BATUQUE

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Abr27

Batuque era un perro de raza orgía, miles de celos vagabundos que la naturaleza había arremolinado en Pozo del Tigre.

Se lo entregaron a Don Lencina cuando era cachorro, en pago de unas maneas para potro y de un pellón mal curtido.

“Si sale a la madre va a ser bravo” le advirtió el arriero que lo traía a caballo.

Y así fue. Con el tiempo, nadie pudo entrar al campo donde Don Lencina tenía su talabartería, si el perro no estaba atado. Muchas veces, el trenzador de tientos pensó que sería peligroso que escapara y mordiera a alguien, pero Batuque resultó tan guardián que decidió correr el riesgo. Eso sí, pronto tomó conciencia de que no debía faltarle comida, era la clave para mantenerlo apaciguado.

Más de una vez Batuque le había dado un susto, sobre todo cuando comía y algún extraño se acercaba al rancho. Por suerte, un par de rebencazos terminaban inmediatamente con la fiereza del animal. La autoridad se imponía al instinto.

Ya le habían dicho los arrieros. Batuque era hijo de perros cimarrones que ellos adiestraban para cazar pumas cebados; el gobierno les ofrecía veinte pesos por hembra muerta y otro tanto por cada cuero. Más de una vez los había observado en jauría zigzagueando por las quebradas detrás de los jinetes. Eran animales hocicudos, de pelo pardo erizado, colas largas, ojos renegridos y dientes como agujas. Había que verlos pelear por un pedazo de tripa después de una carneada. Ni hablar de la actitud de los machos cuando un perro extraño se les acercaba para disputar un celo o restos de comida. Los arrieros los mantenían hambreados para aumentar su fiereza; sin embargo, Don Lencina tenía a Batuque bien alimentado.

Sentía orgullo por su perro y cuidaba que no  enfermara. Siempre estaba atento a las visitas de los inspectores del Senasa, para ponerle vacunas y desparasitarlo a cambio de algún cinturón campero o de un llavero trenzado. Más allá de estos cuidados, Don Lencina estaba advertido de la ferocidad de Batuque y había tomado precauciones: un viejo gallinero oficiaba de canil y una gruesa cadena lo sujetaba la mayor parte del tiempo.

Lo había apodado Batuque, más por capricho que por otra cosa. Era sigiloso y casi no ladraba. Un par de gruñidos y mucha velocidad eran sus principales características antes de atacar. Cada vez que lo soltaba había problemas. Primero liquidó un par de gallinas, después unos gansos y finalmente un cabrito. Fue allí cuando decidió atarlo todo el día y soltarlo sólo de noche, cuando sentía ruidos extraños y el resto de los animales estaban encerrados. Superado el incidente, volvía a atarlo y le daba de comer para recompensar su bravura.

Mientras Don Lencina estaba presente Batuque obedecía de inmediato por temor a un castigo. Bastaba con mostrarle un rebenque o una lonja de cuero y el animal se retraía o reculaba. No había que descuidarse, su mirada lo decía todo: pupilas negras y brillantes atravesadas por una raya gris adiamantada, eran miras telescópicas que se achicaban o agrandaban según el tamaño de su oponente.

Una tarde, antes de la temporada de lluvias, Don Lencina salió en compañía de Batuque a rastrear un par de cabras que se habían escapado de los corrales. Inició el recorrido por el resbaladero de la Toma, un lugar inhóspito donde las vertientes siempre traían agua. Trepó a los cerros más altos, oteó valles y quebradas sin obtener resultado alguno. Después de varias horas de búsqueda lo sorprendió una tormenta, el cansancio se apoderó de él, y para evitar inconvenientes decidió pasar la noche en la Cueva de los Negritos, durmiendo sobre su recado, al lado de su perro. Un salame duro y unos mangrullos de pan casero paliaron su hambre y sólo las puntas sobrantes fueron a parar al estómago de Batuque quien a esta altura de los acontecimientos estaba famélico y daba muestras de abatimiento. Agua no le había faltado, años atrás, en sus tiempos mozos, Don Lencina había recorrido esos parajes llevando tropillas desde Pozo del Tigre hasta El Infiernillo y los conocía como la palma de su mano.

Al día siguiente, cerca del mediodía, se dio por vencido y optó por abandonar la búsqueda; estaba cansado, le dolía todo el cuerpo. La decisión de regresar le pareció acertada, no valía la pena arriesgarse más por un par de cabras viejas.

Orilló el cerro Mogote, trepó la cuesta del Chirín, cruzó por el bajo de Las Vertientes y al llegar al pozo de Las Corzuelas, ocurrió lo inesperado: su caballo dio un mal paso y resbaló por la pendiente haciéndolo rodar cuesta abajo entre las piedras, hasta terminar recostado bajo la sombra de un molle, maltrecho y dolorido.

Aturdido por el porrazo, Don Lencina intentó incorporarse pero no pudo. La punta de una costilla rota se le insinuaba bajo la piel y casi no podía respirar. Allí quedó un largo rato tomando aire a borbotones, con el cuerpo magullado, rebenque en mano y la estoica compañía de Batuque.

Pensó que pronto se recuperaría, que en algún momento lograría montar nuevamente su caballo y regresar al rancho; pero las cosas se complicaron. Cada vez que intentaba ponerse de pié, un dolor en la rodilla se lo impedía.

Mientras recuperaba fuerzas, advirtió que una hilaza de sangre caliente corría entre sus piernas y escapaba bajo la tobillera de su bataraza. Para detener la sangradura, destrenzó rápidamente los tientos de su rebenque e intentó un torniquete a la altura del muslo. A pesar de la rapidez con que lo hizo, la sangre derramada continuó su recorrido entre las piedras hasta colmar una pequeña hendidura, capricho de las raíces del molle. Fue curioso; habían transcurrido sólo unos minutos cuando el espeso coágulo bermellón desbordó su cuenco leñoso y serpenteando cuesta abajo llegó hasta el hocico de Batuque, que yacía a la sombra, muy cerca de él.

Al oler el sancocho rojizo, el animal pegó un respingo y luego de un par de lengüetazos su mirada comenzó a transformarse. Un escalofrío correteó por el cuerpo de Don Lencina. Primero tuvo un mal presagio, después miedo y finalmente pánico. Sin embargo, bastó con que desatara el torniquete y sacudiera los tientos, para imponer una vez más su autoridad logrando que Batuque reculara, tomando distancia.

A partir de allí, las pupilas del animal fueron dilatándose cada vez más.

Don Lencina intentó controlar la situación y le arrojó un par de piedras para que se alejara, pero las que tenía a su alrededor pronto se acabaron. Arrastrándose con dificultad, afirmó su espalda contra la corteza del árbol, desenvainó el facón y mantuvo en alto los tientos destrenzados del rebenque.

Batuque supo esperar.

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Comentarios (17)

manuel dijo, agosto 22, 2008 @ 4:00 pm

Sorpredido por el estilo y la morajela de cuento, no puedo dejar de reflexionar sobre una analogía con la condición humana. Me gustó.

karina dijo, agosto 22, 2008 @ 10:00 pm

Un cuentazo. Felicitaciones.

Orli dijo, agosto 23, 2008 @ 9:15 pm

Sus cuentos tienen siempre un remate sorprendente. ¿es condición del género?

Teresa! dijo, enero 18, 2009 @ 5:35 am

Orli… pareciera, no? siempre remata y te deja pensando.
Te felicito papá vengo leyendo todos los comentarios uno por uno…
y me alegro mucho, mucho y me siento orgullosa y contenta con
lo que trasmitís!

Te quieroooo!!

Pop!S.

gingerale dijo, febrero 20, 2009 @ 2:30 pm

Una auténtica joya.

IRINEO dijo, julio 13, 2009 @ 11:39 am

A mi gusto, “BATUQUE”, es uno de sus mejores cuentos. Además de entretenido tiene una gran moraleja. Saludos.

Adriana dijo, enero 26, 2010 @ 10:20 am

Hola Tomás te felicito, me encantó el tema, un relato impecable.

Cata Poggio dijo, julio 29, 2010 @ 12:11 pm

Otro cuento brillante. Das lugar a varios tipos de reflexiones, mediante absoluta economía de palabras.

África dijo, diciembre 17, 2011 @ 10:15 pm

Gracias por tan hermosos cuentos de verdad son una joya

Gloria dijo, enero 24, 2012 @ 6:59 pm

Por casualidad entré a este blog… excelente los cuentos que hasta ahora he leído… Seguiré leyéndolos… Reciba saludos

marcelo dijo, mayo 1, 2015 @ 12:52 am

vivo en un pueblo cerca de la costa aca en
California, pero el cuento me llevo automaticamente a los personajes demi cordoba natal, excelente cuento…!

Jaime Lowi dijo, mayo 5, 2015 @ 11:50 pm

Me gusta leer y estos cuentos estan buenisimos sobre todo los finales .Seguire leyendolos y reciba usted mis cordiales saludos.

Susana dijo, enero 22, 2016 @ 3:51 pm

Excelente cuento!!!!
No los conocía y me encantaron!!!!
Seguiré leyendo, también me gustan porque son cortos y buenísimos!!!!

lili dijo, febrero 26, 2016 @ 9:58 pm

excelente cuento !!!

alicia aguilera. dijo, marzo 12, 2016 @ 12:33 am

Me encantan los detalles eso de ponerle Batuque.

Raúl Gomez dijo, abril 29, 2016 @ 8:53 am

Me encantó, te deja pensando, felicitaciones…

Alfonso Roqué dijo, marzo 21, 2017 @ 11:29 pm

Excelente relato. La simpleza del final hace que sea una genialidad. Saludos!

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