EL PEDIGÜEÑO

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Mar31

Cuatro negocios protagonizaban el ritmo comercial del pueblo: el banco de la provincia, el café del boulevard, la agencia de quiniela y el kiosco de Don Quiroga. Este último, ubicado frente al bar, abría y cerraba puntualmente, inclusive los días feriados.

Durante años, con obstinación y esfuerzo, Don Quiroga había logrado acumular ahorros que le aseguraba una vejez sin sobresaltos. No confiaba en el sistema jubilatorio ni en los bancos.

Todas las mañanas, al llegar a su negocio, lo primero que hacía era revisar los números. Contaba el dinero recaudado el día anterior, estimaba las ganancias,  separaba unos pesos para gastos personales y acumulaba el excedente. Los primeros días de cada mes se dirigía al banco para comprar dólares en billetes de cien. Parte de su rutina era retirarlos de tesorería escondidos adentro de un diario. Después regresaba al kiosco para guardarlos en frascos de café.

En cada recipiente cabían diez mil dólares. Acostumbraba ordenarlos en fajos de a mil, asegurados con una bandita elástica. Tenía la precaución de apretarlos contra el vidrio, de esa manera entraban más y se facilitaba su recuento: cuatro contra el borde y uno enrollado al medio era el contenido de cada capa.

En realidad, Don Quiroga no tenía de qué preocuparse. Los proveedores estaban al día y el fiado bajo control. Sin embargo, algunos clientes lo hacían renegar. El que más trabajo le daba era el menor de los Saldívar y había decidido no fiarle más. Era pedigüeño, no trabajaba, se pasaba el día entero esperando que alguien le pagara un trago en el bar.

Cerca del mediodía, una voz carrasposa lo sacó de sus cavilaciones.

—Una coca y un pancho, por favor.

Era García, cajero del banco provincia, haciendo su pedido a través de la única ventanilla que tenía el negocio. 

“Con este no hay problema, es plata segura”, pensó Don Quiroga y se apresuró en atenderlo…

En vida de su mujer habían comprado la propiedad que ocupaba el kiosco y construyeron su vivienda en la planta alta del saloncito. Allí, bajo un ropero, escondieron sus ahorros durante años. Al quedarse viudo, para mayor seguridad, decidió trasladar su tesoro al kiosco ya que allí pasaba la mayor parte del día custodiado por rejas y candados.

En un primer momento ideó distintos escondites. Pero después de pensarlo bien decidió colocar los frascos encima de la estantería de los cigarrillos. A nadie se le ocurriría pensar que allí escondería semejante suma de dinero. Eso sí, tomó la precaución de forrar los frascos de vidrio con cartulina verde y ponerles distintos rótulos con leyendas que disimulaban su contenido: Dedales, Ojalillos, Lápices, Afeitadoras, Rótulos, Estampillas y Sobres.

Tiempo después, cuando estaba a punto de completar el último frasco, se apersonó al kiosco el menor de los Saldívar.

—¿No me fía los puchos, Don Quiroga?

—¡Pagame lo que me debés, pedigüeño de mierda!

—Con plata cualquiera paga —dijo el otro irónicamente.

—Rajá de acá, pendejo bostero. No te quiero ver más.

El menor de los Saldívar estaba acostumbrado al maltrato. Sin embargo, no le gustó que le dijeran “pedigüeño de mierda”.  Era una descalificación reiterada que había escuchado desde muy niño. Finalmente cruzó la calle y entró al bar.  Acodado sobre una de las mesas terminó las palabras cruzadas y los acertijos numéricos del diario y se empeñó en la solución de anagramas en una revista de moda. Eran tantas las horas de ocio que dedicaba a estos entretenimientos que las palabras y los números se habían convertido en una pasión lúdica.  Bastaba observar el titular de un diario o la leyenda de un cartel para que comenzara la transposición de palabras: leía “amor”, decía: “ramo”; leía “gato” concluía: “gota”.  Era una gimnasia mental que repetía obsesivamente.

Una noche, cuando Don Quiroga se aprestaba a cerrar el kiosco, el menor de los Saldívar fue echado del bar. Luego de varios empujones, obligado a cruzar la calle, encaró hacia el kiosco. Pasado de copas, se acercó a la ventanilla y una vez más le preguntó socarronamente:

—¿No me fía los puchos, Don Quiroga?

—Andá a la mierda.

Sin molestarse, mientras el kiosquero terminaba de cerrar, miró por la ventanilla y observó los frascos enfilados, con sus rótulos verticales, e inmediatamente ordenó las primeras letras de manera horizontal. “¡¡A falta de Bingo, buena son las Líneas!!”, dijo para sí…

Meses después, el menor de los Saldívar entró a la agencia de quiniela para jugarle al 06 a la cabeza en redoblona con el 10. Seis habían sido los días que Don Quiroga estuvo internado en terapia intensiva; diez, las veces que había ido al casino hasta perder la totalidad del dinero robado. Al salir, miró hacia el kiosco y pensó:

“Menos mal que el viejo todavía sigue con el negocio. Tiene suerte. Nunca le van a decir: pedigüeño de mierda”.

Comentarios (2)

Marina dijo, febrero 28, 2012 @ 2:03 pm

Es un cuento relatado de manera clásica con final de moraleja. Distinto a otros cuentos suyos como: La alcancía del amor o El secreto de su alma, que me parecen más modernos. Saludos

Luz María dijo, septiembre 10, 2012 @ 10:49 pm

¡¡Cuanta imaginación¡¡ Muy bueno.

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