CON SALIDA Y SIN SALIDA

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Dic16

Al Dr. Alejandro Mosquera

 

Las cosas no habían ocurrido de acuerdo a lo planeado. Tendrían que apresurarse y regresar a Córdoba, recién allí repartir el dinero.

Doscientos sesenta y siete mil dólares y un fajo de billetes bolivianos al que nadie prestó atención a la hora del recuento. Casi noventa mil para cada uno…

No se equivocó al elegir esa elegante confitería para encontrarse con sus socios.  Ese exclusivo salón de la sociedad potosina, frente a la plaza de armas, les daría cierto anonimato. Nadie sospecharía que allí podrían reunirse los asaltantes de la Cooperativa  Eléctrica Boliviana.

Por un momento recordó lo sucedido: de no ser por ese maldito policía estarían llegando a Tupiza, a punto de cruzar la frontera con Argentina.

Acomodó su silla, sacó los cigarrillos y corrió la cortina para ver hacia afuera. Al rato, más distendido, comenzó a observar a los transeúntes: todos formales, todos de gris. Con el aplomo de un cliente de años,  pidió un desayuno. Sin embargo, la ansiedad lo tenía a mal traer. A cada instante acomodaba el cuello de su camisa y hacía girar en su dedo un ampuloso anillo con sello, recién adquirido en una casa de empeño. El contraste de su corbata amarilla con el traje oscuro también era notable. Había comprado el anillo y la ropa con plata boliviana y, según sus cálculos, aún le quedaba suficiente para una noche de juerga. Repetto no se enojaría con él por haber gastado esos pocos billetes bolivianos con los que se había quedado; era una suma menor, casi insignificante.

Imitando a los vecinos de mesa, intentó tomar una medialuna con un par de servilletas y, al hacerlo, hundió el puño de su camisa en el plato con mermelada.

“¡¡Carajo!!”,  dijo en voz baja y continuó sus pensamientos. Si Repetto no aparecía, él y Marta se quedarían con todo… “¿Cómo estaría el Nano?”, se preguntó inquieto mientras terminaba su desayuno. “Sería bueno llamarlo para que no se preocupe…”

Su hijo era lo único que realmente le importaba. Durante los años en prisión, su ex mujer se había encargado de distanciarlos y de llenarle la cabeza con mentiras. Tenía claro que no había hecho las cosas bien, pero su hijo era su hijo. Ahora, con plata y un buen abogado, lograría tenerlo con él e iniciar una nueva vida junto a Marta. Se había prometido que nunca más le faltaría nada, que jamás volvería a esa inmunda cárcel de barrio San Martín.

Miró por la ventana y creyó ver a Marta, pero se equivocó: ella tenía el cabello más largo y las caderas más anchas.

Recordó nuevamente a su hijo. Al llegar a Córdoba le regalaría una computadora, también el televisor y la bicicleta  prometida.

Repentinamente se abrió la puerta de la confitería y una  persona de traje oscuro encaminó sus pasos hacia él. Por un instante pensó en lo peor; pero el hombre pasó a su lado y terminó por sentarse en una mesa contigua. Pasado el mal momento, se dedicó a observarlo de reojo: sus modales eran elegantes. Lo imaginó profesor universitario, abogado, seguramente banquero o empresario; aunque también podría ser dueño de un ingenio, como llamaban a las plantas minerales en el Potosí. Por suerte su imaginación lo mantuvo ocupado durante un tiempo.

Cuando la ansiedad que le provocaba la espera estaba a punto de desbordarlo ingresó a la confitería otra persona que desgraciadamente no era ni Marta ni Repetto. Sorteando las mesas, se sentó frente al elegante sujeto que había entrado anteriormente.

Luego de saludarse, conversaron:

–¿Regresa a España, señor?

–Sí. Lo lamento. Dos semanas de espera es mucho tiempo. Hubiera sido una excelente nota… A veces pienso que hemos estado tras un mito, uno de tantos que circulan por esta extraña ciudad.

–Disculpe pero ya gasté la plata que me entregó, señor. No podré devolvérsela.

–No se preocupe, no tiene importancia.

Contrariado, el hombre tiró un puñado de billetes sobre la mesa para luego retirarse de la confitería.

Su nerviosismo no le había impedido escuchar la conversación  de la mesa vecina y, sin disimulo, miró a la persona que había quedado sola. Su actitud no fue mal vista. El hombre hizo un gesto de resignación y, con cierta complicidad, arrimó su silla para decirle:

–¡Qué loco está el mundo, amigo! La persona que estaba conmigo es un periodista español que buscaba información sobre unos bares para enfermos terminales y drogadictos desahuciados que existen en las afueras del Potosí. Gente sin remedio, sabe usted… Lo enviaron  del diario “El Mundo”, de Madrid, para realizar una nota exclusiva sobre el tema. Al dato se lo había dado un ex embajador argentino en Bolivia. El hombre ofreció pagarme buena plata para que obtuviera alguna pista con gente del bajo fondo. Fue una lástima, estábamos muy cerca de obtenerla. Doña Margarita, la regente del burdel de “Las Cinco Esquinas”, me lo contó todo por cincuenta dólares y quedó de enviarme a la confitería la dirección y la contraseña para entrar a uno de esos bares. Hace días que esperamos la información pero el gallego se cansó de esperar y se fue.

Por un momento miró desconfiando hacia otras mesas y bajando el tono de voz, continuó su relato:

–A esos bares no entra cualquiera, hay que tener mucho dinero. Allí se ingresa de dos maneras: “con salida” o “sin salida”. Si pagas “con salida”, ocupas una cama y tomas las drogas que te agraden, pero nunca te dejan morir, siempre hay un médico presente que resguarda tu vida.  Ahora, si pagas “sin salida”, antes de entrar firmas un documento y en cuanto te pasas de la raya, partes hacia el otro mundo sin remedio. Eso sí: te aseguran buen cajón y anónima sepultura. Los precios no son los mismos, dejarse morir es muy costoso…

Luego de sus confidencias, el extraño personaje regresó a su mesa, apuró el resto de su café ya frío y salió sin despedirse…

Nevamente lo acosó la ansiedad: ni Marta ni Repetto aparecían.

Habrían transcurrido unos veinte minutos cuando una persona con anteojos negros ingresó a la confitería y esquivando las sillas con un bastón blanco, se encaminó directamente hacia él. A llegar a su lado, mirando hacia la nada, le dijo con piedad:

–Espero que se arrepienta, señor. Dios se apiade de usted.

Dejó una nota sobre la mesa, dio media vuelta y salió a la calle.

Alcanzó a leerla y, sorprendido, continuó esperando a sus socios.

Hacia el mediodía la situación ya era preocupante. Sin clientela que atender, los empleados de la cocina conversaban detrás de la barra. Uno de ellos pulsó el televisor para ver las noticias del mediodía y allí, en la pantalla, apareció el rostro de Marta.  A pesar de que tapaba su cara para evitar los flashes fotográficos, pudo reconocerla. La habían detenido frente a la pensión donde se alojaba.

No podía creerlo. Le había rogado que se hospedaran juntos, pero según ella corrían menos riesgos estando separados y no le hizo caso. Lo mismo ocurrió antes del asalto, cuando le dijo que la peluca era corta, que siendo pelirroja la identificarían fácilmente…

Antes de retirarse de la confitería, escuchó las últimas noticias: ya habían detenido a Repetto y hasta su propio identikit era mostrado minuto a minuto por el canal oficial. No estaba bien confeccionado, pero la cicatriz en la frente lo delataba.

Salió a la calle.  La congestión de tráfico era infernal. El olor a gasoil  se encajonaba en  las angostas veredas de piedra, mientras la gente entraba y salía de los bancos. En la plaza la banda de música hacía sonar los instrumentos con estridencia militar y hacia el bajo de la ciudad los mineros en huelga lanzaban al aire cartuchos de dinamita en señal protesta.

Después de hacer un giro bancario y despachar carta a Córdoba, subió a un taxi, respiró hondo y tragó saliva. Finalmente, abriendo el bollito de papel que hacía tiempo apretaba en su mano, indicó al chofer una dirección camino a las termas, hacia las afueras del Potosí.


Comentarios (3)

José Luis Quintana dijo, febrero 18, 2009 @ 10:26 am

El Dr. Alejandro Mosquera fue embajador argentino en Bolivia. ¿Tiene alguna relación la dedicatoria con el cuento?

Angelina Chavez dijo, junio 5, 2009 @ 1:35 pm

Tienes una forma sencilla de relatar historias complicadas. Me gusta tu complicidad con los lectores. También tu manera de describir, con pequeños comentarios o situaciones, el estado de ánimo o la personalidad de los personajes. Saludos

Ruben dijo, junio 5, 2009 @ 7:15 pm

Son buenos tus cuentos. Los saltos de situaciones y los diversos escenarios en que haces jugar a los personajes, hacen del relato, una composición divertida y muy amena.

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