No hubo dudas, la reconocí de inmediato. Durante años vivimos en el mismo barrio, en la misma cuadra. Yo iba a segundo del Liceo y ella a tercero del Integral.
La vi por última vez frente al bar de la plaza, muy enojada…
Solía espiarla desde una terraza vecina. La recuerdo enmarcada por el ventanal de su dormitorio, cuando su desenfado adolescente era iluminado por las tibias resolanas que filtraban las magnolias de su jardín. Ella acostumbraba ver televisión -la novela de la tarde- con su cuerpo despatarrado sobre la cama, apenas cubierto por un edredón. A esa hora ya vestía una camisola con breteles finos cuyas transparencias insinuaban su cuerpo de mujer floreciendo.
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-Unquillo era otra cosa -dijo serio el Payo Ortiz -Antes la gente se saludaba, todos se conocían; ahora te empujan en la vereda y si te caes, te pisan…
Hacía tiempo que este hidalgo de Unquillo, este señor de la amistad, tomaba a sorbitos su Fernet servido en una pequeña copa de vidrio, tan pequeña como su esperanza.
Desde la mesa del bar, a un costado de la Municipalidad, el Payo observaba la larga avenida en espera del ómnibus que lo llevaría a Cabana.
-Ya no tengo con quién conversar -le confió a su amigo -Se acabó la elegancia, el buen decir. Todos hablan de plata, dicen palabrotas, andan con el celular en la mano develando intimidades en público sin importarles nada del prójimo… -¿Vas a tomar algo? -preguntó con ojitos vivarachos buscando conversación.
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Batuque era un perro de raza orgía, miles de celos vagabundos que la naturaleza había arremolinado en Pozo del Tigre.
Se lo entregaron a Don Lencina cuando era cachorro, en pago de unas maneas para potro y de un pellón mal curtido.
“Si sale a la madre va a ser bravo” le advirtió el arriero que lo traía a caballo.
Y así fue. Con el tiempo, nadie pudo entrar al campo donde Don Lencina tenía su talabartería, si el perro no estaba atado. Muchas veces, el trenzador de tientos pensó que sería peligroso que escapara y mordiera a alguien, pero Batuque resultó tan guardián que decidió correr el riesgo. Eso sí, pronto tomó conciencia de que no debía faltarle comida, era la clave para mantenerlo apaciguado.
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Al Chiquilín Gollán
El Toto Baralle era una buena persona. Separado de su primera mujer y viudo de la segunda, llevaba sobre sus espaldas innumerables fracasos. Su último matrimonio había sido el más tortuoso y le había dejado como saldo a Luisito, un mocoso de cuatro años que era el único motivo de sus desvelos. Todo lo que hacía, todo lo que planificaba estaba directamente relacionado con él, para quien no escatimaba cariños ni esfuerzos.
Después de la muerte de la madre de Luisito, las penas enmascaradas lo acorralaron hacia la soledad de su propio espanto. Sólo algunos amigos adictos a la farra y al alcohol, le hacían compañía.
Abogado por mandato familiar, sin juicios que atender ni honorarios que cobrar, dejó el estudio jurídico e incursionó sin éxito en el comercio. Finalmente, se sometió a una forzosa reclusión domiciliaria. Le resultaba difícil llevar una vida ordenada y previsible, todo le salía mal. Decidió no involucrarse en nada, achicar gastos, sobrevivir con la renta de unos departamentitos heredados de su madre y la contención afectuosa de una de sus hermanas. A partir de allí evitó todo contacto con la gente, realizando una monótona rutina diaria: limpiar la casa, hacer de comer, llevar y traer a Luisito del colegio, ayudarlo con sus deberes y ver por televisión “El Chavo del ocho”, “El Correcaminos” y otros programas similares, caprichos del mocoso. Era imposible que en ese horario alguien pudiera distraerlo o requerir su presencia por algún motivo. Jamás atendía a nadie.
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Llegué a lo de Aco Valtier cerca del mediodía. Bearzotti tomaba sol en la pileta mientras Calsina y el flaco Mariano prendían fuego para el asado.
-¡Cómo se ve que ustedes no compran la leña…! -gritó Aco desde la ventana del baño, al ver la inmensa fogata que afanosamente alimentaban.
Saludé a todos y entré a la casa para ponerme el traje de baño. El calor era insoportable, la música estaba a todo volumen y, como de costumbre, el “Reverendo” Cabrera preparaba las ensaladas.
Sin que advirtiera mi presencia me senté a hojear el diario en la salita contigua a la cocina y desde allí lo observaba.
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Como era su costumbre, compró criollitos y una botella de agua mineral en la “Panadería Villar”…
Salió de Unquillo por el camino que une lo de Pizarro con el frigorífico “Estancias del Sur”, para luego continuar hacia el aeropuerto y así llegar al centro de la ciudad.
En casi todos los semáforos que detenía su marcha un montón de cabecitas negras, caricaturas de espanto adornadas con cicatrices, aros y tatuajes, giraban a su alrededor intentando obtener algunas monedas a cambio de limpiar el impecable parabrisas de su camioneta.
No le quedaba ninguna cuando al llegar a la esquina de la plaza Colón, mientras saboreaba el último criollito de su pastoso desayuno, fue sorprendido por una adolescente de ojos chispeantes, cabeza rapada, pupo ensortijado y embarazo evidente.
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En la parroquia de Villa Esperanza, haciendo honor a su nombre, el cura Santos Arriaga desarrollaba una comprometida acción pastoral. Hombre de corazón generoso y sentimientos auténticos, no podía disimular la inocencia y candidez que lo caracterizaban.
El joven sacerdote vivía preocupado por sus feligreses y enfrentaba los problemas de la parroquia con gran entereza. Pan, abrigo y contención espiritual eran su principal hacer diario.
Frente a tanta preocupación por lo ajeno, los vecinos del barrio decidieron agradecer su actitud solidaria y le obsequiaron una video grabadora que adquirieron mediante la acumulación de puntaje de compras en un hipermercado de la ciudad. El regalo tenía por objeto facilitar las conferencias de interés comunitario que el curita acostumbraba realizar en el salón parroquial.
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Escapándole al diluvio entré al bar de la calle Ayacucho. Como era mi costumbre, me senté a un costado de la barra, cerca de la registradora.
En una de las mesas que enfrentaban al ventanal de entrada, con su cabeza apoyada en el espeso cortinado, el Chiquilín Gollan observaba detenidamente la tormenta.
Hacia el fondo del salón, una pareja en amoríos refugiaba su intimidad amparada por el quiebre de los baños. En el medio del recinto, enfrentando el aparador con bebidas, estaban los de siempre: los doctores en solemnidad, los jubilados del alma, un grupo de mangines, un par de busconas y también Jachevasky, el farmacéutico de la esquina, que discutía acaloradamente con un viajante de comercio.
Recuerdo que el olor a café recién molido impregnaba el ambiente y que en el cenicero de la barra, el humo de un cigarrillo a medio consumir realizaba un caprichoso recorrido entre las paletas del ventilador y las botellas enfiladas sobre las estanterías. Detrás de la mesada, las copas de cristal enfriaban su espera en un tacho con hielo mientras los gemidos de un bolero terminaban de ambientar la nostalgia de ese día gris.
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A las Ponce
Los Bengoechea eran especiales. La carencia de recursos no les había quitado fineza, ni elegancia. Era gente culta, educada; una familia donde la música y la buena conversación encontraban siempre su espacio. Daba gusto estar allí, participar de ese estilo campechano y sencillo. No tenían dinero pero las tradiciones y olores de familia se percibían en toda la casa: buenos sillones, buenos cuadros, vajilla fina; y sobretodo, un espléndido juego de cubiertos de plata maciza cuyo uso era reservado únicamente para fiestas familiares.
Para ese entonces, el Loro Pizarro, amigo íntimo del Moncho Bengoechea, frecuentaba la casa. Una tarde llegó con la novedad de que había visitado a las Ponce, antiguas meretrices de barrio Yapeyú, mujeres que para la época ya habían hecho debutar a media ciudad de Córdoba; a punto tal que aún hoy existen versos de la picaresca popular que las han inmortalizado y que, por razones de buen gusto, no voy a dar a conocer.
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El muchacho entró a la iglesia y se arrodilló frente al sacerdote. Eran muchos sus pecados; tantos como la pena que le fue impuesta: veinte padrenuestros, veinte avemaría y veinte pésames.
Preocupado por el tiempo que le llevaría cumplirla, no atinó a comenzar sus rezos. Era obvio que no llegaría a la cancha de fútbol y el partido empezaría sin él. Esta vez ocuparía el banco de suplentes.
Cuando se disponía a iniciar la penitencia, observó el relevo de curas en el confesionario. Sin dudarlo, se persignó y, sorteando rápidamente la fila de bancos, nuevamente se arrodilló en el reclinatorio…
-¿Has pecado, hijo mío? -preguntó el nuevo cura.
-Sí, padre. No he podido cumplir la penitencia de mi confesión anterior. Es que…
-Bueno, que no es tan grave, hijo -lo interrumpió el sacerdote preocupado por la larga fila de los que esperaban -Reza un padre nuestro. Y no te demores que ya empieza la eucaristía.