CASA DE TRATOS

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Nov26

Finalmente sus amigos se retiraron del bar frente a la plaza y lo dejaron solo. El ingeniero pidió otro fernet. Tenía la plata de su jubilación en el bolsillo y decidió que un poco de diversión no le vendría mal. Partió hacia el centro de la ciudad para visitar a las “chicas malas”. Le costó trabajo descender de su automóvil para ingresar al burdel.

Ligeras de ropa las alternadoras chacoteaban con los clientes. Tomaban “té con hielo” en vasos de whisky y los anotaban en una planilla. En cuanto pasaban a las gateras de amor, la encargada les entregaba fichas de distintos colores: rojas por los “completos”, amarillas por las “medias francesas”.

Él ingeniero se ubicó en una esquina del mostrador y se acurrucó entre las sombras. Los ritmos tropicales retumbaban en las paredes, las parejas bailaban y reían, el humo de cigarrillos se perdía en la oscuridad de los techos.

Ella estaba detrás de la barra, cerca de la caja.  De porte voluminoso, ostentaba sus pechos sobre un corset de raso ajustado por una fila de botones nacarados a punto de zafar de sus ojales. Su colorida faja era como una hondera gigante. Si se le escapaba un botón alguien podría perder un ojo.

Cerca de la cocina un repartidor de cerveza cobraba su factura  mientras una de las chicas le pedía a la mujer un geniol y le contaba algo sobre su madre. Buscando complicidad  el ingeniero le guiñó un ojo a otro cliente y dijo su frase matadora:

-“Las chicas buenas van al cielo, las malas a todas partes”. Su compañero de barra no se inmutó. Apuró el fernet. La mujer lo miró con ternura. Hacía varias noches que conversaban, solo conversaban. Finalmente ella le comentó con tonada caribeña:

–¿Sabes lo que eres tú para una muchacha sola, chico? Eres como un árbol inmenso en el medio del desierto con una palangana de agua así de grande –dijo exagerando el tamaño con sus brazos y continuó:

–Los setenta que dices tener no los representas.

–No será para tanto. –Le contestó él ingeniero bajando la cabeza. Pidió otro fernet.

–Por lo que te conozco, eres una buena persona. Hoy en día los hombres te fajan,  no valoran tu trabajo; lo único que les importa es el auto, comer bien y que les den una buena mamada.

Cobró una media francesa, entregó la ficha y continuó:

–Contigo se puede hablar. Eres una persona amable; además, tienes casa propia y la jubilación como ingeniero.

Había pasado más de una hora cuando llegó el encargado del prostíbulo. Su panza era como la proa de un barco esquivando la tormenta; su andar, lento y bamboleante. Vestía camisa azul, pantalón negro, cinto blanco finito y zapatos de charol.

Miró a la encargada de reojo. No dijo nada. Abrió la caja registradora y retiró los billetes grandes para juntarlos con otros que ya traía en el bolsillo, apretados con una bandita elástica. Se sirvió una cerveza y un sándwich de milanesa, pasó a la trastienda y encendió un televisor.  Ella ni lo miró.

–En la vida lo importante es estar “chévere”. A los quince años, cuando me trajeron de Colombia, conocí al gordo en el Abasto. Todos decían que era un “culiado” pero yo supe verlo con otros ojos, hace tiempo que estamos juntos y, hasta ahora, nunca me fajó…

 

Comentarios (3)

Ivan dijo, junio 27, 2012 @ 9:09 pm

Me parece que los prostíbulos de hoy son otra cosa. No creo que las prostitutas tomen té con hielo. De cualquier manera me gustó como semblanza de una época que ya fue.

MARISOL dijo, septiembre 24, 2012 @ 7:41 pm

Cuanta soledad, cuanta necesidad de a dos. Me gustan tus relatos, son muy humanos e invitan a reflexionar.

Arcadio dijo, noviembre 27, 2013 @ 10:45 am

Me gusta la naturalidad y frescura de tus cuentos.

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