EL PRESTAMISTA

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Ago18

Don Hipólito Vieyra fue el último encargado de la estafeta postal de Irucocha. Allí trabajó durante más de cuarenta años y antes de que la repartición oficial cerrara sus puertas, logró cobrar una importante indemnización.

En la estafeta funcionaba un sistema de ahorro y préstamo, dependiente del gobierno provincial, que resguardaba el dinero de la gente. Esta dependencia era la única que existía a más de cien kilómetros a la redonda y, en realidad, lo mismo hubiera sido que fuesen cincuenta, ya que llegar hasta allí sólo era posible después de una travesía en mula por la precordillera, perfilando precipicios y vadeando ríos caudalosos.

El único contacto que Irucocha tenía con la capital de provincia era un chasqui que las autoridades de gobierno enviaban según lo permitían las inclemencias del tiempo y cuya única función era transportar remedios para el dispensario, mercancía por encargo, la correspondencia oficial y, obviamente, los haberes de Don Hipólito que para ese entonces era el representante natural de su comuna.

En realidad, el pequeño poblado necesitaba pocas cosas del exterior. La fertilidad de sus abras protegidas por los cerros, sus caudalosas acequias y las bondades climáticas habían hecho del lugar un pequeño vergel autoabastecido.

Sus habitantes casi no se enfermaban y las urgencias no pasaban de un parto mal encaminado o algún accidente ocasional. En realidad no existían grandes problemas. Las enfermedades del cuerpo las atendía el curandero del pueblo y las del alma eran encomendadas a la Pachamama o al cura párroco, hombre de tanta edad que ya no recordaba ni sus rezos.

Hacía tiempo que desde el gobierno habían decidido dar por terminadas las funciones de la estafeta debido a que las operaciones eran insignificantes y no tenía ningún sentido su funcionamiento.  Don Hipólito, desoyendo órdenes superiores y sin que nadie se enterara, se las arregló para incorporar a la repartición la totalidad del dinero que había cobrado como indemnización y continuó operando comercialmente como si nada hubiese sucedido. Recibía depósitos, otorgaba préstamos y se ocupaba de otras actividades como si la estafeta fuera propia.

Antes del cierre oficial decretado por las autoridades, Don Hipólito preparó una prolija liquidación logrando que calificaran de incobrables a la mayoría de los créditos concedidos, vinculando la situación a las malas cosechas e inundaciones por deshielo, apresurándose a informar que la totalidad de los ahorros depositados habían sido reintegrados a sus titulares.

De esa manera, sin que nadie advirtiera la maniobra, Don Hipólito inició sus actividades como prestamista y no tardó en cambiar el nombre de la estafeta postal, aduciendo que las cuatro paredes que ocupaba el edificio le habían sido entregadas como indemnización por los años de servicios prestados. A los pocos meses rebautizó la repartición como “Cooperativa de Crédito Don Hipólito Vieytes y asociados” ya que para mantener en secreto su tramoya debió asociar al chasqui de gobierno que oficiaba de contralor comunal.

Para ese entonces, Don Hipólito tenía una amplia experiencia en el manejo de los préstamos. Los años frente a la estafeta le habían enseñado dónde estaba la necesidad de la gente. Todas las tardes se hacía presente en el club de la cooperativa que él había fundado, y de la que también era presidente, e inmediatamente encaminaba sus pasos hacia una sala de juegos que hizo construir para afianzar los vínculos entre los pobladores de Irucocha.

La sala ocupaba dos cuartuchos de adobe edificados al costado de una cancha de bochas. Alli se jugaba a los naipes.

Sobre las mesas de juego, la transpiración de los vasos corría sobre los manteles de hule mezclándose con la ceniza de charutos y cigarros. La cantidad de porotos acumulados frente a cada jugador delataban el resultado parcial de las partidas. En realidad no hacía falta hacer ningún recuento, bastaba con observar las caras de quienes participaban para detectar los vaivenes de la suerte.

Allí estaban los de siempre, los que se amanecían con las cartas en la mano. Así funcionaba la cosa: un guiño de ojo, un pequeño ademán del jugador y Don Hipólito entraba en acción. Cien para el Gringo Pássera, cuarenta para el más chico de los Medina y el recupero de lo prestado durante la semana a Quimilí, dueño del almacén de ramos generales.

Don Hipólito jamás hacía transacciones en público, siempre buscaba un lugar apropiado para concretar sus operaciones: detrás del escusado, bajo la sombra del molle a un costado de la capilla o cualquier otro lugar recoleto. Allí convenía el encuentro y en una libretita ajada por el uso, anotaba prolijamente el nombre del destinatario, el monto de lo prestado, sus intereses y la fecha de devolución. Siempre llevaba consigo un poco de dinero y un fajo de documentos que rápidamente hacía circular entre los tomadores, mediante firmas, endosos o avales, según las circunstancias convenidas.

Rara vez entregaba efectivo. Ese era un privilegio reservado a clientes seguros. La mayoría de las veces cedía los papeles que recibía de terceros a los que prolijamente inicialaba al dorso, a modo de certificado de autenticidad. Generalmente convenía con sus clientes que le abonaran los intereses en efectivo, de manera tal que el poco dinero existente en el pueblo regresara siempre a sus bolsillos y que la totalidad de los documentos continuaran circulando en forma permanente. Con esta particularidad, acaparó casi todo el efectivo de Irucocha y sólo algunos agricultores, que a través del chasqui de gobierno vendían sus cosechas en la capital, acumulaban pequeñas cantidades que, tarde o temprano, terminaban en sus manos.

Luego de realizar los últimos préstamos del día, acostumbraba  pasar por la peluquería ubicada en un salón contiguo a la pensión de Doña Carmen y, sin respetar turno alguno, se apoltronaba en la butaca para que lo afeitaran. Ninguno de los presentes se lo recriminaba pero las miradas lo decían todo. Hecho esto, se encaminaba hacia el comedor de la pensión donde todas las noches lo esperaban con la cena servida y un semillón fresco. Después, se retiraba a descansar a su casa ubicada frente a la plaza. En verdad, descansar, no era exactamente lo que acostumbraba hacer ya que durante gran parte de la noche archivaba papeles y realizaba asientos contables, totalizando cantidades prestadas y comparando rendimientos. Finalmente efectuaba un arqueo del dinero acumulado y daba por concluida la tarea diaria. Hecho esto, apagaba el farol de noche y con la satisfacción del deber cumplido, se dormía plácidamente.

En realidad, Don Hipólito sólo manejaba papeles ya que al efectivo lo escondía bajo el entablonado de madera de su dormitorio. Su estrategia era casi perfecta. Los papeles que acreditaban el capital prestado circulaban por todo el pueblo como si fuera dinero constante y sonante. Y de hecho lo era; con ellos se compraban alimentos, se contrataban changas, se pagaban sueldos y hasta se cancelaban deudas. Bastaba que llevaran la firma de Don Hipólito al dorso de la papeleta para que los documentos circularan con total garantía.

A veces los papeles se deterioraban por el uso y era necesario reponerlos. Cuando esto sucedía, Don Hipólito citaba al originante del préstamo y le hacía firmar un nuevo documento que, una vez más, comenzaba a circular por el pueblo. Esta situación le acarreaba infinidad de problemas ya que el movimiento de papeles era excesivo y muchas veces debía trabajar hasta altas horas de la noche para llevar la contabilidad.

Curiosamente, los morosos no existían. Si alguien no pagaba los intereses, inmediatamente debía firmar un nuevo documento que los incluyera. Eso sí, debían ser avalados por un tercero que no figurara en la lista de deudores; pero como en la práctica no existían, jamás había problemas en refinanciar las deudas. De esta manera, Don Hipólito nunca tuvo que ejecutar a nadie y fue acumulando montañas y montañas de papeles que permanentemente canjeaba entre sus clientes. Al dinero de su indemnización hacía rato que lo había recuperado  y, junto al resto del efectivo, lo ocultaba bajo el entablonado de su escritorio. Sin embargo, para cerciorarse de que todo estaba bien, periódicamente lo recontaba una y otra vez, para luego guardarlo en unas ceñidas alforjas de cuero, a resguardo de manos traviesas.

Transcurrieron los meses y mientras imaginaba nuevas maneras de ganar dinero, ocurrió lo inesperado: su socio, el chasqui de gobierno, en uno de sus viajes a la capital, pudo observar con detenimiento como funcionaba una novedosa fotocopiadora que recién  instalaban en la librería más importante de la ciudad. Inmediatamente comenzó a elucubrar un plan siniestro: durante meses duplicó los documentos de terceros que Don Hipólito le entregaba a cuenta de utilidades y, poco a poco, los fue haciéndo circular entre los pobladores de Irucocha. Fue tan grande la fortuna que logró juntar que no tardó en adquirir tierras, ganado y hasta cosechas enteras que luego transportaba a lomo de mulas y vendía en la ciudad.

Esto trajo aparejado que el circulante de papeles aumentara de manera considerable. Lo mismo ocurrió con el valor de las propiedades y otros bienes, debido a la gran demanda, sin que nadie pudiera explicarse lo que estaba ocurriendo. Todo anduvo bien hasta que dos documentos similares, uno verdadero y el otro falso, llegaron a manos de una misma persona y, como no podía ser de otra manera, explotó la bomba.

El Gringo Pássera y el más chico de los Medina se indignaron al constatar la duplicación de deudas que no habían contraído y no dudaron en encaminarse hacia las oficinas de Don Hipólito para pedirle explicaciones pero ese día él no había concurrido a trabajar a raíz de un resfrío que lo tenía a mal traer.

Ante esta situación, optaron por dirigirse al club de la cooperativa y reunir a todos los que allí estaban. Finalmente, en medio de un gran alboroto, subidos a una de las mesas de juego, comenzaron a exhibir en sus manos la duplicación de un par de documentos que habían firmado a Don Hipólito.

-¡Yo no pago dos veces la misma deuda! -gritó furibundo Quimilí.

Así las cosas, no tardaron en convocar a todos los habitantes de Irucocha a una asamblea frente a la plaza para realizar un chequeo de las papeletas circulantes.

Recién a la madrugada terminaron el recuento de fotocopias y documentos originarios, fue allí cuando la horda enardecida marchó con antorchas hacia la casa de Don Hipólito quien, absorto por el acoso, sólo atinó a balbucear desde el balcón algunas palabras en su defensa. De nada sirvieron sus promesas de canjear por efectivo la totalidad de las fotocopias circulantes; las amenazas e insultos lo hicieron retroceder y, al ver que los ánimos no se calmaban, optó por refugiarse en el interior de la casa.

Un silencio cómplice presagió lo que vendría. Las piedras no tardaron en atravesar los ventanales y, una por una, las papeletas falsas fueron encendidas  y arrojadas al interior de la vivienda.

Frente al avance de las llamas, Don Hipólito buscó refugio en el dormitorio y luego de escarbar debajo de los tablones, intentó protegerse atrás de las alforjas con dinero.

Al día siguiente, las cabriadas caídas del techo semejaban cruces negras sobre el cuerpo calcinado de Don Hipólito mientras la carbonilla de las fotocopias se arremolinaba con  el viento.

Comentarios (5)

Fauno dijo, mayo 18, 2009 @ 11:45 pm

¿Cómo puedo saber la cantidad de dinero circulante en la argentina?
¿De dónde sacar datos?

Salú!

Enrique dijo, agosto 11, 2009 @ 7:27 pm

Tomas,muy bueno el cuento, me atrapó y entretuvo.Saludos

Gore gutierrez dijo, agosto 12, 2009 @ 8:33 pm

Bueeeeenazo el cuento,saludos y continua la entrega de éstos

Mercedita dijo, mayo 13, 2010 @ 9:13 am

Esto es real?quien es Hipólito Vieyra?

Enrique dijo, enero 28, 2011 @ 8:52 am

“EL PRESTAMISTA” Es una ficción atrapante , explica claramente como las “falsas monedas” también puede hacer estrago en una pequeña comunidad andina. Me gustó el mensaje del cuento. Lo mismos me ocurrió con “TANGO FEROZ ” y la defensa de las costumbres pueblerinas frente a la invasión consumista que intentan imponernos desde afuera.

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