EL DURAZNITO

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Dic27

 

 

Aferradas a la montaña y separadas entre sí por amplios jardines, las viviendas más elegantes balconeaban sobre un caudaloso río que serpenteaba entre los vallecitos serranos.

En ese lugar de ensueño, los veraneantes solían  deleitarse con cosas simples como disfrutar del olor de los aromos, ver el viento empujar las nubes hasta estrellarlas contra el filo de las quebradas o permanecer en vigilia esperando que la luna llena se reflejara en el agua del río. Sin embargo, ninguno de estos  placeres era del agrado del doctor Exequiel Balmaceda.

Hombre mayor, casado y sin hijos, no tenía otras preocupaciones que la cátedra universitaria y los clientes de su estudio. No le gustaba la vida de campo. Era una persona de escritorio, un hombre de ciudad, pero esta vez había pensado que pasar un fin semana en “El Duraznito”, la quinta familiar heredada de su padre, no sería nada desatinado. Seguramente encontraría la tranquilidad necesaria para la redacción del discurso, además de compartir unos días con su mujer y su suegra, quienes hacía tiempo se lo reclamaban.

Finalmente, después de su acostumbrada siesta de los sábados, partió en automóvil hacia las sierras sin imaginar que una feroz tormenta retrasaría su llegada a la villa veraniega. La suerte estuvo de su lado: logró cruzar el vado de acceso antes de que el río creciera. Este inconveniente logró malhumorarlo, pero en realidad no tenía por qué preocuparse: el automóvil no había sufrido desperfecto alguno, la casa estaba en condiciones y en el maletín traía lo necesario para la redacción del discurso.  Sin embargo, sus cavilaciones no lograban conformarlo. El lunes debía estar de regreso en la ciudad, tenía una cita ineludible, no podía faltar…

 

La mañana siguiente fue esplendorosa: el sol traspasaba la pérgola de la galería principal y al fondo del parque, contra la pirca que bordeaba el río, las palomas se disputaban las moras caídas en el estanque. Todo transcurría apaciblemente en la antigua casona, salvo en el sector de servicio donde las mucamas trabajaban sin descanso. Allí, el vapor de las ollas chorreaba los vidrios de la cocina desde muy temprano y un fuerte olor a especias  impregnaba el ambiente.

–Tape bien las tostadas que se van ha enfriar, m´hijita –indicó Doña Virginia a la muchacha.

–Sí, ya termino abuela…. ¡Ah! ¿Sabe una cosa? Hoy no puedo baldear las galerías. Después del almuerzo voy a lavarme el pelo en la cascada…

 

La anciana trabajaba como cocinera en “El Duraznito” desde hacía años. Durante el invierno vivía de la cría y la venta de cabritos, pero al llegar el verano atendía el servicio de la casa grande. En estas últimas tareas, la ayudaba su nieta; una jovencita agraciada que tenía quince años.

 

Esa mañana, en un escritorio contiguo al dormitorio principal, el doctor Exequiel trabajaba sin descanso. Su mujer aún dormía cuando Doña Virginia le acercó el desayuno. Sin apuro alguno, disfrutó del café con leche cremoso y de las tostadas con manteca y sal, como era su costumbre. Mientras lo hacía, comenzó a planificar su regreso a la ciudad. Antes que nada, debería leer los comentarios sobre la última encíclica papal y concurrir al rectorado para pedir licencia; después, rechazar la invitación del presidente del Banco Israelita y cumplir lo prometido a la recomendada del escribano Villafañe…

 

Tratando de recordar otras obligaciones apuró el desayuno, acomodó su bata y, con el discurso ya redactado, salió a la terraza para memorizarlo. Lo que más le costaba era la parte final: “…Justicia que será independiente de todo poder político, acorde a los principios occidentales y cristianos que enaltecen nuestra nación.” La repitió varias veces…

 

Hacia el mediodía, como normalmente ocurría los domingos, los lugareños vadearon el río y encaminaron sus cabalgaduras hacia el boliche del pueblo. Finalmente llegó la hora del almuerzo: empanadas, humita de choclo y quinotos en almíbar fueron servidos a la mesa motivando innumerables elogios a la mano de la cocinera. Al terminar, las mujeres decidieron tomar el café en la glorieta pero el doctor Exequiel no las acompañó. Copa en mano, hizo una larga sobremesa arremolinando contra su paladar los últimos sorbos de un tinto francés que le habían obsequiado en la editorial. Así, casi sin darse cuenta, amodorrado por la quietud de la siesta, fue llegando al exceso. La nieta de Doña Virginia comenzó a levantar el servicio sin poder evitar la extraña mirada del doctor Exequiel. Hacía tiempo que  la observaba; en particular, cuando ella se inclinaba sobre la mesa para retirar los platos y la pollera se le subía adhiriéndose al cuerpo.

 

Transcurrió la siesta, el calor y la humedad fueron en aumento y el exceso de alcohol terminó por comprometer seriamente el equilibrio del doctor. Para evitar que lo vieran borracho,  aferrado a la baranda de la galería, bajó al jardín para encaminarse hacia los senderos de piedra, a un costado del río…

 

Las mujeres aún conversaban bajo la sombra de la pérgola cuando el doctor Exequiel, con toda su ropa mojada, llegó furtivamente a la casa. “Qué barbaridad, cómo me ha rasguñado esta chinita de mierda”, pensó. Sin que nadie pudiera verlo, logró subir a la galería y entrar al dormitorio. Mientras tanto, oculta en el lavadero de la cocina, la nieta de Doña Virginia lloraba sin consuelo apretando entre sus piernas un trapo sanguinolento.

Cuando atardecía, una voz impaciente terminó de despabilar al doctor.

–¡Apure que llegamos tarde a misa, Exequiel! –reclamaba su suegra a través de los postigones del dormitorio.

Lejos de apurarse, continuó sentado al borde de la cama sin poder quitar de su mente lo ocurrido en la cascada. “Ella se lo buscó. Ni una puta se bañaría de esa forma.”

 

En la entrada a la capilla los veraneantes tenían por costumbre hacer sociales. Pero esta vez el doctor Exequiel entró a la iglesia y, sin dudarlo, se encaminó hacia la sacristía para arrodillarse frente al confesionario. Luego de escuchar la absolución logró tranquilizarse, rezar su penitencia y comulgar.

 

Al atardecer la casa se llenó de amigos. Después de un copetín, los invitados pasaron al comedor para ocupar los lugares asignados en la mesa. Mientras el cura párroco elogiaba el buen vino y los demás reiteraban las felicitaciones al dueño de casa, Doña Virginia comenzó a servir. Con las empanadas no hubo inconveniente pero cuando llegó la hora del plato principal, las cosas se complicaron. El recipiente con carbonada hirviendo quemaba sus manos y temía no poder hacerlo.

Disimulando la incómoda situación, la mujer fue atendiendo uno por uno a los comensales hasta que, al pasar por la cabecera de la mesa, perdió el paso y, trastabillando, derramó el contenido de la fuente sobre la cabeza del doctor Exequiel.

–¡¡Disculpe!! Me patiné –gritó desesperada Doña Virginia. Y mientras todos corrían en auxilio del doctor, escapó hacia la cocina.

 

Pasado el incidente, con el cuerpo lleno de ungüentos y compresas, el doctor Exequiel aprovechó para despedir a los invitados y acostarse temprano. Antes de hacerlo, a pesar del dolor que le producían las quemaduras en el cuello, tomó el discurso y una vez más memorizó la parte final:

“… Justicia que será independiente de todo poder político, acorde a los principios occidentales y cristianos que enaltecen nuestra nación.”

 

Durante la noche intentó conciliar el sueño pero no pudo. Sus oídos estuvieron atentos a cualquier ruido, especialmente a los de la tormenta. Al día siguiente debía regresar a la ciudad y no estaba dispuesto a que lo sorprendiera la crecida del vado:  la Presidencia del Superior Tribunal de Justicia lo esperaba.

Comentarios (4)

CATALINA C. POGGIO dijo, diciembre 13, 2010 @ 8:23 am

Leí ” EL DURAZNITO”…. Mi más profundo respeto por abordar un tema tan dificil.

Mario Lobos dijo, agosto 8, 2011 @ 3:34 pm

Menos mal que leí su Advertencia Inicial, de lo contario diría que el cuento “El Duraznito”, es real y está ambientado en la época de la dictadura militar. Buen relato.
Saludos.

María José ROSA dijo, septiembre 19, 2012 @ 8:46 am

No creo en las casualidades, y CAUSALMENTE, éste fue el primero de tus cuentos que leí en lo de Mirolo y el primero que recibo después de mi suscripción a tu blog. Cuando lo leí me vino a la memoria Patrón, el cuento de Abelardo Castillo, encontré una sutil similitud, aunque muy sutil, ya que Castillo hace uso de recursos que tienen más que ver con el cuento cruel y el tuyo tiene la delicadeza del planteo, el hecho cruel nombrado como al pasar pero lo suficientemente claro como para no pasar inadvertido sin la crudeza de lo directo, lo nombrado. Me gusta mucho tu forma simple y concreta de escribir, tus cuentos son un deleite que siempre dejan ganas de más. Otra vez, mis felicitaciones.
Un abrazo.

RUBEN O. OJEDA dijo, febrero 14, 2013 @ 5:47 pm

Me parece que la trapizonda que se mandó el viejo Exequiel Balmaceda, le costará muy cara — Al leer el cuento, de este violeta veterano y el modo excelente con que lo pintas, me recuerda cierto estilo de Cortazar–
EL DURAZNITO, prestigia tu forma de comunicar– Te felicito.

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