EL GUACHITO

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Nov24

EL GUACHITO

Anochecía cuando el Vasco Mendizábal llegó a la pulpería de don Abraham montando su yegüita mora.

Desensilló, acomodó sus arneses sobre un palenque y entró al viejo edificio. En el salón principal, el pulpero pasaba una rejilla sobre un ajado mostrador de madera mientras su hija cortaba fiambre y ayudaba en otros menesteres.

–¡¡Buenas tardes tengan todos!! -dijo con voz sonora y varonil.

–Buenas… –contestaron los parroquianos; algunos con sorpresa al ver tan singular personaje.

Se quitó la boina, acomodó su poncho sobre el respaldar de una silla y tomó asiento frente a una mesa cercana al ventanal de la entrada. Su elegante estampa no pasó desapercibida; especialmente para Adelaida, la hija del pulpero, que al sentirse observada por el Vasco Mendizábal bajó la vista con vergüenza. No era para menos, tenía catorce años.

No era frecuente ver por esos desolados parajes a alguien tan particular como él. Vestía chaleco de carpincho, bombacha bataraza ajustada a la cintura por una rastra de cuero crudo, alpargatas y un pañuelito negro entreverado al cuello de su camisa. Su amplia sonrisa enmarcaba una dentadura perfecta. Sus ojos celestes, su pelo ensortijado y una florcita silvestre detrás de la oreja izquierda, armonizaban con su informal vestimenta. Además de ser apuesto, era educado y amable. La muchacha no escapó a su natural encanto.

–¿En qué puedo servirle, amigo? –preguntó el pulpero.

–Voy camino a Pozo del Tigre. Desearía comer, tomar algo, y si fuera posible pasar la noche y descansar en los corrales junto a mis arreos…

–No hay problema amigo, esta casa no le niega amparo a ningún paisano con buenas intenciones –dijo don Abraham mientras su hija no dejaba de mirar al extraño.

El Vasco Mendizábal había nacido en Rosario. A media niñez recaló en una estancia de las serranía cordobesas propiedad de una tía soltera. Su padre, viudo y enfermo, entendió que eso sería lo mejor para él. Allí aprendió a leer, a escribir y a bien portarse. Su tía siempre lo protegió, con el tiempo fue muy “cariñosa” con él… 

Durante su adolescencia se entreveró en las tareas del campo defendiendo los intereses de su tía. Así logró el respeto de los empleados del campo. Era guapo, diestro para la doma y siempre se destacaba en las cuadreras que se organizaban para las fiestas patronales.

Transcurrió el tiempo y una mañana de invierno, mientras arriaba unos terneros desde los corrales del ferrocarril hacia el matadero, le dieron una inesperada noticia: su tía había fallecido. Fue un golpe duro para él.

Al cabo de unos meses, un juez de paz nombró al gerente del ferrocarril como administrador de la estancia y el Vasco Mendizábal perdió todos sus privilegios y pasó a ser uno más de la peonada. A partir de allí las cosas no fueron nada fáciles para él. Finalmente, al cumplir la mayoría de edad, decidió marcharse de la estancia y rehacer su vida.

Luego de algunos años de arrear ganado y vivir infinidad de aventuras, regresó a los pagos de su infancia y se instaló en un pueblo cercano a la estancia donde se había criado. Allí aprendió el oficio de herrero, logró establecerse y forjar amistades. Era buen mozo y entrador, le gustaban mucho las mujeres. Sus amigos no dudaron en apodarlo Bragueta salvaje. No era para menos: las muchachas más primorosas del pueblo y algunas señoras mal entretenidas se disputaban sus favores…

Esa madrugada el Vasco Mendizábal había partido del pueblo para visitar a un amigo. Fueron largas horas de cabalgata vadeando ríos, trepando cerros y barrancos hasta recalar en la pulpería de don Abraham, parada obligada a medio camino de Pozo del Tigre.

Después de comer unos platos de carbonada y beber unos tintos bien sodeados, inició una amable conversación con Don Abraham quien, curioso por sus andanzas, lo atendía con exagerada cortesía sin advertir que las miradas entre el Vasco Mendizábal y su hija ya habían hecho lo suyo.

Entusiasmado, el pulpero le dijo en confianza que había conocido a su tía, que había sido una mujer hermosa y que daba gusto verla bailar en las fiestas patronales. También, que nunca se le conocieron novios, que su muerte fue injusta y que a la estancia se la habían quedado unos ingleses.

A esa altura de la conversación al Vasco Mendizábal poco le importaban los comentarios de Don Abraham. Oculta tras unos cajones de cerveza, la muchacha lo observa detenidamente. Sus ojos renegridos brillaban bajo un “Sol de noche”, sus pechos de mujer floreciendo se insinuaban generosos bajo una ceñida solera. De tanto en tanto, el Vasco Mendizábal la miraba con disimulo y ella le sonreía con complicidad: sus mejillas ardientes presagiaban su alboroto.

En uno de los tantos coqueteos, don Abraham advirtió el cruce de miradas entre ellos e intuyó lo que estaba sucediendo. No lo dudó. De inmediato dio por terminada la conversación y se apresuró a recoger vasos y platos, indicándole a la muchacha que ya era tarde, que era hora de cerrar el negocio.

–Andá para la pieza Adelaida, yo cierro… –dijo a sin mayores precisiones.

Intentando fingir lo acontecido, el Vasco Mendizábal comenzó a juntar sus cosas para retirarse. Fue allí cuando don Abraham puso su facón sobre el mostrador y le dijo sin tapujos:

–No le haga daño a mi niña, mi amigo. Es lo único que tengo…

Esa noche, al trotecito lento, el Vasco Mendizábal continuó viaje hacia Pozo del Tigre.

 

Comentarios (1)

Fernando Lizama Murphy dijo, noviembre 25, 2016 @ 3:21 pm

Descubrí hace poco tus cuentos, Tomás y debo decirte que me han gustado mucho. No los he leído todos, pero tienes un estilo definido y eso se agradece.

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