EL CADDY

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Abr15

Rolex, Lacoste, Nike, Mizuno…

Las marcas giraban a su alrededor poniéndole color a la monótona mañana de invierno. Instintivamente escondió sus alpargatas deshilachadas detrás de la bolsa de golf y abrochó su delgada campera. Las ráfagas de viento arrasaban las lomadas, la llovizna salpicaba su rostro.

Lucía con destreza de movimientos su condición de “caddy[1] de primera” y aspirante a profesional del club. Se había criado en esos campos verdes prolijamente cuidados y conocía mejor que nadie cada rincón de la cancha. Observando de lejos a los jugadores, sabía con exactitud quiénes jugaban en cada hoyo; sólo le bastaba mirar su swing[2], su forma de caminar o los colores de las bolsas.

Cuando no tenía trabajo fijo, cosa que ocurría a menudo, llegaba temprano al club y antes de llevar palos intentaba vender a algún aficionado las pelotitas extraviadas que había encontrado fuera de la cancha. Si su patrón de turno fumaba le pedía un cigarrillo y, sin que pudiera verlo, tomaba dos. Después se las ingeniaba para cambiarlos por un trago de gaseosa o algunas galletitas a otro caddy.

Mientras esperaba que salieran los jugadores practicaba tiros cortos; después, si el partido se ponía interesante, se prendía apasionadamente en el juego de su patrón indicándole la caída de los putters[3].

Hacía tiempo que el ingeniero lo había elegido como su caddy de fin de semana. En realidad, no sólo llevaba los palos. Más de una vez sus indicaciones habían sido decisivas para que pudiera ganar un torneo.

Ese sábado, como todos los sábados, al ver llegar al ingeniero, pidió la bolsa en la casilla de palos y luego de acomodar correctamente los fierros, se dirigió al tee de salida.

Dos cosas llamaron su atención. Una, la cajita con pastillas que el ingeniero guardaba celosamente en el bolsillo chico de su bolsa; otra, la forma en que se había acentuado su renguera.

Finalmente, los jugadores que conformaban el threesome[5] se dispusieron a iniciar el juego. Como correspondía, le alcanzó el drive[6] a su patrón y luego de algunas indicaciones para que no lanzara la pelota fuera de límites, el ingeniero ejecutó su primer golpe: la pelota fue a parar detrás de unos arbolitos, a un costado de la salida.

-Le pegó con el taco, señor… tiene que seguir las manos hacia adelante -indicó.

El ingeniero lo miró de reojo.

-Mirá, pibe, no empecés a darme indicaciones si no te las pido. La semana pasada hiciste lo mismo y jugué mal, así que no abrás la boca.

El muchacho bajó la cabeza y miró hacia otro lado.

Cuando iban caminando por el fairway[7] del hoyo tres, la pelotita quedó metida entre las raíces de un inmenso algarrobo. Advirtiendo que nadie lo observaba, el ingeniero la pateó hacia adelante, dejándola magníficamente ubicada frente al green[8].

-¡No haga eso! -le reprochó el caddy -¡Ya le dije la semana pasada que no hiciera eso! Si lo agarran, lo van a suspender.

-Vos te callás la boca, ¿o creés que los otros no hacen lo mismo?

-No sé, señor. Pero si lo llegan a ver, lo van a denunciar.

-El único que me puede denunciar sos vos. Si llegás a abrir la boca, te vas a arrepentir.

Durante los primeros seis hoyos el ingeniero ya había gastado todo su handicap[9] y prácticamente tenía perdida la primera vuelta.

-¿Qué te parece, pibe? ¿La juego por abajo o por arriba?

-No sé qué decirle. Si le sale mal el tiro seguro que me va a echar la culpa.

-¡Ya me has hecho calentar, pendejo! No sé para qué te saco a la cancha…

Apurado, le quiso pegar a la pelota e hizo su tercera papa aérea[10].

-Mucha calentura, mucha calentura; pero a mí no me paga nunca. Es la cuarta vez que le llevo los palos y todavía no he cobrado un peso.

-Mirá, mocoso de mierda. Yo te pago a fin de mes. Si no te gusta, volvete al club. Ya vas a ver la denuncia que te hago cuando terminemos de jugar. Te puedo asegurar que no pisás más la cancha.

La amenaza terminó asustándolo. Hacía tiempo que se preparaba para ser profesional y estaba primero en el ranking de los aspirantes del club. No podía contradecirlo, sabía bien lo que le convenía. Para colmo de males, su padre trabajaba en la empresa constructora del ingeniero y no quería traerle problemas.

-Perdone. Lo que pasa es que estoy un poco nervioso. El mes que viene juego la clasificación de profesionales en Buenos Aires y tengo que sacar los pasajes. Yo cuento con la plata que usted me debe ¿sabe?

-Mirá, lo único que vas a conseguir es desconcentrarme. 

El ingeniero continuó castigando la pelotita como si le tuviera rabia y aunque intentó hacer trampa nuevamente, el riguroso control que le impusieron sus compañeros le impidió ganar la partida. Enojado, pagó la apuesta y sin darle al caddy lo que le debía, antes de subir a su auto, alcanzó a decirle:

-El martes te espero por el club. Necesito practicar los tiros largos.

-No sé si voy a poder venir, ingeniero. Tengo que hacer una losa en la parroquia.

-¡Qué losa ni losa! Vos te venís el martes como te digo; y si no, olvidate de cobrar lo que te debo.

El martes por la tarde la losa estaba terminada. Luego de cambiarse de ropa, bolso en mano, emprendió el regreso. Mientras caminaba, pensó que su padre debía haber cobrado la quincena y en una de esas podría adelantarle el dinero que necesitaba para los pasajes.

Era de noche. Al llegar a su casa, notó que algo raro ocurría y apuró el paso. Cuando abrió el portón de alambre, su hermana le salió al cruce.

-Quedate piola que está la cana. Al viejo lo echaron del laburo y se pasó la tarde tomando en el boliche de la esquina. Cuando llegó, armó un lío bárbaro y le pegó a la mamá. Por suerte, los vecinos llamaron a la seccional, sino te aseguro que la mata.

Escapándole a la golpiza, la mujer había trastabillado en el barro golpeando su cabeza contra el horno de pan y tuvo que ser trasladada de urgencia al hospital.

-¿Es cierto lo que me estás diciendo, Rosita?

No obtuvo repuesta, sólo un prolongado sollozo.

-Quedate tranquila. Esto se va a arreglar.

Volvió sobre sus pasos, hacia la ruta, para tomar el colectivo.

Durante el viaje hasta la casa del ingeniero trató de tranquilizarse. Esperaba convencerlo. Pensó explicarle los motivos por los que no había ido esa siesta a llevarle los palos, debía comprenderlo. Necesitaba la changa para pagar el hospedaje del torneo. Y por otro lado: ¿qué culpa tenía su padre?

Al llegar, se paró junto a las cocheras y tocó el timbre.

Tras las rendijas del portón, pudo verlo. El ingeniero preparaba un asado. Por la cantidad de carne que había en la parrilla, los invitados serían muchos.

“El señor está de viaje y no vuelve hasta la semana que viene”, escuchó por el portero eléctrico.

Furioso, tiró una patada al portón y, antes de irse, sin que nadie lo viera, tomó una llave y rayó el baúl de uno de los autos que estaba estacionado; también quebró su antena.

Cruzó la villa cabizbajo. Había soñado con triunfar en Buenos Aires. Él sabía que podía. Varias veces había ganado el torneo de aspirantes y todos en el club le auguraban un gran futuro, pero no sabía qué hacer…

Ansioso por llegar, apuró el paso, cruzó el arroyo y entró a la casa. Eran sólo un par de cuartuchos de ladrillo y chapa que su padre había levantado robándole fuerzas al cuerpo y material en las obras. Llamó su atención que no hubiera nadie. Luego de unos mates, comió unas tortillas y se recostó en el catre hasta quedar dormido. Hacia la madrugada, una vecina le dió la inesperada noticia: su madre estaba muerta, debían retirar su cadáver de la morgue judicial. 

….

Durante varios meses dejó de ir al club. Después, todo volvió a la normalidad: la plata le hacía falta y decidió llevar palos nuevamente.

Se aproximaba el verano y en una tarde muy calurosa, salió a la cancha. Mientras el juego se desarrollaba, una masa de nubes negras invadió el cielo de la villa y la tormenta no se hizo esperar. En instantes se lanzó un aguacero con truenos y rayos. Fue tan intenso el diluvio que los greens se inundaron, el juego se interrumpió definitivamente y los aficionados comenzaron a buscar refugio donde podían.

-Mirá, pibe, va a ser mejor que te vayás para la casilla de palos. Llevá el paraguas, yo me voy para la casa de los Garzón hasta que pare -le dijo su ocasional patrón. Luego de pagarle, enfundado en su equipo de lluvia, cruzó la alambrada.

La tormenta empeoró y pronto comenzó a granizar.

Finalmente, el caddy abrió el paraguas y buscó refugio bajo una arboleda, cerca de un galpón de chapa donde guardaban las máquinas de cortar pasto.

Mientras esperaba que la tormenta apaciguara, vio a un hombre correr hacia el lugar tirando de su carrito. No tuvo dudas: la renguera y los colores de la bolsa delataron al ingeniero. Sin pensarlo, cerró el paraguas, alzó los palos y, sin que nadie lo viera, se encaminó al galpón. Al entrar, lo encontró sentado en el suelo, al lado del banco de herramientas. Entre resuellos, tomaba aire a bocanadas: la corrida para guarecerse de la lluvia lo había agitado demasiado. Cuando advirtió la presencia de su ex caddy, la poca tranquilidad que había conseguido a fuerza de controlar su respiración, se transformó en un infierno. Excitado, con el corazón a todo galope, alcanzó a decirle:

-¿Qué hacés acá, pibe?

-Lo mismo que usted  -contestó. Y tomando el sploder[11] de la bolsa, comenzó a sonreír.

-¿Cómo andan tus cosas? -preguntó nerviosamente el ingeniero.

-Bien. Salvo que murió mi mamá y que mi viejo se está pudriendo en la cárcel,  estoy bien -contestó mientras se acercaba lentamente.

-Tranquilo, pibe… No seas rencoroso -balbuceó, mientras su cara comenzaba a transformarse y aparecían los primeros gestos de dolor.

Con la mano derecha se apretó el pecho a la altura del esternón y desesperado alcanzó a suplicarle:

-Alcanzame las pastillas de la bolsa que no puedo más, pibe.

-Tenga paciencia ingeniero.

-¡Por favor, alcanzame las pastillas!

-Tranquilo… A su tiempo todo llega ¿sabe? La muerte también.

-¡Qué te pasa! ¿Te volviste loco?

-No, todavía no -y con el fierro en la mano acortó la distancia que los separaba.

-¡No, por favor!… -imploró el ingeniero, intentando ponerse de pie sin lograrlo, y como un gusano comenzó a arrastrarse hacia la salida del galpón.

Sólo una pierna le respondía y con ella hacía todo el esfuerzo para movilizar su corpachón sobre el barro dejando atrás la huella de su pierna inerte. El caddy  tomó el sploder por el grip[12] y se aprestó a darle el golpe mortal. Sin  embargo, después de un magnífico back swing[13], sin sacarle la vista a la cabeza del ingeniero, frenó su intento y reflexionó: “Estoy mal parado acá. Si le pego así, punta de palo[14] y a la calle[15]; mejor me vuelvo al club, no sería bueno ensuciar el piso del galpón con los sesos del ingeniero.” Finalmente, esquivando el cuerpo inmóvil, sin que nadie lo viera, salió del galpón.


[1] Asistente del jugador. Lleva la bolsa de palos.

[2] Movimiento que se realiza para pegarle a la pelota.

[3] Palo de golf utilizado para jugar en los greens.

[4] Lugar donde se inicia el juego.

[5] Conjunto de tres jugadores.

[6] Palo de golf con el que se ejecutan tiros más largos.

[7] Camino hacia el hoyo.

[8] Sitio de la cancha donde se encuentran los hoyos.

[9] Sistema de ventajas entre jugadores de distinto nivel.

[10] Errar el golpe. No pegarle a la pelota.

[11] Palo de mayor peso. Se utiliza para jugar desde el bunker (trampa de arena).

[12] Agarradera del palo de golf.

[13] Movimiento hacia atrás del palo de golf.

[14] Golpe mal ejecutado.

[15] Pelota fuera de límites.

Comentarios (4)

Tincho dijo, junio 25, 2008 @ 9:29 am

Tomasito
me gusto mucho el cuento del Caddy. Esta bueno, quizás me parece un poco pesimista respecto de una cierta clase social, que ciertamente puede ser muy soreta en muchos casos, pero no siempre. Tiene un toque poesco (de E. A. Poe) y eso no es poco decir!
te mando un abrazo
Tincho

Juan Jose vagnola dijo, junio 26, 2008 @ 9:59 am

Cabrito me gusto mucho este cuento del caddy, una historia bastante dramatica al estilo de algunos cuentos de La selva de Quiroga, yo tal vez le alcanzo las pildoras, pero no soy el caddy, un abrazo segui así-
Juanito

guillermo dijo, junio 30, 2008 @ 4:10 pm

Estimado Tomas, he recorrido con mucho interés y agrado tu blog, y te felicito de corazón. No sólo reconozco en vos tu inteligencia, y señorío, sino que también me deleita el encontrar y reconocer una faceta de tu vida por mi ignorada, y que seguramente te da, y dará enormes satisfacciones, (de las qeu realmente importan).
Te mando un abrazo.

guillermo altamira.

benji dijo, noviembre 2, 2008 @ 2:57 am

hola tomás querido,
me han gustado tus cuentos en general y quería pasarte data literaria casi desconocida: un tipo cordobés que me gusta como escribe está en http://www.unpocodeaspamento.blogspot.com/
y para un poco de crudeza pero sólo literaria en:
http://www.literatura.org/OLamborghini/proletario.html
Por demás, me pregunto: sabés dónde consigo las obras completas de Isidoro Cañones?
Un fuerte abrazo, con cariño, el Benji.-

Pd. Me gusta también notar que en este sitio web tenés una linda dedicatoria al inicio además de un prólogo y advertencia. Son muy cálidos y le agregan encanto a las demás historias. Nos estamos viendo sr tío. Espero que haya más presentaciones de libros y demases.

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