En el interior del viejo edificio, el griterío era ensordecedor…
-¿Cuándo terminarán las obras en la sala de lactantes? - preguntó malhumorada la enfermera del pabellón tres.
-No lo sé Rosita. Tenemos que poner orden en forma urgente. Si no diferenciamos a los chicos por edades, el orfanato se convertirá en un infierno. La conducta es un desastre y lo peor de todo, es el mal ejemplo…
El regente salió del comedor y se dirigió hacia el pabellón principal donde estaban todos los niños.
Visiblemente irritado, les ordenó:
-¡Atención! ¡Paren la pelota, carajo! ¡Se lavan las mano, la cara, e inmediatamente se ponen a estudiar!
Los chicos se amontonaron frente al piletón de los baños ganando sus lugares a codazos; no faltaron los insultos.
Asustado por el griterío, con las manitas aferradas al barral de su cuna, el bebito quiso incorporarse pero no pudo; tenía miedo, no podía hablar.
Al rato, más tranquilo, pensó: “¿Lavarme y estudiar? Este viejo está en pedo. Que se vaya a lavar el culo.” Y se durmió nuevamente.
Horas después, Rosita cambió sus pañales y le dio su mamadera; luego de eructar, continuó durmiendo

FRESCO Y BATATA dijo, Marzo 6, 2011 @ 10:57 am
Inesperado el final de tu cuento. Es muy bueno.
Califa dijo, Julio 19, 2011 @ 10:28 am
Tierno y salvaje. Que imaginación!!! Me gustó.