EL DOCTOR VILLAREAL UGARTE

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Nov30

Los teléfonos de la inmobiliaria no paraban de sonar.

Después de controlar su reloj de bolsillo, el doctor Villarreal Ugarte se levantó una vez más de su asiento para reclamar en secretaría la demora en su atención.

La recepcionista intentó tranquilizarlo pero de nada valieron sus explicaciones. Molesto por la situación comenzó a levantar la voz sin importarle la presencia de otros clientes. Para evitar inconvenientes, la secretaria optó por hacerlo pasar a una salita contigua al escritorio principal y en pocos minutos fue atendido por el gerente, el señor De la Vega.

–Vea, mi amigo. Ya me han hecho esperar demasiado y no tengo tiempo que perder, así que vamos al grano –dijo el doctor.

Y sin que lo invitara a pasar, ingresó decididamente al despacho del gerente.

Luego de acomodar su arrugado impermeable en una silla, se sentó frente al escritorio principal y continuó:

–Como usted sabrá, hace más de un año murió mi madre y a mí me tocó como herencia la casona de los Ugarte. Desgraciadamente, desde que llegó la democracia, la situación de los jubilados del poder judicial es desastrosa y no me queda otro remedio que alquilarla…

El gerente se limitó a escucharlo.

–…eso sí, no quisiera que la ocupe cualquier persona. Ni hablar de esos sinvergüenzas que alquilan las casas de familias tradicionales para transformarlas en boliches, que no son otra cosa que la antesala del cotorro. Ha sido el hogar de mis padres y no voy a permitir que lo tomen para la chacota; prefiero que la ocupe una buena familia, aunque tenga que resignar un poco el precio…

Fastidiado por el monólogo del doctor, De la Vega lo interrumpió:

Mire, su propiedad es difícil de alquilar. Si bien está en uno de los mejores barrios de la ciudad, la construcción se ha deteriorado por falta de mantenimiento y la distribución de los ambientes es poco funcional para una vivienda. De cualquier manera, si usted quiere, podemos intentarlo…

Cuando el gerente se disponía a informarle el precio probable del alquiler y a dar por terminada la entrevista, Villarreal Ugarte tomó nuevamente la palabra:

–No se olvide que allí vivió mi madre y, a pesar de la situación económica en que me encuentro, aún tengo esperanzas de arreglar la casa y darle el señorío de otros tiempos. Siempre soñé con realizar en ella el casamiento de mis hijas y verlas bajar con sus vestidos blancos por la elegante escalera del living. O instalar mi estudio en el escritorio que fuera del abuelo, pero no sé si será posible…

Emocionado bajó la vista y tomando el viejo “Perramus” amagó con despedirse. Pero ni bien se repuso de la jugarreta afectiva de los recuerdos, volvió con su perorata:

–Mire, amigo. Los Villarreal somos como los De la Vega, de allí la amistad de mi padre con su abuelo. No necesitamos andar firmando papeles, nos basta la palabra y un buen apretón de manos. Lo que pasa es que la gente de hoy está podrida. A la juventud no le interesa trabajar, lo único que le importa es divertirse. Y de los políticos, mejor ni hablar. Los radicales son lobos disfrazados de corderos que quieren socializar el país. Y los peronistas son una manga de corruptos…

Harto de tanta conversación sin sentido, el gerente se puso de pie y extendió su mano para despedirlo.

Cuando Villarreal Ugarte se retiró de la oficina, De la Vega llamó al encargado de alquileres y le indicó que al día siguiente tasaran la casona del doctor, recomendándole tener un poco de paciencia con él.

La cita fue convenida para las cuatro de la tarde. A esa hora el calor de la siesta cordobesa era insoportable y hacía rato que el joven tasador esperaba. Finalmente, apareció el abogado.

–¿Cómo anda, m’hijo? Perdone la demora pero me recosté un rato y se me hizo tarde ¿sabe? A ver si he traído las llaves…

Mientras revolvía sus bolsillos, el muchacho lo observó detenidamente: su traje estaba tan gastado por el uso diario y el abuso de plancha que los pliegues de la tela brillaban al sol cada vez que movía los brazos. Una corbata finita le ajustaba el cuello de la camisa con un nudo pequeño y grasoso. Los zapatos, impecablemente lustrados, no podían disimular las capas de pomada que habían acumulado durante años.

Con descaro, el muchacho continuó observando al doctor sin darse cuenta de que él también lo miraba. Al advertirlo, se apresuró a decirle:

–Doctor, ¡qué zapatos tan elegantes tiene! Seguramente los habrá comprado en Europa…

–Son de la antigua casa Gath y Chaves. Y a pesar de los años todavía tienen para rato… –contestó orgulloso y continuó hablando de las bondades de los cueros argentinos, de la generación del ochenta y de la transformación del país a principios de siglo.

–Bueno, ¿qué le parece si entramos? –Lo interrumpió el muchacho.

Sin apuro alguno, Villarreal Ugarte abrió la puerta del viejo caserón y le franqueó el paso: un fuerte olor a humedad inundó el hall de ingreso.

–No hay electricidad, muchacho. Hace tiempo que la empresa de energía retiró los medidores. Pero con un poco de buena voluntad podremos revisar todo.

Después de abrir algunas ventanas del living, continuó:

–Las humedades que se ven son de fácil solución. Y si le perdonamos el primer mes de alquiler, el que la ocupe tendrá que hacerse cargo de los arreglos. ¿Qué le parece?

El muchacho no contestó.

–¡Mire ese vitreaux! Dígame si no es una obra de arte. Imagínese lo que fue la casa cuando estaba en buen estado. La carpintería y los pisos son excelentes.

Mientras Villarreal Ugarte hablaba y hablaba, el empleado de la inmobiliaria evitaba pisar las tablas flojas del parquet mientras disimuladamente quitaba de sus solapas las telarañas que se le habían pegoteado al entrar al pasillo de los dormitorios.

De repente, como descubriendo un tesoro, el doctor Villarreal Ugarte abrió la puerta del baño principal y señaló la bañadera:

–¿No le parece una maravilla, amigo? Estas cosas no se fabrican más, son de hierro fundido. Mire el tamaño que tiene. Las que vienen ahora son para pigmeos. Vea usted el detalle de las patas con garras de león. Aún conserva su estilo, a pesar de tener saltada la loza.

Mientras decía esto, levantó un pedazo de mayólica que se había desprendido de la pared.

Cuando estaban por entrar a la cocina, el muchacho no soportó más. El olor a ratas era tan intenso que no quiso continuar la recorrida.

–Bueno doctor, con lo que he visto es suficiente. Vaya cerrando nomás. Lo espero afuera.

Fastidiado por el apuro del tasador, Villarreal Ugarte cerró rápidamente las ventanas de la casona y al salir no pudo disimular su enojo:

–Mire mocito, por mí, el inquilino puede hacerle los arreglos que quiera, pero yo no pongo un peso. Y si quieren hacer reformas importantes, deberán consultármelas. Eso sí, ni al vitreaux, ni a la bañadera me los tocan.

Dicho esto, guardó las llaves y entregándole una copia al muchacho, se marchó sin más trámite.

No habían transcurrido ni dos semanas de lo sucedido cuando Villarreal Ugarte se apersonó nuevamente en las oficinas de la inmobiliaria y, furioso, arremetió contra la recepcionista exigiéndole una entrevista inmediata con De la Vega.

Advertida de su mal carácter, la muchacha le sonrió amablemente haciéndole saber que el gerente estaba ocupado y tendría que esperarlo.

–¡Mire, niña, no tengo mucho tiempo que perder! –replicó de inmediato–. Lo menos que puede hacer es avisarle que lo estoy esperando, de lo contrario nunca sabrá que he llegado y demorará aún más en atenderme.

–Tenga paciencia, doctor. Enseguida lo anuncio.

A los pocos minutos, vio entrar al muchacho que había tasado la casona y, saltando de su asiento, le salió al cruce.

–¡Muchacho! Con vos quiero hablar… ¿Qué pasa con mi casa?

Acosado por las circunstancias, el joven intentó darle alguna explicación pero Villarreal Ugarte comenzó quejarse por los impuestos que tendría que pagar y el deterioro que sufriría la casa si no la alquilaba y el dinero que le hacían perder diariamente.

Ante esta situación, De la Vega fue informado de lo que estaba sucediendo e inmediatamente se apersonó en recepción para calmarlo. Pero fue inútil.

–Vea, mi amigo. Si no me dan una solución, me van a obligar a recurrir a los servicios de otra inmobiliaria –dijo ofuscado, sin cuidar las formas.

–¡No diga eso, doctor. Si su casa no se alquila, no es culpa nuestra!Lamentablemente está en pésimo estado y sólo la quieren para instalar bares o confiterías bailables. Sin ir más lejos, esta mañana estuvieron dos personas interesadas pero nada podemos hacer si usted no quiere alquilarla para ese destino. Más de lo que hemos hecho, imposible.

–¡Mire, amigo, terminemos con tanta charla! ¿Cuánta plata ofrece esa gente?

Sorprendido por el inesperado desenlace de la conversación, De la Vega contestó dudando:

–Creo que… unos mil quinientos pesos por mes; casi el doble de lo que usted pretende, doctor.

–Bueno, déjemelo pensar…

A la mañana siguiente, sin acordar cita previa, Villarreal Ugarte se presentó nuevamente en la oficina.

–Mire, De la Vega, ya lo he decidido. Ayer, cuando terminé de hablar con usted, me fui hasta el arzobispado a consultar el problema con el padre Andión. Él me ha dicho que el destino que puedan darle los inquilinos a la casa no es problema mío, por lo tanto la alquilaremos de inmediato. Y si se transforma en la antesala de un cotorro, como le dije el primer día, no será para mí un asunto de conciencia ya que en realidad no tengo por qué saberlo. Por lo tanto, asegúrese de las garantías y cuando estén listos los contratos, llámeme a firmar.

En pocos días todo estuvo arreglado. La cita con los futuros inquilinos fue convenida para las nueve de la mañana y el primero en llegar fue Villarreal Ugarte.

Sin demora alguna, De la Vega lo invitó a pasar a su escritorio y, antes de la reunión, le informó que los inquilinos tenían pensado realizar reformas en su casa. Entre otras: voltear paredes para unir el escritorio con la recepción e instalar allí una pista de baile, sacar los vitreaux del comedor y modificar los baños.

–¡Modificar los baños! ¿Qué piensan hacer con los baños? Y la bañadera y el vitreaux, ¿dónde piensan ponerlos? –preguntó afligido.

–Tenga paciencia, doctor. Ya hablaremos con los interesados.

Al rato, los involucrados en el negocio se reunieron.

El turco Abud, uno de los futuros inquilinos, era un comerciante hábil y astuto. Después de las presentaciones se ubicó estratégicamente frente a Villarreal Ugarte y decididamente tomó la palabra:

–Como usted sabrá, doctor, la casa está en mal estado y hay que invertir mucho dinero para arreglarla. Por lo tanto, necesitamos un contrato largo que nos permita recuperar el gasto inicial. También necesitamos que nos libere de pagar los tres primeros meses de alquiler, que es el tiempo que durará la obra…

–Mire, Abud –Lo interrumpió Villarreal Ugarte–. Estoy aquí por pedido del señor De la Vega. En realidad, él se apuró en realizar esta reunión cuando prácticamente yo había decidido no alquilar la casa. Pero como no es mi intención desairarlo, estoy dispuesto a escuchar la propuesta de ustedes con la advertencia de que si modifican mucho lo que pretendo, me sentiré liberado del compromiso y, desde ya, olvídense de la casa.

–Pero, doctor, ¿qué es lo que usted pretende, entonces?

Villarreal Ugarte acomodó su chaleco, juntó las manos sobre la mesa y, con tono altanero, dijo:

–Quiero un alquiler razonable, que paguen los impuestos y me cuiden la propiedad. Si van a hacer refacciones, que no cambien el estilo de la casa. No sé si saben que ha sido la casa de mi madre y algún día espero habitarla nuevamente.

–Bueno, doctor, no creo que estemos tan lejos –respondió el Turco–.El precio que pagaríamos sería el que nos ha solicitado la inmobiliaria. Y con respecto a las modificaciones, no son muchas: uniríamos el living con el escritorio, sacaríamos el vitreaux del comedor…

El Turco continuó con la descripción de las reformas, exagerando costos y explicando que hacerlas era condición de operación, de lo contrario, no alquilarían la propiedad.

Villarreal Ugarte no tardó en darse cuenta que de continuar su negativa, peligraba la contratación. Poco antes que Abud terminara con el detalle de las obras, hizo algunas preguntas sin importancia y finalmente, mirando de reojo a De la Vega, asintió con la cabeza. El Turco y su socio esbozaron una sonrisa.

El gerente había previsto que esto sucedería. Sin demora alguna sacó los contratos de un cajón y los extendió sobre la mesa.

Abrumado por las circunstancias, el doctor tomó la lapicera y comenzó a firmarlos lentamente. Al finalizar, observó a los inquilinos por encima de sus anteojos y dijo:

–Bueno, espero que no se atrasen en los pagos… ¡Ah! Si llegan a tener algún problema con la habilitación municipal no dejen de avisarme, aún tengo amigos en el gobierno.

Salieron de la salita y De la Vega los acompañó hasta la recepción para despedirlos. Mientras la secretaria hacía entrega de las llaves de la casona a los flamantes inquilinos, Villarreal Ugarte tomó conciencia de lo que había firmado y, con nerviosismo, se abalanzó sobre ellos.

–Esperen un poquito… Hay algo que no hemos hablado aún. Con los baños, ¿qué piensan hacer?

Con el contrato de la mano, Abud le contestó:

–Todavía no lo tenemos bien definido, doctor; pero seguramente dividiremos el baño principal en dos. En el de hombres, pondremos mingitorios; y en el de damas, sacaremos las mayólicas para colocar espejos ahumados y…

Sin poder disimular su molestia, el doctor lo interrumpió una vez más:

–Y dígame, ¿qué harán con la bañadera?

–¡Ah! Tenemos una idea genial. Pensamos colocarla en el medio de la pista de baile y llenarla con maní; de esa manera la gente lo irá comiendo mientras baila. El maní salado da mucha sed; y esto, aunque le parezca increíble, aumenta el consumo de bebidas alcohólicas. Es una vieja treta de los cerveceros, doctor.

Comentarios (5)

Ricardo Oliva dijo, octubre 14, 2008 @ 8:03 am

Señor Juárez Beltrán: La nostalgia de un pasado glorioso no debe ser ridiculizado. Sólo de trata de RECUERDOS FAMILIARES. Usted, como miembro de una familia tradicional cordobesa, debería saberlo.

Ruben oscar ojeda dijo, abril 20, 2009 @ 7:52 pm

Pobre Dr. Villareal Ugarte, que destino tan desgraciado le dieron a su vitraux
y su bañera, manìes y pochoclo, estàn de moda en las milongas , pero al final tuvo que transigir , porque los mangos le hacìan mucha falta.

PEPERINA dijo, mayo 1, 2010 @ 8:52 pm

¡¡Que personaje Villareal Ugarte¡¡ Al final se cagó en el abolengo.

Malena dijo, noviembre 29, 2010 @ 8:56 am

Esta bueno eso de contar historias de nuestra ciudad que revelan nuestra identidad sociocultural. Más aún si lo hacemos con gracía y riéndonos de nosotros mismos.

Plastilina dijo, noviembre 30, 2010 @ 11:37 am

Como dice mi amigo “Semilla”: la vida es LA VERDAD, rodeada de un montón de mentiritas.

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