Dedicatoria

Cuentos de Córdoba y su Gente

PARA LEER

CONFESIONES

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Mar24

Esa noche, mientras conversábamos en el bar, se animó a confesarme que durante su adolescencia necesitó aferrarse a las formas de las cosas sin importarle demasiado el porqué. Así logró vivir en armonía durante un tiempo. Quería tener certezas, no correr riesgos, cultivar amistades con gente educada y formal, generar códigos de pertenencia a una manada social que lo aceptara mediante un estilo de vida esperado. Debía ser monedita de oro para caerles bien a todos.

Prosiguió diciendo que después de cumplir los veinte vivió perturbado por lo que le sucedía e intentó armonizar el doble discurso entre la forma y el fondo de las cosas sin lograrlo. Fue una época confusa y contradictoria.

Manifestó resignación cuando me contó que a partir de los treinta se fue dando cuenta de que la realidad era otra y no lo que parecía ser. Así ocultó su verdadera identidad detrás de máscaras que protegieron sus miedos para sobrevivir sin ser rechazado.

Hizo una pausa y me dijo que recién al cumplir los cuarenta empezó comprender al ser humano y sus contradicciones; por ejemplo: que un médico que había salvado la vida a innumerables pacientes en un hospital público, también podía ser un torturador de presos políticos en la época de la dictadura militar; que un cura de un colegio católico, además de dedicar su vida a resaltar las virtudes de Cristo, podía abusar sexualmente de sus alumnos al reparo de una institución religiosa; que un amigo de toda la vida, después de compartir alegrías y desventuras, podía ser capaz de una traición por unos pesos miserables; que un juez, ministro de justicia, quien había jurado respetar y hacer respetar las leyes, podía condicionar sus fallos a un ascenso o a una coima; que un político, elegido por la mayoría del pueblo, podía ser capaz de ejecutar un plan siniestro para su país y hacer todo al revés de lo prometido en la campaña electoral.

Pidió otro café y dijo que llegando a los cincuenta logró develar algunas dudas, entre las que mencionó: que las enseñanzas de Cristo o el espíritu cristiano no son patrimonio exclusivo de ninguna religión; que un homosexual no es un degenerado sino un ser humano con una preferencia sexual diferente; que la pobreza no es consecuencia de la vagancia o la pereza y que, en la mayoría de los casos, lo es de la ignorancia, de la falta de contención social y del egoísmo humano; que la intolerancia y la soberbia son hijas de los miedos; que las personas son lo que son y no lo que uno quiere que sean; que la soberbia y la intolerancia engendran violencia; que la verdadera libertad consiste en poder elegir con quien compartir nuestras vidas; que la amistad y el amor son caminos de ida y vuelta y que hacen falta dos para transitarlos. Más..

PARA LEER

LA MANZANA PROHIBIDA

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Mar02

Hacía tiempo que el viejito recorría junto a su mujer las góndolas del supermercado.

“Cuándo terminará con estas malditas compras” pensó aburrido mientras empujaba el carrito hacia el sector de las frutas.

Desbordando los cajones, el rojo intenso de las manzanas de Río Negro contrastaban con el  verde monótono de las verduras.

Las observó detenidamente: eran tentadoras como ninguna otra fruta. Por el tamaño supuso que eran arenosas, pero por su color las imaginó deliciosas. En realidad, nunca lo sabría sin probarlas. “Igual que las mujeres”, pensó. “Algunas son lindas por fuera y desabridas por dentro. Otras, todo lo contrario”, sonrió pícaramente.

Sin reparar en los carteles, se acercó a la estantería y tomó una de ellas. Tenía  forma absolutamente femenina. Abstraído por su belleza, la frotó contra la solapa de su cárdigan para sacarle brillo y curiosamente, como si fuera un espejo, la manzana reflejó el entorno. Era tal la nitidez con que veía, que hasta logró observar los números que marcaba la balanza: tres kilos de papas, dos de cebollas, medio de pepinos y unas hermosas piernas asomando por debajo de la caja registradora.

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