EL BAR DE DON BENITO

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Jul12

Escapándole al diluvio entré al bar de la calle Ayacucho. Como era mi costumbre me senté a un costado de la barra, cerca de la registradora.

En una de las mesas que enfrentaban al ventanal de entrada, con su cabeza apoyada en el espeso cortinado, el Chiquilín Gollan observaba detenidamente la tormenta.

Hacia el fondo del salón, una pareja en amoríos refugiaba su intimidad amparada por el quiebre de los baños y en el medio, enfrentando el aparador con bebidas, estaban los de siempre: los doctores en solemnidad, los jubilados del alma, un grupo de mangines, un par de busconas, y el farmaceútico Jachevasky que discutía acaloradamente con un viajante de comercio.

Recuerdo el olor a café recién molido impregnando el ambiente y al humo de cigarrillos realizando caprichosos recorridos entre las paletas del ventilador y las botellas enfiladas sobre las estanterías. Detrás de la mesada, las copas de cristal enfriaban su espera en un tacho con hielo mientras los gemidos de un bolero terminaban de ambientar la nostalgia de ese día gris.

Afuera, el aguacero era feroz. Un viento huracanado aceleraba las gotas de lluvia haciéndolas explotar contra el ventanal y dibujar caprichosas telarañas. En la calle, la corriente arrastraba la basura saturando las bocas de tormenta y el agua ya comenzaba a subir a la vereda amenanzando con  entrar al local; sin embargo, nada de esto distraía al Chiquilín Gollan… El sólo miraba la lluvia, pensaba y pensaba…

“Un Clarito para el doctor Molina y dos San Martín secos para la mesa del escribano Novillo”, indicó Walter y de inmediato comenzó el preparado de copetines. Don Benito seleccionaba cuidadosamente los ingredientes y licores de cada pedido para después mezclarlos en pequeñas cocteleras mediante certeros golpes de muñeca: un toque de bitter, Hesperidina o limón, más el batido apropiado, eran parte importante de un secreto artesanal, jamás revelado. “Un poco de cada cosa, hielo picado y ya está m´hijo”, solía contestar con evasivas cuando alguien le preguntaba sobre las proporciones de sus alquimias.

Los relámpagos intermitentes recortaban el inconfundible perfil del Bollo González contra el fondo oscuro de la barra cuando, en forma inesperada, se abrió la puerta del bar y la elegante figura de Cané Revol quedó estampada contra la cortina de agua. Una ventolera irrumpíó en el salón levantando los manteles y haciendo rodar por el suelo las canastitas con flores secas que Doña Trini había colocado sobre las mesas. Finalmente, todas las miradas convergieron hacia la entrada y un silencio de fisgones interrumpió la tertulia de los parroquianos.

El doctor Revol se tomó su tiempo para ingresar. Se quitó el impermeable de los hombros, lo sacudió para que escurriera y, luego de doblarlo prolijamente hacia fuera para que no se arrugara, caminó lentamente hacia un perchero para colgarlo; después, cerró la puerta.

Doña Trini arqueó una ceja buscando la mirada cómplice de su marido quien, entreverado con los alcoholes, sólo atinó a mirarla de reojo y menear la cabeza.

“¡Buenas tardes a todos, menos a uno!” dijo Cané  con voz sonora sin que su amigo se diera por aludido.

Transcurrieron unos segundos y, molesto porque el Chiquilín Gollan no advertía su presencia, se le acercó sigilosamente desde atrás para propinarle una sonora palmada en la espalda.

Gollan no se inmutó. Como si nada hubiera ocurrido continuó observando la lluvia, cada vez más intensa.

Cané Revol no pudo con su genio e indignado comenzó a increparlo.

“¡Decime, pedazo de infeliz! ¿Por qué no me saludás? ¿Se puede saber qué carajo mirás por la ventana?”

Los hechos se sucedieron así: el Chiquilín Gollan giró su cabeza lentamente y mirándolo por encima del hombro, dijo fuerte para que todos escucharan: “¿Sos ciego, vos? ¡No ves la lluvia que me estoy perdiendo por no tener campos!”

Comentarios (10)

Tobias Gollan dijo, agosto 11, 2008 @ 9:11 pm

Hoy fue un dia triste para mi… fallecio mi abuelo chiquilin… gracias por hacerlo revivir con su historia, ojala todos los dias me encuentre alguien por la calle, y con gesto de alegria y nostalgia, me cuente una de sus tantas historias. Gracias!. Espero poder leer mas.

Tobias Gollan, el nieto mayor del chiquilin

Victoria Gonzalez dijo, agosto 13, 2008 @ 10:14 am

Querido Tomas
recordar asi al Chiquilin fue el mejor homenaje….
Me emocione y me encanto tu cuento.
Gracias por este recuerdo imborrable. Asi quedara entre nosotros, con ese humor chispeante, rapido y genial.
Con tu magnifica pluma tenes que continuar la saga.
Gracias.
Siempre te recuerdo, te mando un abrazo afectuoso
Victoria

Manuel González Pizarro dijo, agosto 14, 2008 @ 12:56 pm

Tomasito: Muy bueno “El Bar de Don Benito”.- Dentro de ese humor malhumorado fue donde Gollan mostró sus mejores aributos.-
En este momento me acuerdo de dos sucedidos (dentro de la misma gama) de los que también fui testigo presencial.-
1.- Chiquilín vivía en la Zona Sur y se moviizaba en aun Valiant I.- El auto era un certificado de pobreza.- Llego a visitarlo una mañana de sábado justo cuando Gollán se disponía a arreglarlo.- ¿Que sucede?, le pregunto.- Gallego pasa que este auto anda “a palo”.- ¿Y eso que quiere decir?, vuelvo a preguntarle.- Me explica: tengo que poner un puntal de madera atrás del asiento del conductor, pues el respaldo está vencido; abriendo el capot me señala que los bornes de la batería son cuñas de madera y, también, que al aceite lo medía con un ramita de sauce.- Cuando Gollan cierra el capot tropieza con un rama de paraiso, putea, la levanta con intenciones de arrojarla lejos pero recapacita y dice: mejor la guardo de repuesto y la guarda en el baúl.-
2.- Estaba Gollan con Hernán Allende Pinto en el Bar del Disco de Jardín Espinosa.- El gordo se quejaba pues el médico, después de ver los análisis clínicos, le había indicado que debía bajar 30 kilos.- El chiquilín lo mira y con mal humor le dice: si te cortás un huevo solucionás todo.-
Un fuerte abrazo.-
Manuel.-

Adolfo dijo, agosto 15, 2008 @ 11:13 am

Excelente el relato che, tiene el sello del Chiquilin, logra que te lo imagines en ese bar. El chiquilin es un personaje (definitivamente) muy dificil de definir. Yo lo conoci primero a traves de mi viejo, que me conto varias historias, todas divertidas, donde el Chiquilin era protagonista junto con mi viejo o con mi abuelo. Despues, mas grande, tuve la suerte de compartir algunos asados (y unos vinos, porsupuesto) con él, mi viejo y mi hno, y la verdad es que había una atmosfera muy especial alrededor del chiquilin. No era agradable en el trato, de hecho te puteaba hasta en el saludo, pero no se como se hacia querer. El vino era en el chiqui menos una bebida que un estilo de vida, pero siempre llevando los pedos con altura y con verborragia cargada de humor. Una vuelta cuenta mi viejo, que el abuelo Adolfo llamó a la radio haciendose pasar por el chiquilin y dijo habia encontrado al lazarillo perdido de una señora ciega, y dijo que lo buscaran en Derqui y Buenos Aires (club social), y alla cayo la vieja con sus dos enormes hijos y salio el chiquilin sin entender nada…casi lo cagan a trompadas (tranquilas las jodas q se hacian!). En fin, un personaje que se va a extrañar por mucho tiempo.

Pepi Gracia dijo, octubre 31, 2008 @ 2:44 pm

Muy bueno Tomás, creo que terminando de leer todos tus cuentos voy a tomar coraje y seguir tu consejo. Espero sea pronto ya que se puso en marcha el reloj de la ansiedad.

ana gollan alias puqui dijo, enero 13, 2009 @ 1:22 am

gracias por recordar a mi padre, pucha ya lo creo que fue un personaje ,el a dejado algo entre nosotros ,una palabra ,un recuerdo, un chiste y muchas cosas mas te quiero papa ygracias por estar a mi lado en tu ultimo aliento ciempre te recordare tu hija puqui.

Belen Gollan dijo, marzo 2, 2009 @ 11:12 pm

Tomas,
Gracias por revivir historias de mi gran abuelo. Como nieta me siento completamente orgullosa. Espero seguir escuchando y leyendo historias de el, es una sensacion increible cuando descubro otra anecdota nueva.

MANUEL TAPIA dijo, junio 26, 2009 @ 8:45 pm

Que mixtura de personaje alberga el bar de don Benito y que manera tan pícara de relatar la historia. Parece un cuento del Cacho Buenaventura.

Walter dijo, julio 13, 2010 @ 8:47 am

Soy el hijo de Benito (del boliche de benito) no se que esta haciendo en la foto pero le puedo dar algunas recetas de copetines. Un abrazo.

Fernando Avalos Mujica dijo, febrero 23, 2016 @ 6:44 pm

Nada mas entretenido que estas series de cuentos con personajes ligados a la historia de Cordoba, que en muchos casos conocimos o fuimos contemporaneos. Muy divertidos y muy bien escritos. ¡¡FELICITACIONES!!!. Un abrazo

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