpo de Loreana quedó al descubierto exhibiendo apaisados moretones que fondeaban al resto de colores.

Le costó esfuerzo entrar al foso para abrazar a la muchacha y besarla.

“Te quiero, te perdono…”-dijo arrodillado sobre los montículos de tierra ocre que invadían las cazuelas de rosales blancos. Luego, volvió a recostar el cuerpo contra el gris plomo de la fosa, para taparla, tapando.

Años después, Don Joaquín, el jardinero de la quinta vecina, me contó la historia. Y yo le creí.

Comentarios (8)

Meryas dijo, noviembre 26, 2008 @ 12:19 am

Hola! ¿Que tal? ¡Encontre tu blog de casualidad! Soy del colegio Nuevo Milenio. Escribí un cuento para el concurso… Se llamaba “La Señorita Setamot” no se si lo tendrias en tu memoria.
Creo que siempre son buenas las críticas por lo que me gustaría que me des algunos consejos como escritor. Es un orgullo que alguien de Unquillo llegue tan lejos en una actividad tan poco valorada hoy.
Queda mi blog al que estas muy invitado para leer y recorrer, y mi mail para recibir tus críticas.
Saludos!
María.

Marcelo Calsina dijo, junio 8, 2009 @ 3:27 pm

Bravo!!! Disfruté el cuento y celebro la buena pluma.
Un abrazo.

R.O.OJEDA dijo, junio 8, 2009 @ 8:20 pm

En este cuento has recreado todos los colores imaginados, haciendo conjugar en perfecta armonía la historia descripta. Se me hace, como una alusión a un amigo comun que vive por esos pagos. No creo que sea él, por fortuna que en el cuento dice tener. Un gran abrazo.

DR. JUAN ALBERO ARGUELLO dijo, junio 26, 2012 @ 6:00 pm

Muy agradable escritura, en ningun momento uno puede dejar de pensar que son reales. Mis felicitaciones, y tal vez alguna vez nos podemos reunir para contarle mis historias familiares. . . . Juan de Villa Tortosa

BARRABAS dijo, marzo 25, 2014 @ 8:55 pm

Esta bueno esto de pintar con palabras.

Maru Becerra dijo, marzo 25, 2014 @ 10:42 pm

Excelente Tomas

matu carranza dijo, marzo 26, 2014 @ 1:23 pm

tomas juarez beltrán

muy bueno, tremendo!

gloria hermann dijo, marzo 28, 2014 @ 4:05 pm

Muy buen cuento Tomás, bien mostrado y creible. Fuerte el final. Pero lográs la atención desde su comienzo. Te felicito.- Abrazo.-

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