CACHIMAYO

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Nov30

Apagó el televisor y se retiró hacia los dormitorios del colegio para descansar. Miró por el ventanal, las luces de la ciudad parecían luciérnagas enloquecidas aferradas a las ramas de los árboles.

Finalmente logró conciliar el sueño. A medianoche se despertó sobresaltado, un extraño haz de luz destelló sobre su cama.

Pensó que eran los reflectores del edificio pero no fue así. Era una masa compacta, un sendero luminoso de unos diez centímetros de espesor que irrumpía por las luceras del dormitorio. Asombrado comprobó que la alfombra lumínica continuaba hacia el vallecito.  Extendió su mano para tocarla, era espesa y mullida.  Intrigado, se trepó a ella y constató su inestabilidad; parecía estar sobre un colchón de agua. No quiso aventurarse y saltó hacia un costado imaginando que soñaba, que había sido una pesadilla. Sin embargo, en la mesa de luz estaban el celular y el reloj, tal cual los había dejado.

Decidió investigar. Sin  hacer ruido,  fue hacia los baños y refrescó su cara. Regresó al dormitorio. El manto de luz continuaba iluminando su cama. Se vistió, tomó un viejo bastón que había sido de su abuelo y trepó al sendero luminoso. Tambaleando comenzó a caminar sobre un el vallecito rodeado de cerros. Cuando quiso acordarse había recorrido cientos de metros, se había alejado de la ciudad de la Cumbre, rumbo al Uritorco. Tardó en estabilizarse, el bastón ayudaba; era un bastón antiguo, de palo duro y con empuñadura de asta rematada por una talla indígena. Su abuelo lo había  apodado Cachimayo que, en quechua, significa “río de sal”. Con él había realizado infinidad de travesías montañosas.

Mientras se acercaba a Capilla del Monte observó sus avenidas enmarcadas por el caserío, los semáforos titilantes, el río Calabalumba serpenteando por los bajos y la luna reflejada en los reservorios de agua.

Tomó conciencia de que la caminata hacia los cerros no sería fácil. Luego de andar un par de horas en subida, entre vapores y tinieblas, comenzó a escampar. Las nubes se apelotonaban contra el filo de las quebradas mientras el sendero continuaba su ascenso en sentido incierto. Finalmente  la alfombra  luminosa comenzó a moverse como si fuera una escalera mecánica. No necesitaba caminar y decidió tirarse al suelo  para no caer. Por prudencia se quedó quieto hasta que el sueño lo venció.

Despertó cuando el sol estaba en su plenitud. Tomó coraje y se incorporó para ver dónde estaba. Su asombro fue mayúsculo, el cerro WaynaPichu era el telón de fondo de un conocido paisaje montañoso. Lo sabía porque durante años había visto los álbumes de foto de los viajes de su abuelo y era imposible no reconocerlo.

Ingresó por la puerta del sol hasta llegar a  Machu Picchu y descender frente al altar de los sacrificios. Un guerrero ataviado con sus mejores galas lo esperaba. Extendiendo sus manos lo invitó a apearse. No portaba armas, su actitud era plácida y sus gestos cordiales. Le entregó un rollito de cuero de vicuña con inscripciones incaicas, un cesto con frutas frescas y un cántaro con agua. Luego de abrazarlo le señaló el sendero luminoso para que regresara por donde había venido.

–¿Quién es usted? – Alcanzó a preguntar antes que el sendero comenzara a moverse nuevamente.

–¡¡Cachimayo!! –contestó una voz sonora.

Esa mañana, al despertar, una de sus manos aún  se aferraba al bastón de su abuelo y la otra sostenía el cuero enrollado con inscripciones indígenas.

Años después, un viejo chamán de la localidad de Ollantaytambo en Perú, antes de iniciar su travesía por el Camino del Inca, le tradujo el mensaje.

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CACHIMAYO dijo, mayo 24, 2012 @ 7:41 pm

Gracias por contar.

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