CONFESIÓN ADOLESCENTE

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Jun27

Hablar de la familia de Martín, era hablar de una tradicional familia cordobesa estrechamente vinculada a la Justicia y al clero. Todos los domingos, después de misa, los Zabaleta se reunían para almorzar. Empanadas, carbonada de zapallo, ambrosía y vino del mejor, formaban parte de un riguroso rito semanal prolijamente preparado por Doña Isabel, la vieja y fiel cocinera que desde hacia años trabajaba como doméstica.

Martín tenía quince años y toda la familia era víctima de su insoportable adolescencia. Ni las penitencias de su padre, ni las palizas que le daban a diario, lo habían hecho cambiar de actitud.

Su hermano Esteban cursaba el último año de la carrera de derecho y tenía por costumbre estudiar en su habitación con varios amigos. En uno de los tantos descansos, Martín logró enterarse que los muchachos le usaban el auto al abuelo mientras éste dormía su siesta de los domingos; y también, del secreto que todos guardaban celosamente: Cielo, la mucama de comedor, se había acostado varias veces con Esteban y su primo Pepe, siendo interminable la lista de amigos que esperaban la oportunidad de hacerlo.

La Cielo, como le decían en la casa, era una muchacha fresca y salvaje; tenía diecisiete años, ojos renegridos, y un especial desenfado que la hacía muy atractiva.

Tanto había escuchado hablar de las aventuras con la Cielo, que la posibilidad de acostarse con ella se había convertido en una obsesión. Desbordado por sus fantasías confió sus intenciones al gordo Pepe quien, luego de escucharlo, le explicó con lujo de detalles su propia experiencia y prometió hacer lo posible para conseguirle los favores de la muchacha.

Una siesta, sin que Martín pudiera imaginarlo, al cruzar el patio de servicio para entrar en la cocina, se encontró con la Cielo: envuelta en un viejo batón, la muchacha secaba su pelo al sol sentada en los escalones de una caracol que daba al altillo.

Advirtiendo la presencia de Martín, la muchacha aflojó su bata y le dijo con tonito comprador:

–Titín, no me ayudarías con el ropero de mi cuarto. Necesito correrlo, es muy pesado.

Martín no lo dudó ni un instante. Al subir, observó con asombro que ella no tenía nada puesto debajo del batón y las piernas se le aflojaron a punto tal que casi rueda por la escalera. Atolondrado, entró al dormitorio de servicio llevándose todo por delante e inmediatamente se dispuso a correr el mueble. Finalmente, al darse vuelta para preguntarle en qué lugar debía ubicarlo, ocurrió lo que tanto había soñado: La Cielo estaba sobre la cama, totalmente desnuda, esperándolo…

Días después de aquel inesperado debut, Doña Isabel le pidió que le hiciera el favor de avisar a los estudiantes que la merienda estaba servida. Lejos de hacerlo, aprovechó la ocasión para comerse todo el bizcochuelo que la mujer les había preparado. Más tarde, cuando Esteban se dio cuenta de lo ocurrido, los muchachos salieron a buscarlo por todos lados y al encontrarlo le dieron una buena paliza.

Martín decidió que las cosas no quedarían así. Al llegar su padre, tal como lo había escuchado de boca de los muchachos, acusó a su hermano de haber usado sin permiso el auto del abuelo, involucrando también a todos los amigos y a su primo Pepe.

Hartos de las impertinencias y alcahueterías del mocoso, los muchachos dispusieron darle un escarmiento. Dejaron transcurrir un par de días y le hicieron saber por Doña Isabel que su primo Pepe necesitaba hablar con él en forma urgente. Finalmente se encontraron en la puerta de calle.

-¿Qué te pasa? ¿Para qué me andás buscando? – preguntó Martín con aire altanero.

-¿Cómo, qué me pasa? ¿No te enteraste? La Cielo anda con problemas…

-¿Qué problemas? –contestó ingenuamente.

–La Cielo está embarazada y dice que el chico es tuyo.

Martín empalideció.

–No es cierto, me estás jodiendo –dijo entre preocupado y dudando.

–Mirá Martín, la cosa es grave y no te estoy jodiendo. Ella me ha dicho que la obligaste. Que si no se acostaba con vos le ibas a contar todo lo que sabías a Doña Isabel. Por eso te ha hecho una denuncia en la seccional. Tenía miedo que la echaran de la casa y quería cubrirse.

–¿En la policía? ¡Está loca! Si ella me buscó. Vos lo sabés muy bien.

–No sé. Si fuera como decís, tendrías que haber tomado las precauciones que te dije; la Cielo no cuenta lo mismo… ¡Ah!, acá tenés la copia de la citación policial. Me parece que vas a tener que aclarar un poquito las cosas Martincho.

En el escritorio del abuelo de Martín, en una hoja con membrete judicial llena de sellos borrosos y terminología jurídica poco entendible, los muchachos habían falsificado la citación caratulando el hecho como: “Cielo Aguirre contra Martín Zabaleta” (Reconocimiento de hijo), haciendo constar que en tres días debía presentarse a declarar en la policía, de lo contrario sería llevado por la fuerza pública.

Cuando Martín terminó de leer la citación, la angustia hacía estragos en su garganta.

–Tu viejo no sabe nada. Acabamos de encontrar la cédula en el buzón del estudio del abuelo –le dijo Pepe con cara de preocupado para sentenciar después: –Si la cosa se pone fulera te vas a tenés que casar, Martincho.

Haciendo un esfuerzo para contener las lágrimas, Martín comenzó a vociferar:

–¡Ustedes son unos bosteros de mierda! ¡Eso es lo que son! Yo lo hice solamente una vez, ¿por qué voy a tener que casarme? – Y abatido, quedó sentado sobre el cordón de la vereda apretándo su cabeza con las manos.

Esa noche no pudo dormir y a la mañana siguiente dispuso faltar al colegio.
Sin desayunar, tomó su portafolio y partió hacia el jardín zoológico. Para colmo de su desgracia, Doña Isabel, que a esa hora limpiaba los balcones de la casa, lo observó cuando cruzaba la avenida del parque con rumbo distinto al acostumbrado y, sin demora alguna, informó lo sucedido a la madre.

–Es raro señora, fíjese que ni el desayuno ha tomado –dijo extrañada la mujer.

–¡Ya le voy a dar a ese pícaro! ¡Mirá que hacerse la chupina!

Martín regresó al mediodía, como si nada hubiera pasado. Cuando se disponía a subir al dormitorio y pasar desapercibido, su madre lo llamó:

–¡Venga para acá! No crea que me engaña. Yo sé que usted anda en malos pasos. ¿Se puede saber qué está pasando?

El muchacho no pudo más. Resignado, con lágrimas en los ojos y su cara inundada de vergüenza, atinó a decir:

–Es cierto, mamá. Yo me acosté con la Cielo.

Comentarios (2)

Pirucha dijo, junio 14, 2008 @ 8:54 pm

Me gustó; fresco, espontáneo…Muy real ¿no?

ALFREDO dijo, marzo 24, 2012 @ 11:51 am

Me agrada que rescate éstas anécdotas juveniles y que no queden en el olvido. Más alla que el contexto social cambió totalmente, son pequeñas perlitas de una Córdoba que se fue. Cuantas nostalgias, cuantos cambios… Me trajo recuerdos de mis épocas de estudiante en esa ciudad. Desde Salta, un gran abrazo.

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