EL PEDIGÜEÑO

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Ago30

Cuatro negocios marcaban el ritmo comercial del pueblo: el banco de la provincia, el café del boulevard, la agencia de quiniela y el kiosco de Don Quiroga. Este último, ubicado frente al bar, abría y cerraba puntualmente, inclusive los días feriados. Así, con obstinación y esfuerzo, Don Quiroga había logrado ahorrar una buena cantidad de dinero que le aseguraba una vejez sin sobresaltos. No confiaba en el sistema jubilatorio ni en los bancos.

Todas las mañanas, al llegar a su negocio, lo primero que hacía era revisar los números. Contaba el dinero recaudado el día anterior, estimaba las ganancias, separaba unos pesos para gastos personales y, con el excedente, se dirigía al banco para comprar dólares. Parte de su rutina era retirarlos de tesorería y guardarlos adentro de un diario. Después regresaba al kiosco para esconderlos en frascos de café.

En cada recipiente cabían diez mil dólares. Acostumbraba ordenarlos en fajos de a mil, asegurados con una bandita elástica. Tenía la precaución de apretarlos contra el vidrio, de esa manera entraban más y se facilitaba su recuento: cuatro contra el borde y uno enrollado al medio era el contenido de cada capa.

Don Quiroga no tenía de qué preocuparse. Los proveedores estaban al día y el fiado bajo control. Sin embargo, algunos clientes lo hacían renegar. El que más trabajo le daba era el menor de los Imbarrata y había decidido no fiarle nunca más. No trabajaba, se pasa el día entero esperando que alguien le pagara un trago en el bar.

Cerca del mediodía, una voz carrasposa lo sacó de sus cavilaciones.
–Una coca y un pancho, por favor.
Era García, cajero del banco provincia, haciendo su pedido a través de la única ventanilla que tenía el negocio.
“Con este no hay problema, es plata segura”, pensó Don Quiroga y se apresuró en atenderlo.

En vida de su mujer, habían comprado la propiedad que ocupaba el kiosco y construido su vivienda en la planta alta. Para ese entonces, escondieron durante años sus ahorros bajo un ropero. Al quedar viudo, don Quiroga decidió trasladar su tesoro verde al kiosco ya que era allí donde pasaba la mayor parte del día custodiado por rejas y candados.

En un primer momento ideó distintos escondites; pero después de pensarlo bien trasladó los frascos encima de la estantería de los cigarrillos. A nadie se le ocurriría pensar que guardaría el dinero en un lugar tan obvio. Eso sí, tomó la precaución de forrar los frascos de vidrio con cartulina verde y ponerles distintos rótulos con leyendas que disimulaban su contenido: Dedales, Ojalillos, Lápices, Afeitadoras, Rótulos, Estampillas y Sobres.

Transcurrió el tiempo y cuando estaba a punto de completar el último frasco, se apersonó al kiosco el menor de los Imbarrata.

–¿No me fía los puchos, Don Quiroga?
–¡Pagame lo que me debés, pedigüeño de mierda!
–Con plata cualquiera paga –dijo el otro irónicamente.
–Rajá de acá, pendejo bostero. No te quiero ver más.

Imbarrata estaba acostumbrado al maltrato. Sin embargo, no le gustó que le dijeran “pedigüeño de mierda”. Era una descalificación reiterada que había escuchado desde muy niño.

Finalmente cruzó la calle y entró al bar. Acodado sobre una de las mesas terminó las palabras cruzadas y los acertijos numéricos del diario y se empeñó en la solución de anagramas en una revista de moda. Eran tantas las horas de ocio que dedicaba a estos entretenimientos que las palabras y los números se habían convertido en una pasión lúdica. Bastaba observar el titular de un diario o la leyenda de un cartel para que comenzara la transposición de palabras: leía “amor”, decía: “ramo”; leía “gato”, concluía: “gota”. Era una gimnasia mental que repetía obsesivamente.

Una noche, cuando Don Quiroga se aprestaba a cerrar el kiosco, Imbarrata fue echado del bar. Luego de varios empujones, obligado a cruzar la calle, encaró hacia el kiosco. Pasado de copas, se acercó a la ventanilla y una vez más le preguntó socarronamente:
–¿No me fía los puchos, Don Quiroga?
–Andá a la mierda.

Sin molestarse, mientras el kiosquero terminaba de cerrar, miró por la ventanilla y observó los frascos enfilados, con sus rótulos verticales, e inmediatamente ordenó las primeras letras de manera horizontal. “¡¡A falta de Bingo, buena son las Líneas!!”, dijo para sí…

Tiempo después, Imbarrata entró a la agencia de quiniela para jugarle al 06 a la cabeza en redoblona con el 10. Seis habían sido los días que Don Quiroga estuvo internado en terapia intensiva; diez, las veces que había ido al casino hasta perder la totalidad del dinero robado. Al salir, miró hacia el kiosko y pensó:
“Menos mal que el viejo todavía tiene el negocio. Tiene suerte. Nunca le van a decir: pedigüeño de mierda.”

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Marina dijo, Agosto 30, 2010 @ 11:53 am

Es un cuento relatado de manera clásica, con final de moraleja. Distinto a otros cuentos suyos como: La alcancía del amor o El secreto de su alma, que me parecen más modernos. Saludos

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