Después de haber sido acosado durante años por los personajes de sus cuentos, el autor les comunicó que no estaba dispuesto a cambiar nada de lo escrito.
Tan encerrado estaba en su postura que no quiso escuchar las súplicas del Nato Rivarola, ni las explicaciones del Presidente del Tribunal Superior de Justicia, doctor Exequiel Balmaceda. Lo mismo ocurrió cuando doña Rita, la dueña de la pensión, intentó hacerle cambiar el desenlace de su cuento.
A partir de allí, las cosas se precipitaron. Amenazándolo con el puntero, el cura párroco le reprochó su falta de comprensión y la mujer del quiosquero intentó agredirlo por haber contado su aventura amorosa con el albañil; pero fueron las lágrimas del intendente de Villa Adelina lo que terminó por irritarlo.
Visiblemente molesto, les dijo que estaba cansado de tanta hipocresía y que narraría las historias tal cual las había imaginado. “¡Estoy harto de sus reclamos!”, grito furioso. “Voy a publicar el libro de una vez por todas para que los lectores se hagan cargo de ustedes.”
Mientras el falsificador de cuadros de Unquilo y las pupilas del prostíbulo del Turco Jabif, intentaban calmarlo; el taxista irrumpió de mal modo para exigir que le explicara por qué los titularía: “SECRETOS INSOLENTES”. Entonces, la situación lo sacó de quicio e indignado le contestó: “Porque se me da la gana” y antes que las cartoneras pudieran abrir la boca, hizo un bollo con su último cuento y sin que nadie pudiera evitarlo quedaron tiradas en el tacho de la basura mientras él se dirigía a la editorial.

Maju dijo, Diciembre 2, 2008 @ 11:50 am
Este cuento “perdido” sería bueno para la contratapa de su próximo libro. Espero que ese día no haya pasado el basurero por su casa.