EL PAJARO CARAMELERO

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Ago09

Cuando mis hijos eran chicos, yo era un fumador empedernido. Al regresar a casa, después de trabajar, generalmente compraba mi segundo paquete de cigarrillos del día. En esa época de mucha inflación, era frecuente que el kiosquero no tuviese cambio y me entregara un caramelo de leche con maní, equivalente a los centavos del vuelto.

El caramelo era duro, envuelto en papel transparente. En realidad, a mí nunca me llamaron la atención las cosas dulces pero para ese entonces yo  tenía tres hijos de ocho, seis y cuatro años, capaces de matar por tan preciado botín. Recuerdo que sus cabecitas se escalonaban junto al filo de la mesa de cocina observando con avidez los movimientos del cuchillo con el que, infructuosamente, intentaba partir el caramelo en la forma más equitativa posible.

¿Alguna vez hicieron el intento de trozar un caramelo duro en tres partes iguales? No es nada fácil. Por eso solicité al kiosquero que me entregara el vuelto de los cigarrillos en caramelos pequeños y masticables e  intenté una manera más práctica de realizar el reparto. Inventé “La historia del pájaro caramelero”, plumífero invisible que todas las tardes recorría los jardines del barrio repartiendo caramelos entre los chicos que se habían portado bien. Eso sí, debían esperarlo con el pijama puesto, peinados y cantando la canción del “Elefante trompita”. Aún recuerdo sus miradas ingenuas escudriñando el cielo mientras yo me escondía detrás de los ligustrines esperando el momento oportuno para arrojar los caramelos hacia la copa de los árboles. Imaginarán el revuelo que se armaba: empujones, risas y llantos eran la consecuencia inevitable de tan desacertado reparto. Felizmente, uno de mis hijos no tardó en descubrir el engaño y a partir de allí fueron ellos quienes me propusieron las distintas formas de hacerlo: el mayor, soñador y fantasioso, propuso que escondiera los caramelos en un lugar secreto y les organizara una suerte de búsqueda del tesoro, pero inmediatamente advertí que serían las doce de la noche y los salvajitos seguirían dando vueltas por toda la casa. El menor, con su habitual serenidad y sentido práctico, propuso que los rifáramos para evitar problemas. Sin embargo, mi única hija mujer, acostumbrada a pelear su espacio entre sus hermanos varones, me propuso en su media lengua: “Papá, tigá los cagamelos paga agiba y el que los agaja los agaja”

Hoy me pregunto: ¿se habrá tenido fe, la mocosa?

Jamás olvidaré la frescura y naturalidad de mis hijos; y en particular, sus personalidades tan diferentes y curiosas.

Comentarios (7)

Cris dijo, septiembre 9, 2010 @ 11:57 am

Tierno, cálido, fresco, buen final. ¿Qué más pedir?

Blog (CITRICOX) dijo, septiembre 16, 2010 @ 2:26 pm

El autor contesta los comentarios de manera personalizada. Gracias por visitar SECRETOS INSOLENTES.
tomasjuarezbeltran@gmail.com

Memé dijo, junio 6, 2011 @ 5:26 pm

Es un cuento sumamente tierno. Nunca pensaste en escribir cuentos para niños?

NATALIA dijo, agosto 9, 2012 @ 2:52 pm

Me sorprende la temática de tu obra. Tienes algunos cuentos duros y otros sumamente tiernos; además abordas temas muy polémicos. De cualquier manera, me ha gustado tu manera de relatar. Saludos.

mabel dijo, febrero 10, 2014 @ 3:23 pm

Hermoso relato, la inocencia de los niños es tan dulce como inteligente. Es una verdad que de ellos aprendemos. Afectuosamente

Laura Morando dijo, agosto 11, 2015 @ 12:08 am

Hola Tomás!!
he tomado la costumbre de leer un cuento por día.
Todos me han gustado sobre todo por la brevedad.
Este relato es de una simple (no por descalificar uso esta palabra) frescura …y me hizo recordar a mi padre con su primer nieta: le hacía magia y aparecían unos caramelos masticables…de una marca muy conocida, a la que ella denominaba como “los verdaderos caramelos” en comparación con otros masticables q no valían la pena ni pelarlos!

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