Llevaba una vida privilegiando afectos por encima de muchas razones.
La cruz del sur cobijaba su alma y cuatro botones coloridos ocupaban sus extremos cardinales.
Al centro del espacio sideral, un quinto botón pasaba desapercibido.
Entrar a su santuario no era fácil, había que pulsar los botones de manera adecuada y en el momento oportuno.
Cuando alguien tocaba el de color blanco, que si mal no recuerdo tenía un pequeño girasol pintado al medio, se abrían rápidamente los aposentos de su hospitalidad: era un espacio apacible y recoleto, impregnado por aromas de campo, queso fresco y vino añejo. La única condición para ingresar, era ser una buena persona.
Un botón azulino, con bordes dorados, permitía entrar a los recintos de su amistad. En el lugar existía un estanque de agua fresca donde chapoteaban palabras saltarinas y siempre había festejos. Para acceder, era necesario desnudarse y no tener vergüenza: allí se consumía afecto. La lealtad y la franqueza eran bien vistas.
Otro botón, amarillo de cadmio claro, abría las puertas de su solidaridad; un espacio cálido lleno de nubes coralinas adornadas con caballitos de mar donde ofrecía su corazón y abrazaba a todo el mundo. Era curioso: la gente entraba con muletas y salía caminado.
El último extremo de la cuadrícula cósmica era ocupado por un botón rojo carmesí y permitía el acceso al imperio de su fantasía. En el recinto acechaban la pasión y la locura, y era posible encontrar a la Mona Jiménez bailando con Margot Fontaine o a Malanca pintado un retrato de Banana Pueyrredón; pero lo más divertido era escuchar al Payito Giraudo, silbando: “Soy cordobés, me gusta el vino y la joda”… Para ingresar era necesario ser artista.
En el centro del manto protector, acechaba un botón color ladino mate, oscuro casi funeral. Para ser sincero: un negro de mierda. Oprimirlo era el inicio de un camino sin retorno hacia un abismo insondable de cavernas tenebrosas: exactamente allí, habitaba un hombrecito andrajoso y resentido al que aún le dolían los moretones de su infancia.
Frente a ese pulsador, rezaba una advertencia:
“No lo toque, es el único que despierta mi intolerancia”.

Cata. dijo, Marzo 27, 2009 @ 2:40 pm
Este texto breve, conmueve más que cualquier larga narración.
Vale preguntar quien llevaba puesta ese alma?
Cris dijo, Marzo 27, 2009 @ 2:41 pm
Recién descubro tu blog y me encantó quedarme leyendo algunos relatos.
Te felicito
Saludos
CARUCHA dijo, Abril 9, 2009 @ 10:36 am
Buenos tus cuentos, insuperable “Los botones del alma”.
LUNA dijo, Julio 14, 2009 @ 2:33 pm
Me sorprendió mucho “Los botones del alma”, es un cuento distinto, un relato que conmueve. Tu temática literaria es muy amplia. Este cuento no tienen nada que ver con “Estancia Santa Elena” o ” La alcancía del amor”. ¿De que depende tantos cambios? Tu abanico es muy amplio, pasas de la picardía al drama, o de una ironía a lo fantástico.
Puqui dijo, Julio 30, 2009 @ 5:21 pm
¿Cuánta necesidad de amor enmascara el dolor, no? Este cuento me movilizó.