EL DESUBICADO

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Dic03

La reconocí de inmediato. Durante años vivimos en el mismo barrio, en la misma cuadra. Yo iba a segundo del Liceo y ella a tercero del Integral. La vi por última vez frente al bar de la plaza, estaba muy enojada…

Cuando era chico, solía espiarla desde una terraza vecina. Recuerdo  su desenfado adolescente  iluminado por las resolanas que filtraban las magnolias de su jardín. La muchacha acostumbraba ver televisión -la novela de la tarde- con la ventana abierta y su cuerpo despatarrado sobre la cama, apenas cubierto por un edredón. A esa hora ya vestía una camisola con breteles finos cuyas transparencias insinuaban su cuerpo de mujer floreciendo.

Tenía por hábito ensortijar entre los dedos sus mechones rubios, llevarlos a la boca y soltarlos en abanico sobre sus pechos incipientes. A veces tapaba su cara con la almohada en resguardo de las bofetadas machistas que mostraban algunas escenas escabrosas o entreabría sus labios para disfrutar los besos apasionados de un amante furtivo.

Durante las tandas comerciales, hojeaba revistas de moda sin que yo pudiera quitarle de encima mi mirada fisgona. La espera de algún movimiento que mostrara algo más de su desnudez era una actitud compulsiva que todos los domingos redimía en el confesionario.

Durante meses agazapé mi presencia tras un tanque de agua, al acecho de sus intimidades. Dormía con un elefante de peluche, de ojos pardos opacos, trompa larga y patitas cortas, ataviado con un jardinerito bordado con flores amarillas. Al finalizar la novela, se metía en la cama y de inmediato introducía el animalito bajo la sábana. Jamás olvidaré a ese fetiche de felpa; observar su recorrido fue mi obsesión más perversa. Iniciaba su ritual amoroso besando la trompa del elefante y susurrándole cosas al oído; después cerraba los ojos y deslizándolo por el cuerpo rozaba su cuello, sus pezones, su agitado bajo vientre, para así continuar hacia lo más profundo de su intimidad femenil. Por último, apretándolo entre las piernas lo frotaba de manera suave y delicada, arqueando el cuerpo como un junco para terminar aspirando a bocanadas el aroma a magnolias de su jardín. Recuerdo el rubor de sus mejillas, sus cabellos revueltos cubriendo la transparencia de su boca entreabierta, los jadeos entrecortados y sus agónicos espasmos tras el explosivo final; también los míos…

Aún no me explico por qué se enojó tanto cuando al salir del bar, luego de sincerarme con ella, le pregunté: “¿Todavía tenés el elefantito de peluche?”

Comentarios (5)

REO dijo, agosto 30, 2008 @ 1:54 pm

Livianito. Le falta enchastre.
Saludos.

Diego Bartó dijo, septiembre 6, 2008 @ 12:49 pm

Que buen final… fue un sincericidio.

Al final despues de tanto clamar ellas, por sinceridad e inocencia, ¿Porqué nos condenan ese tipo de sinceramientos?.

Onofre dijo, octubre 4, 2010 @ 10:39 am

¿Quién no espió alguna vez a una vecina? Bueno y ocurrente.

CHECHU dijo, junio 22, 2012 @ 10:41 am

¡¡Que imaginación!! Buen cuento (subidito de tono),con remate cordobés.

RUBEN OSCAR OJEDA dijo, diciembre 5, 2012 @ 8:36 pm

TE DIRE QUE NO DEJO DE LEER TODOS TUS CUENTOS , QUE ME LLEGAN POR TU BLOG, REALMENTE ME CONMUEVE TU MODO DE MEZCLAR , EL HUMOR SATIRICO , CON OTROS RELATOS COSTUMBRISTAS , DONDE ASOMA TU ARTE DE PINTAR EL PAISAJE QUE DESCRIBES , INVITANDO A VIVIRLO.
UN GRAN ABRAZO.
PRONTO ESPERO COMPARTIR UN VINO CONTIGO.

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